La forma del agua (II)

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Una máquina milimétrica es La forma del agua. Calculada, previsible, sin sorpresas. Alguien dice por ahí, una película de otra época. Como si el cine no pudiera reinventarse, reconstruirse y tuviera que volver a aquello que lo hizo grande: el musical de Hollywood, sus estrellas niños, su épica histórica robada a la historia de la humanidad. Guiños groseros a la historia del cine, leídos como amor y no como retraso o imposibilidad. La lectura beneplácita que hace la crítica, al menos en Argentina, de esos gestos es peor aún. Como si la máquina fuera necesariamente aquí sólo nostálgica. Una melancolía de época (la historia transcurre a comienzos de los 60) en la que el gran espectáculo cinematográfico entró en decadencia frente a la modernidad de las vanguardias o la cotidianeidad de la televisión. Algo que no pasa desapercibido en esa gran sala de cine ubicada debajo del departamento de la protagonista, siempre vacía, hay un momento en que se filtra el agua desde el techo y llueve sobre la cabeza de los pocos espectadores.  Una melancolía vacía en todo caso en la que el envoltorio es más un conjunto de piruetas de cámara (con algo de la obviedad de La invención de Hugo) y de puesta en escena, una mueca de las verdaderas grandes películas de Hollywood a las que Guillermo del Toro no asoma, ni queriendo.

Aún en su mediocridad, la película del 2016 también candidata a los Oscar, Talentos ocultos dice más de la obsesividad en el conflicto URSS-USA por la conquista de los espacios de la ciencia y del conocimiento que una película que hace trizas la profundidad de la diferencia ideológica en aquella gran dicotomía de la guerra fría. El monstruo viene de Sudamérica, por lo tanto es de un salvajismo incomprensible y una deformidad imposible de sanar, tanto como los programas de Tv de los canales Health donde los siameses, los gigantismos, los tumores espantosos ocurren en Colombia, en la selva amazónica o en algún ignoto lugar del sur del mundo. Desde donde vienen vientos revolucionarios, mejor dicho hacia fines de los 50.

Un ser que necesita del agua para vivir y que será disputado por ambas potencias en un juego de espías, risible por cierto. Los que son rechazados por el sistema se vengarán ayudando a liberarlo del yugo y de la violencia del jefe de seguridad que obedece las ordenes del general de turno.

Como en Talentos ocultos se delata, en La forma del agua con menor intensidad, la fobia hacia los negros o los homosexuales, sin embargo aquí la negra volverá al lugar de sirvienta y el homosexual al de artista incomprendido, o de rechazado en su monstruosidad. Lo esquemático de estas repulsas es tan indignante como la película misma, un paquete indigerible de lugares comunes que no pone a prueba la inteligencia del espectador, ni siquiera el gusto, y que obtura toda capacidad de fantasía o de imaginación. Un estructura narrativa preferible en ET: personaje débil conoce monstruo encerrado cuya vida corre peligro y termina rescatándolo.

La historia de amor tampoco se sostiene, no tiene empatía ni sustento. Sólo el rechazo de los otros lleva a estos personajes a unirse. Amor queer? Más respeto por lo queer por favor! La escena de la inundación del baño roza el ridículo, no creo que alguien bienpensante pueda creer que esa escena puede formar parte de algo serio, realmente. ¿Cómo entiende cualquier lengua el monstruo? ¿Cómo habla?. La oportunidad que Del Toro tenia para poner en juego algo distinto en la película, cuando la joven muda explica a su amigo-vecino por qué tiene que rescatar al anfibio, el vecino traduce las señas en voz alta, para sí mismo?, para el publico?, demostrando en todo caso la pequeñez de la propuesta general de La forma del agua.

Por suerte, inmediatamente antes había visto la maravilla de Agnes Varda (Visages Villages) porque el cine, creo, es otra cosa.