Psicosis de las 4.48, Sarah Kane

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Sarah Kane se internó voluntariamente en el Hospital Maudsley de Londres a causa de una profunda depresión. Tenía 28 años. Desde mediados de los 90, Sarah había nutrido la escena de teatro londinense con cuatro obras que habían logrado el eco de la crítica: Blasted (1995), Phaedra’s love (1996), Cleansed (1997) y Crave (1998). Al internarse, en 1999, ya estaba escribiendo Psicosis de las 4:48, escritura que continuó durante la internación y que se convirtió casi en el reflejo de su propio escenario y del mayor planteo de la obra: la inmensa distancia entre el padecimiento mental y los dispositivos para su asistencia. El suicidio como simple recurso frente al dolor de existir.

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Las 4:48 es un artificio narrativo, tal vez autobiográfico, la hora de la breve lucidez y también la desesperación. Para la psiquiatría, los instantes lúcidos o de visible mejoría en un cuadro depresivo, son momentos de alto riesgo de suicidio. El paciente tiene energía para hacer lo que no puede cuando está en la cama.

La obra de Sarah Kane parecía una promesa. Sin embargo, logró suicidarse en su segundo intento, ahorcándose con los cordones de sus zapatos. Antes lo había intentado con barbitúricos.

Psicosis de las 4:48 quedó escrita y fue estrenada en el Royal Court Theatre de Londres, en el verano de 2000, con un elenco de tres personajes. Seis años después, fue Leonor Manso, dirigida por Luciano Cáceres, quien volvió a darle vida a la obra como unipersonal en el teatro El Kafka de Buenos Aires. La traducción había estado a cargo de Rafael Spregelburd.

En febrero de este año, la versión catalana Psicosis de las 4.48 llegó otra vez a Buenos Aires en el marco del Festival Temporada Alta de Timbre4. Un festival que reunió obras de México, Perú, Uruguay, España, Chile, Brasil, Francia y Argentina.

Tres años atrás Moisès Maicas y Anna Alarcón decidieron correr el riesgo de perder la distancia con la muerte que implica el texto de Kane. En base a la prolija traducción de Anna Soler Horta, Psicosis de las 4.48 se estrenó en Barcelona con gran repercusión de la crítica no solo en España sino en Uruguay y Perú. Anna Alarcón nació en Barcelona y es conocida en España por películas como Insensibles (2012) o Vida de familia (2007), diversas series de televisión y una larga lista de obras de teatro. En 2016, por su trabajo en Psicosis de las 4.48 obtuvo el premio BBVA de teatro y la nominación al Premio Butaca a la Mejor Actriz. En la vida de Moisès Maicas todo parecía también, estar dispuesto para que las obras siguieran multiplicándose con la notable calidad de Psicosis de las 4.48. Era hijo de Carles Maicas, también director teatral y había dirigido obras como Shakespeare on the beat, su versión de Sueño de una noche de verano, o el musical Shaking Shakespeare estrenado en el Teatro Municipal de Girona. Sin embargo, en junio de 2017, a los 51 años, Moisès Maicas se arrojó a las vías del tren.

La obra sigue en el cuerpo de Anna Alarcón, con las marcas de esa dirección lenta y minuciosa de Maicas; en el impecable diseño de luz y sonido que Daniel Gener llevó a cabo en Timbre4, con la insistencia propia del arte, que es lo único capaz de desafiar a la muerte. “Las cucarachas comprenden una verdad que nadie pronuncia jamás” es una de las primeras frases de un texto complejo que aún en la desintegración no deja de construir un sentido. La obra pone en escena la relación entre el padecimiento mental y aquellos que están encargados de asistirlo. Muestra con crueldad el abismo entre la voluntad de atender la depresión y la posibilidad de hacerlo. El discurso médico como agente del “bien” opera en la ignorancia total del otro y se puede ver en la gran interpretación de los diálogos con los médicos que no logran captar el poder que tiene una pregunta.

“Ese violento poder de lo global barre todas las singularidades que no se someten al intercambio general” pero “la muerte no se somete a ningún intercambio, es lo singular por antonomasia”. Así lo dice Byung-Chul Han en La expulsión de lo distinto (Ed. Herder). La obra construye una escena de puentes cortados, cauces obstruidos, una brutal soledad que conduce a un solo lugar. “La depresión es rabia” dice más tarde y pide a gritos: “no apagues mi mente intentando normalizarme”.

Anna Alarcón logra la intimidad necesaria con el texto de Kane que trasciende los peligros del monólogo: caer en la sobreactuación o el cliché de la locura. Se nota un largo trabajo detrás, que permite que el texto crezca en ella para componer un estado inexplicable para sí mismo porque sufre de su propia descomposición. Todo tiene la energía justa para conquistar al público.

Destaca por la capacidad de condensación narrativa la puesta en escena del fragmento del texto que alude al discurso del bien: ese lugar ideal en el que las personas aceptan encajar para ser amadas, correspondidas, desarrollar su talento y ser funcionales al sistema. Esa posición en la que, en palabras de Byung-Chul Han, “uno se explota voluntariamente a si mismo figurando que se está realizando”. Un discurso contra natura solo puede ser dicho al revés. La escenografía corporal de Alarcón no necesita explicar, ni agregar nada: memorable. El teatro es una vía privilegiada para hablar de un tema como el suicidio. De acuerdo a la obra y las muertes que se ciernen sobre ella, para morir no hacen falta grandes razones. No tener un lugar puede ser suficiente.