#espamoramas2018: Selfie

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Las crisis económicas no hacen distinciones de clase. Si bien los sectores más desprotegidos no poseen las herramientas necesarias para defenderse, y esto se traduce en más vulnerabilidad, más pobreza y menos oportunidades para incorporarse al sistema de desarrollo, en los estratos más elevados —clase media y alta—, esta situación los afecta en otro sentido. Cuando se rompe la burbuja de cristal en donde se encuentran, estas clases acomodadas acceden al conocimiento de un mundo que le es ajeno y toman conciencia que detrás de los muros que rodean los barrios privados se oculta el mundo real, o al menos, el que más habitantes tiene. La vida de Bosco (Santiago Alverú) es también su mundo real. Lo que sucede es que hay muchas realidades. Tantas como el dinero pueda crear, y me refiero a su abundancia o a su escasez. En este sentido lo que plantea la película de Víctor García León —rodada como un falso documental— es confrontar estos dos mundos totalmente opuestos: el de la opulencia y el de la carencia.

Todo comienza cuando Bosco (un personaje entrañable, aunque no compartamos su ideología de clase) decide filmar su vida como un mero pasatiempo. La vida de Bosco se permite esos lujos. Una mansión en La Moraleja —uno de los barrios más exclusivos de Alcobendas, que perteneció a la marquesa de Aldama— es el comienzo de la película y del rodaje propiamente dicho. Allí Bosco, con su novia, con sus amigos, con su piscina y sus botellas de champagne, celebran su cumpleaños. No es un dato menor el nombre de esta urbanización, porque la película es en cierto sentido una gran moraleja: cuánto más alto subes, más fuerte será la caída.

Lo que ocurre a continuación es la debacle. Mientras Bosco, el anfitrión, lleva una torta de cumpleaños para sus invitados, lo que recibe no son aplausos y el consabido “que los cumplas feliz”, sino el silencio más absoluto. La televisión, apostada en el living de la casa, transmite las noticias de último momento: su padre, empresario, político y ministro por el Partido Popular de Rajoy es encontrado culpable de blanqueo de capitales, malversación de fondos públicos y corrupción. Las imágenes son elocuentes, su padre es televisado en medio de un tumulto de periodistas y curiosos.

A partir de entonces, Bosco, lejos de amilanarse, aprovecha la filmación de su documental, que ya está en curso, para encarar una débil justificación de toda la riqueza que lo rodea. Como un presentador de la Revista Caras, recorre las dependencias y aclara que esa mansión, esos autos de lujo, esa piscina cubierta, son producto del paso de su padre por el mundo del Derecho, por la llegada al Ministerio y supuestos “regalos” de gente que lo quiere mucho. Esta acusación —según él— es una maniobra política de los partidos políticos opositores que están llevando a cabo una campaña electoral para desprestigiarlo. Lo cierto es que Bosco queda en la calle. Y es aquí que, como le sucedía a Paul Hackett (Griffin Dune), en Después de hora (1985), la película de Scorsese en donde el personaje descubría un mundo extraño y alejado de su propia realidad, Bosco se encuentra en la calle en busca de almas piadosas que le den albergue hasta que su situación mejore. Lo llamativo —o no tan llamativo— es que la primera que le da la espalda es su novia Paula (Clara Alvarado) con su familia detrás que apoya esta sorpresiva ruptura. El dinero, al parecer solo se lleva bien con más dinero.

Es así que luego del primer contratiempo, se contacta con Claudia, quien fue su mucama, para rogarle que le deje pasar esa noche en su casa. Su antigua empleada accede, no sin cierta renuencia y lo acomoda en la habitación de su hijo, pero Bosco no logra pasar la noche. Se despierta, no puede dormir, se levanta para comer algo de la heladera, se encuentra con yogures y envases plásticos que nunca había visto en su vida. Es así que descubre un nuevo hábito en la alimentación, en las comodidades precarias de una habitación compartida, en el olor de la ropa usada, instancias tan alejadas de su mundo cotidiano que todo le parece difícil de asimilar. Así y todo, con esas veleidades de chico bien —pijo, como lo llaman en España—, nos resulta simpático y hasta, en cierto punto, logra que nos apiademos al ver cómo va cayendo cada vez más bajo en la escala social de un mundo que le es ajeno. Claro que esto lo logra a través de su simpatía y su visión optimista. “Esto será el camino del samurái”, dice en medio de una casa vacía de muebles, antes de su desalojo. Si el personaje hubiese mantenido una posición insufrible y despectiva para con el otro, sería detestable y hasta repudiable. No es el caso de Santiago Verdú que construye un estereotipo entrañable.

Así, va conociendo gente nueva —y buena— como una chica ciega (Macarena Sanz) que trabaja en un Centro de Ayuda para gente discapacitada y que milita en el Partido Podemos. Si bien parece un poco forzada la relación que entabla con Macarena —no olvidemos que Bosco está lleno de prejuicios— funciona en el sentido de permitir una nota rosa en una comedia tan ácida. Allí no solo se rodea de personas que sufren algún trastorno psicológico sino que empieza a trabajar en sus oficinas, algo impensado para su idiosincrasia, tanto lo uno, como lo otro.

Su padre, al fin cae preso. Su madre, militante del PP, no lo escucha y no lo comprende. Su hermana se fue a vivir a los Estados Unidos. Su casa y sus pertenencias han sido embargadas. Su auto ha sido secuestrado por la Policía de Tránsito por estar mal estacionado. Sin un centavo. Sin amigos verdaderos —aquí se cumple la máxima: los amigos están en las buenas y en las malas—, expulsado de la Universidad en donde estudiaba un Máster en Economía, la vida de Bosco entra en un quiebre radical. De hecho se muda desde el exclusivo entorno de La Moraleja a Lavapies, un barrio de gente humilde.

Como todos bien sabemos, el sistema capitalista beneficia a unos y sumerge a muchos, y es aquí que la película de García León es un gran fresco sobre la España de hoy, pero que bien puede ser trasladada a cualquier país del mundo occidental. Una sátira feroz en paso de comedia sobre las injusticias sociales, los desclasados, los marginales, los inmigrantes, con la interpretación deslumbrante de Santiago Verdú, una actuación primeriza —Santiago Vardú no es un actor profesional— que le valió la nominación a Mejor Actor en los Premios Goya. Su porte y desenvoltura ayuda, no creo que podría haber otro actor que cumpla esa imagen de chico adinerado, bueno en su ignorancia, simpático, lleno de recelos y desconfianza y que, sin embargo nos parece querible, quizás por ese apego a la búsqueda de cualquier oportunidad que pueda sacarlo de su situación, de su sonrisa cómplice cuando todo le sale mal a una cámara omnipresente que lo sigue a todos lados y que, en algunos momentos, muestra su costado más vulnerable. Hasta el amor hacia Macarena puede ser un salvoconducto en su tardío viaje iniciático a un estilo de vida más ético y trascendental.

Dicen que el director encaró este proyecto sin un centavo —como le sucede a su personaje— y los que integraron el proyecto lo hicieron sin cobrar, tal era el empuje y la confianza en la iniciativa. El resultado es una parodia corrosiva y original que obtuvo el Premio de la crítica y Mención especial del Jurado en el Festival de Málaga, y solo costó 10000 euros. Una película que, como indica su título, recorta un pedazo de la realidad, la feliz, la que está libre de preocupaciones, la impostada, la que queremos transmitir, a pesar que lo que se encuentra fuera del cuadro sea otra muy diferente.