Abracadabra en el cierre de #espanoramas2018

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Con la película Abracadabra de Pablo Berger, culminó la 4ta. Muestra de Cine Español Espanoramas 2018. Con 14 películas —11 de ellas óperas primas—, el llamado Nuevo Cine Español desembarcó una vez más en Buenos Aires y demostró una gran variedad de temáticas que van desde el falso documental a la comedia dramática pasando por la animación y el humor más corrosivo de la comedia negra.

Abracadabra es el tercer film de Pablo Berger. Antes había dirigido Torremolinos 73 (2003), una coproducción hispano-danesa y Blancanieves (2012), una verdadera obra de arte filmada en un exquisito blanco y negro y totalmente muda. Una película que recrea el cuento de los Hermanos Grimm, que arrasó con los Premios Goya del 2012 y que, según Pedro Almodóvar, fue la mejor película española de ese año.

Con esos antecedentes, las expectativas sobre un nuevo film de Berger eran muy grandes. Y, como si el director quisiese dar un giro de 180 grados a su estética anterior —aunque no tan radical como lo fue Blancanieves en su momento— Abracadabra, por el contrario, deslumbra con un colorido psicodélico que abarca desde el vestuario de sus protagonistas a todos los ambientes kitsh en donde se mueven; ese universo barroco que nos remite a los años 80, con claras alusiones al estilo que impuso Pedro Almodóvar a sus criaturas —las famosas chicas Almodóvar—, que sobrevolaron el punk de los 70 y el pop de los 80. Todo eso está presente en este nuevo giro de Berger: un paso en la dirección opuesta que va del minimalista blanco y negro anterior, al color más furioso y contrastante de ahora (mérito de la fotografía de Kiko de la Rica); de los diálogos escritos en placas, como se hacían en las películas mudas, a la verborragia de los personajes de Abracadabra.

La historia es sencilla: una familia de clase media compuesta por Carmen (una increíble Maribel Verdú, quién hizo de villana en el anterior film de Berger), Carlos (Antonio de la Torre Martín) y Toñi, la hija de ambos, interpretada por la adolescente Priscila Delgado, nos retrata una vida de rutina, de apatía y de cierto desconsuelo en una casa ambientada en Carabanchel, un distrito de la ciudad de Madrid. Típica familia estereotipada de ama de casa, marido fanático del fútbol y totalmente ausente como padre y como marido, y una constelación de personajes —uno más absurdo que otro— que van desde Pepe (José Mota) el primo de Carmen que trabaja como agente de seguridad en un supermercado, al maestro espiritista (Josep María Pou) que toma cartas en el asunto cuando todo se desmadra.

Al margen de su trabajo en el supermercado, el primo de Carmen hace espectáculos de hipnotismo en salones de fiestas. Es allí, con el show de Pepe que, por esas cosas del destino, fue contratado para exponer sus dotes paranormales en la fiesta de bodas de una pareja amiga, cuando las cosas se precipitan,

Tras su presentación en el escenario y con la música de fondo de “Así habló Zaratustra” —tema de Richard Strauss cristalizado en el imaginario colectivo por la película 2001, una odisea en el espacio de Stanley Kubrick— este aprendiz de brujo intentará hipnotizar al voluntario que se anime a dicho desafío. Como todos imaginarán, es el marido de la pobre Carmen quién accede a subir al escenario, solo para poner en ridículo al primo de su mujer. Con el tema Campanas Tubulares de Mike Oldfield de fondo —otro guiño cinéfilo, en este caso a la película El Exorcista de William Friedkin— la cosa no funciona, para desagrado del ilusionista, burla de Carlos y alivio de Carmen. Lo que nadie sabe es que ese salón de fiestas esconde una historia macabra sucedida muchos años atrás, cuando uno de los concurrentes masacró con un cuchillo de cocina a varios de los invitados para luego suicidarse. Lo cierto es que una conjunción de factores se conjugan en el momento preciso para provocar que una fuerza maligna se instale dentro de Carlos. Claro que los poderes de Pepe no tienen nada que ver ¿o sí? A partir de allí, el marido de Carmen sufre un cambio repentino de carácter y oscila entre el padre cariñoso que ayuda a su hija en las tareas escolares y marido atento que limpia la casa, al paranoico que tiene alucinaciones con un chimpancé que lo persigue por todos lados.

La película bordea la comedia, el terror y el humor negro. Y eso, a veces resulta un problema, porque, si bien hoy en día un film puede contener varios géneros a la vez, siempre hay uno que predomina. En Abracadabra la mezcla no resulta del todo eficaz. Hay escenas del más puro horror gore que luego pasan al más puro pase de comedia rosa. En este caso el director nos va llevando de un lado al otro para no dejarnos anclar en ninguno. Esto no sería nada malo, como dije antes —los hermanos Coen lo lograron con absoluta maestría en la película Fargo— pero lo que aquí sucede es que tal estructura narrativa parece forzada, como si la sorpresa de no saber a ciencia cierta qué es lo que está sucediendo sea un mérito en sí mismo.

Un claro ejemplo es cuando Carmen y Pepe deciden visitar la casa —ahora en venta— en donde vivió el joven que ahora se encuentra alojado en el cuerpo de Carlos. Es una secuencia propia de los films de terror más tradicional, pero en clave de parodia. El vendedor de la inmobiliaria que sobreactúa la escena del primer asesinato perpetrado por ese espíritu, a pesar de ser paródico, resulta totalmente innecesario.

O la visita al hospital en donde nuevamente los primos siguen al Doctor Fumetti (el maestro espiritista) para exorcizar a su marido. Aquí, la secuencia presentada produce el efecto contrario a lo buscado —golpe bajo— y nos asalta cierta incomodidad cuando la exposición de un enfermo terminal pretende ser tomada a risa.

De todos modos, la actuación soberbia de Maribel Verdú remonta una historia en donde todo es desmesurado. Carlos, por el contrario, tiene una interpretación minimalista y a veces resulta demasiado contenido, aunque es verdad que siempre parece a punto de explotar ante el menor indicio de que algo lo moleste. Lo curioso es que a pesar de ser el protagonista principal de la historia, Maribel Verdú es la que con su presencia, con sus gestos, con su camaleónica actuación, logra arrasar desde el minuto uno de la película. No por nada tiene dos Premios Goya como Mejor Actriz y fue nominada por esta película,

Hay claras referencias a las comedias más disparatadas de Woody Allen, tamizadas por la estética cruel de un Pedro Almodóvar. Y esto es así porque lo que empieza como una comedia de enredos, sigue con una línea más acorde al terror y lo macabro para culminar con un mensaje, digamos, existencialista.

Luego de una historia tan esquematizada como Blancanieves —aunque aggiornada a la  Sevilla de los años 20— parecería que Pablo Berger quiso apostar no solo a la mezcla de géneros sino a sus derivaciones como la parodia, la caricatura, la ironía y la moraleja. Muchas producciones cinematográficas apelan a este arriesgado pastiche. A veces resulta, a veces no. En esta ocasión sucede lo mismo. En algunas escenas resulta, en otras, no.

De todos modos, siempre hay que estar a la expectativa de este director que se renueva en cada propuesta, y eso es un gran mérito para todo creador que quiera ir más allá de los propios límites.

La palabra abracadabra —además de ser el título de un hit de los 80 de la Steve Miller Band y que suena como tema principal en la película— es un conjuro que tiene diferentes significados. En algunas lenguas significa: “creo (de crear) a medida que hablo” y en otras, “que todo se destruya”. Pablo Berger juega todo el tiempo con esos antagonismos: crear y destruir lo creado. No es poca cosa, es la meta a la que desea llegar todo artista de vanguardia y, a pesar de algunos momentos fallidos —precisamente cuando destruye lo creado sin necesidad—, la película divierte y nos hace reflexionar en si queremos cambiar para que todo siga igual o, por el contrario, decidimos dejar atrás todo lo que no sabíamos que nos estaba destruyendo.