“La mera escritura de un poema ya es un acto esperanzador”, Mariano Shifman

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Para Shifman, autor de Punto rojo, Material de interiores y Cuestión de tiempo, la insatisfacción existencial es terreno propicio para que surja la creación artística en sus diversas manifestaciones.

El escritor argentino nos cuenta de su paso por la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires, sus críticas a la facultad, lo que aprendió y cómo llegó a la escritura de sonetos. Le preguntamos al poeta y ajedrecista sobre las similitudes entre la literatura y el ajedrez y también dialogamos acerca de la situación del arte contemporáneo hoy. Entre la melancolía y la esperanza (“un acto tan reflejo como la marcha atrás para el cangrejo”), Shifman ha escrito versos como “nace la muerte, mi preciosa amada / el mismo día en que la vida nace; / es ley del universo el desenlace / de lo firme y constante en polvo, en nada” o “¿De dónde he de escribir sino de adentro, / aunque ceda la voz a un personaje?/ ¿Es posible eludir el arduo encuentro / con nosotros, los otros y el lenguaje?”. Un yo poético exclama en los versos de “El sabor de la manzana”: “Trocaría las artes y la ciencia / por una vida anclada en el presente. / Padre Adán: ¿me devuelves la inocencia?”. Quizás Shifman recupera la inocencia en su poesía que, si bien no es ajena a los movimientos intertextuales, puede volver a la fuerza primigenia de la vida, la que clama por un sentido, la que tiene que ver con las preguntas primordiales, la que, con una mirada inocente pero consciente a la vez, inquiere sobre el paso del tiempo, la finitud y la agonía.

¿Cómo y cuándo se dio tu acercamiento a la escritura de sonetos?

Aunque escribo poemas desde mediados de los años 90, a mis 25 años, el primer soneto lo escribí en febrero de 2011. No sé si hubo sólo una causa para que empezara a escribirlos –presumo que no–. En esa época cursaba la carrera de Letras en la UBA, donde terminé los estudios en 2013. Un poco en broma y un poco en serio, en la entrevista que me realizó el poeta Rolando Revagliatti comenté que quizá comencé a escribir sonetos a modo de reacción contra el esnobismo que es moneda corriente en las aulas de Puan 480 (salvando las honrosas excepciones, que siempre las hay). He sido un lector de sonetos antes de escribirlos, pero también comencé tardíamente en mi condición de lector. Quiero decir: no fue en mi adolescencia, sino mucho más tarde, cuando ya escribía, aunque en “verso libre”.

¿Qué similitudes y diferencias encontrás entre la literatura y el ajedrez que has practicado tantos años?

Empezaré por la parte más “sencilla” –si cabe la palabra– de la pregunta: las diferencias. El ajedrez, aunque jugado con genio es indudablemente un arte, no deja de ser un deporte: el aspecto competitivo es fundamental. No ocurre –o se supone que no ocurre– lo mismo en la literatura, aunque todos sabemos las danzas de egos que dominan el “ambiente”, y no sólo el poético, sino el de cualquier expresión literaria, y artística en general.

Por otra parte, la literatura abarca muchos géneros y subgéneros; el ajedrez, aunque virtualmente infinito, se circunscribe a un conjunto de reglas que no dejan de ser simples. Es en ese sentido, un “idioma” universal: jugándolo se entienden dos personas que vivan en las antípodas culturales, sociales, económicas, etc.

En cuanto a las similitudes, ya puede entreverse una de ellas en uno de los párrafos precedentes: el ajedrez, en las manos –y en las mentes– de los mejores, alcanza características de gran arte, al igual que la literatura. Basta nombrar a Bobby Fischer, Mikhail Tal y Garry Kasparov, para sólo citar a algunos de los más excepcionales campeones del “juego ciencia”.

Otra relación que puede establecerse: en la literatura hay que saber escuchar; y de algún modo, lo mismo ocurre en el ajedrez: si uno no capta las intenciones del rival, no podrá desbaratar sus planes a la vez que va tramando los propios.

Esta nómina de similitudes y diferencias que menciono no es taxativa, desde luego.

¿Pensás que el hecho de sentir que uno no encaja en su entorno puede ser un beneficio en el momento de escribir o hacer arte?

Creo que es así, y lo planteo directa o indirectamente en varios de mis poemas y cuentos. Ya lo dijo el inmenso Fernando Pessoa: el arte es la confesión de que la vida no basta. Y también podemos citar al no menos genial Jorge Luis Borges: la felicidad se basta a sí misma. Ergo -agrego yo-, la insatisfacción existencial es terreno propicio para que surja la creación artística en sus diversas manifestaciones.

¿Considerás que la literatura ha sido en tu vida un lugar para refugiarte de situaciones hostiles? ¿Y para sobrellevar hechos traumáticos como el bullying?

No exactamente. Si bien sufrí bullying en la infame escuela secundaria, comencé a escribir varios años después, cuando mis relaciones, ya sea en la Universidad o en el terreno laboral, no eran traumáticas. Sí podría pensarse que el acercamiento al arte, y en particular a la literatura y dentro de ella a la poesía, está emparentado con cierta falta de adaptación al entorno social.

¿Cómo ves el esnobismo hoy en las artes en general?

Me refería al esnobismo en la primera pregunta, cuando hacía referencia a mis inicios en la escritura de sonetos. El esnobismo es algo así como la segunda naturaleza del “arte” contemporáneo. Esto se ve muy claramente en las artes plásticas, donde, como es sabido, materia fecal envasada fue vendida por miles de dólares durante los años 60, como una expresión artística suprema. Hace poco se subastó en Inglaterra una cama desordenada, con ropa sucia encima y algún elemento (¿en descomposición, tal vez?) de autor que ahora no recuerdo, por más de cuatro millones de euros. La caja –séptica– de Pandora la abrió Marcel Duchamp con su célebre mingitorio, pero, de todos modos, habría sido cualquier otro, porque ya estaba en el clima de esos años.

En cuanto a la poesía, el nivel de “cualquierismo”, de negociados, de basura disfrazada, no es menor; y algo similar sucede con mucha de la “música” contemporánea, que es solamente cacofonía subsidiada. Desde luego, sigue habiendo buenos poetas, buenos músicos, buenos pintores y escultores; pero para “triunfar”, es decir para obtener premios, cargos, nombradía y todos los beneficios imaginables, hay que dedicarse a destruir, sistemáticamente, el sentido, la armonía, “lo bello” (¡qué antigüedad!).

¿Qué me podés decir del cuento del rey que está desnudo (que mencionaste en otra entrevista) con respecto a la realidad cultural actual?

La referencia es al famoso cuento de Hans Christian Andersen, en que me inspiré para escribir el soneto “Harta cultura”. En gran medida la respuesta va implícita en el párrafo anterior. El sistema cultural –porque para lucrar con lo que llaman “arte” sí son sistemáticos– educa al público desde la escuela primaria. No debe extrañar que, ya adulta, el mínimo porcentaje de población que se interesa en el arte crea que “debe” ir antes al Museo de Arte Contemporáneo o al MALBA que al Museo Nacional de Bellas Artes; o que “debe” escuchar ruidos inconexos -o palabras inconexas, y por tanto ruido también- para responder a las “últimas tendencias”. Quiero aclarar que estos negociados, acomodos, ramplonería rentada en el “mundo del arte” son transversales –como está de moda decir– a todos los partidos políticos y vienen desde hace décadas.

¿Dónde te sentís más cómodo, en el verso libre o en el soneto?

La cuestión es interesante y admite varias líneas de reflexión. No sé si se trata de sentirse cómodo, pero sí sé que desde que escribo sonetos, mi relación con el llamado “verso libre” es diferente. Hay un elemento esencial en la poesía, un punto insoslayable sin el cual el texto no es un poema: me refiero al ritmo. Esto es algo que hasta los años 50 lo sabía cualquier alumno de la escuela secundaria, pero ahora lo desconocen incluso los licenciados en Letras. No importa: que lo ignoren no significa que no sea así. El ritmo en el poema se logra por medio de los acentos, las cantidades silábicas en las lenguas clásicas, las aliteraciones y también la rima. Desde luego, la rima no es un elemento imprescindible en el poema (los griegos y romanos no la usaban), pero sí lo es el ritmo, que se consigue a través de los recursos que indiqué más arriba. Si estos recursos faltan, a mi criterio el texto podrá ser prosa –incluso de excelente factura- pero no poesía. Esta larga introducción viene a cuento respecto a mi “comodidad” con el verso libre. El llamado verso libre no puede prescindir, mínimamente, de la cuestión acentual. No es necesario leer un tratado de métrica –el oído- nos suele orientar-; pero tampoco está de más conocer las técnicas señaladas, así como el artesano sabe lijar, limar, usar las herramientas, etc.

El soneto cuenta por su conformación con rima y distribución acentual, dos de los elementos que estructuran el ritmo del poema. En ese aspecto, es una ventaja incorporada en la propia forma que puede hacernos sentir más “cómodos” a quienes los escribimos –aunque por comentarios de muchos poetas, para la gran mayoría intentar uno sigue siendo una especie de ordalía–. Pero eso es sólo el comienzo: lo demás excede los recursos técnicos y tiene que ver con la creatividad de cada quien.

¿De qué manera sentís que fuiste evolucionando como escritor?

No sé hasta qué punto puede hablarse de evolución en arte. Si tomo un pequeño puñado de mis primeros poemas, noto la influencia de la poesía de los 90, ramplona, prosa (de la mala) en grageas. Pero pronto pude escaparme de todo eso, no sé si gracias al oído o al estómago… Dejando de lado muy pocos poemas primerizos, no reniego del conjunto de mi obra. Entiendo que más allá de las diferencias formales entre mi primer libro, Punto rojo, de 2005 y mi último libro de sonetos, Cuestión de tiempo, de 2016, hay una especie de hilo conductor en mis preocupaciones, en mi preocupación porque confluyan sentido y sonido en cada poema.

¿Te relacionás con algún grupo de escritores? ¿Participás de lecturas o movidas literarias?¿Cuál es la importancia de estos encuentros para difundir la propia obra y contactarse con colegas?

Participo regularmente en el ciclo “Antonio Aliberti” del Bar Montserrat, que conducen los poetas Luis Raúl Calvo, Amadeo Gravino y Julio Bepré. He ido con frecuencia a encuentros poéticos en la SADE y a varios otros ciclos de los que no faltan en Buenos Aires, pero a veces se me dificulta acudir por cuestiones de horarios, básicamente laborales.

Creo que es importante concurrir a estos encuentros para saber qué se está escribiendo, entrar en contacto con otros poetas y también difundir la propia obra. Desde luego, no todo lo que reluce es oro (e incluso no es demasiado lo que reluce), pero siempre pueden encontrarse gratas sorpresas.

¿Cuáles son las dificultades que encuentra hoy un escritor para publicar en la Argentina?

Las dificultades para publicar son varias y concurrentes. En el ámbito poético, es virtualmente imposible hacerlo si no es a través de ediciones solventadas por el propio autor. Mi primer libro, Punto rojo, fue una excepción al respecto, ya que se publicó a raíz de haber resultado ganador de un certamen organizado por la Editorial de los Cuatro Vientos. Los otros dos libros los pagué yo, y en ningún caso hubo distribución en librerías, salvo la que yo pude realizar “artesanalmente”, en algunas de Buenos Aires y Mar del Plata. Básicamente son dos las alternativas: costearse la obra o tener la suerte de ganar algún concurso. Participar de certámenes de poesía con sonetos es como pegarse un tiro en el pie, porque los jurados, casi invariablemente, no saben escribirlos ni tampoco apreciarlos. A propósito de los jurados y los certámenes, no todo es agua limpia… He participado, no hace mucho, de un concurso en donde debía enviarse un libro de entre 500 y 800 versos; estimo que habrán sido varias decenas de escritores los participantes. Como por arte de magia, el resultado del ganador se dio a conocer a la semana de cerrada la recepción de las obras. Me prometí no volver a participar de concursos; espero cumplir la promesa.

En síntesis: las dificultades son económicas para publicar –hay que contar con varios miles de pesos- y luego las de distribuir y difundir el libro. Sabemos que se terminan intercambiando entre poetas o regalando a los amigos. Supongo que esto debe de ocurrir también en otros países. Aquí, al menos, los libros de poesía, salvo los de Neruda, Pizarnik, Borges, por supuesto, sólo se venden por un milagroso azar.

¿De qué forma congenian tu oficio de escritor y tu ejercicio de la abogacía?

No sé si congenian, pero por lo menos no se estorban… En ambos oficios se trabaja con las palabras, aunque claro que en sentidos diferentes. Creo que con que la profesión no estorbe –o no estorbe demasiado- ya es suficiente; más no se le puede pedir.

¿Tenés una rutina para escribir (por las mañanas, por las noches, determinadas horas al día)?

Al comienzo prefería escribir por las noches, pero desde hace ya unos cuantos años, opto por escribir durante el día. En general escribo por las tardes, cuando el trabajo me lo permite. Pero en realidad la escritura se va desarrollando a lo largo de todo el día, porque –al menos en lo que a mí respecta- lo que veo o escucho caminando, en los medios de transporte, en los medios de comunicación o sentado en una plaza suele ser materia de inspiración para mis poemas.

¿Qué lecturas te parecen fundamentales para nutrir la formación de un escritor?

Nunca doy consejos acerca de lo que “se debe” leer; sí manifiesto mis preferencias. Como decía Borges, la lectura tiene que ser en primer lugar hedónica; si aburre, ¿qué sentido tiene leer? De todos modos, ningún poeta debería dejar de leer a los clásicos de la lengua, y, ya más cercanos en el tiempo, a Antonio Machado, a Borges, a Neruda. Con los poetas de otras lenguas la situación es más compleja, porque si el poema pasa por el tamiz de la traducción se convertirá en otro poema (a veces mejor), pero distinto al original. He ido leyendo a muchos autores porque otros, a los que previamente había leído y admirado, los recomendaban: es el caso de Schopenhauer, fervientemente citado por Borges. Así se van formando las “afinidades electivas”.

¿Qué defectos te parecen más intolerables en los escritores y qué virtudes son las que más admirás?

Si nos referimos a defectos “intratextuales” –utilicemos la jerga académica por un momento–, son varios: desde ostentar una pseudo erudición hasta las faltas de ortografía (estos creo, sí, que son los más intolerables). Pero todos tenemos defectos o al menos mañas al escribir, y tampoco hay que ensañarse… Ya bastante castigo es escribir obras mediocres. En cuanto a las virtudes, una que me parece esencial es decir la mayor cantidad de cosas con la menor cantidad de palabras. Nuevamente habrá que citar aquí a Borges, pero también a Fernando Pessoa, Antonio Porchia o Giacomo Leopardi, para sólo mencionar a un trío de genios.

¿Con qué adjetivos caracterizarías tu poesía?

Creo que mi poesía es reflexiva. Algunos la califican de filosófica: si hacemos abstracción del concepto “profesional” del término, con sus consabidas jergas, estoy de acuerdo con la reflexión. Espero que también pueda ser considerada como “musical” o al menos eufónica.

¿Cuál pensás que es tu libro más logrado y por qué?

Cuesta responder esta pregunta, porque en cada momento uno intenta escribir el mejor libro posible. Estoy tentado de responder que es el último, Cuestión de tiempo, pero sería injusto con los otros dos, de los que, como indiqué en una pregunta anterior, no reniego.

¿Cuál es el mayor aprendizaje que te dejó tu paso por la facultad de Letras de la UBA?

Muy claramente, el conocimiento, aunque más no sea rudimentario, del latín y del griego clásico. Si los horarios laborales me lo hubiesen permitido, habría cursado la especialización en letras clásicas. También destaco la cursada de Literatura Norteamericana, con Rolando Costa Picazo y el fallecido profesor Armando Capalbo, dedicada el cuatrimestre en que cursé, exclusivamente a la poesía de los Estados Unidos, desde Whitman y Dickinson, pasando por Edgar Lee Master, hasta llegar a los poetas contemporáneos.

¿Te parece la poesía un lugar indicado para hacerse preguntas?¿Y para la expresión de sentimientos?

Sí, son las dos cuestiones más importantes: plantearse preguntas, muchas veces sin respuesta, y expresarse; expresar, sobre todo, los desacuerdos.

¿Cuáles son las figuras retóricas o recursos que más utilizás a la hora de escribir?

Me parece que al escribir las figuras retóricas van surgiendo al calor de las ideas, las sonoridades, las intuiciones verbales. Es así que nacen las imágenes, las metáforas, las comparaciones. Desde un punto de vista formal, en los sonetos, desde luego está el recurso de las rimas y el acentual; pero también en aquellos poemas que no lo son, además de las imágenes o metáforas que son connaturales al género poético, doy especial importancia a la cuestión acentual, es decir rítmica. Por eso me resisto a llamarlos poemas en “verso libre”, definición que cada vez me parece más vidriosa.

¿Hay melancolía o esperanza en tus poemas?

Entre tantos poemas que he escrito, seguramente hay melancolía, esperanza y toda la gama de sentimientos que un poeta va experimentando. Respecto a estos dos sentimientos en particular, no pocas veces conviven dentro de un mismo poema. Aunque no sé si soy exactamente una persona melancólica. El paso del tiempo me desagrada  -¿y cómo no?-, pero no por considerar que todo tiempo pasado fue mejor. Las pérdidas, inevitablemente, nos van tornando melancólicos con el correr de los años, pero de la lectura de mis poemas se desprende que para mí el pasado no es un edén perdido ni mucho menos. En cuanto a la esperanza, quiero creer que la mera escritura de un poema ya es un acto esperanzador.