¿Y si acaso no fuéramos individuos?

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Pensarse a uno mismo como un individuo, como algo único e irrepetible, es tal vez uno de los pilares básicos de la constitución como persona. Es la unidad que nos constituye, el límite entre el yo y el exterior. Se percibe como el último reducto de la libertad, un estado de subjetividad pura, donde nuestro capricho, al menos en el terreno de las ideas, reina a su arbitrio. Al fin y al cabo, individuo significa que no puede dividirse.

Pero qué tal si el individuo no existe, del mismo modo que no existe que el sol salga o se ponga. Qué tal si es una invención, una ilusión óptica que nos lleva a pensarnos como seres únicos con una potencialidad infinita. Hay filosofías como el liberalismo, que se construyen sobre la idea de un individuo que además de serlo, es racional en todo momento.

Parece lógico pensar que somos individuos, en definitiva es evidente la diferencia entre el entorno exterior y mi propia percepción del mundo. De aquí a pensar que somos una sola especie biológica, un ser humano o dicho en términos un poco más técnicos un Homo sapiens, hay un pequeño paso de bípedo.

Si miramos alrededor veremos que un perro es un perro, un gato es un gato y una persona es una persona. ¿Pero es cierto eso? Y, si analizamos con profundidad, la verdad es que no. La realidad es que somos un cúmulo de especies diferentes, conviviendo en cierta armonía, en lo que parece un cuerpo individual. Un dato curioso, que nos lleva a reformularnos nuestra concepción, es que en nosotros hay más bacterias que células. Nuestra individualidad está compuesta por una fauna enorme de bacterias, hongos y hasta artrópodos (ácaros); esto sin contar las especies que pueden llegar a enfermarnos y que también forman parte de nuestra “individualidad”. Por lo tanto esa idea de que sólo somos Homo sapiens quedó un poco perimida y es que sin esa ayuda de todas esas otras colonias de seres vivos, habría muchas funciones que no podríamos realizar y no podríamos sobrevivir.

Por otra parte, los Homo sapiens pertenecemos al Orden de los Primates. Y los Primates, somos todos animales sociales. Nuestra supervivencia depende de los que nos rodean. Sería imposible, dada nuestra dotación biológica (carencia de garras, colmillos, fortaleza, tamaño), sobrevivir sin ayuda de nuestros congéneres. No hay forma de que ello suceda, hasta tal punto, que tuvimos que inventar la cultura como una herramienta o interfaz con la naturaleza. El uso de herramientas, del fuego, de un sistema simbólico, son instrumentos esenciales para poder sobrevivir. Claro que también pueden volverse en nuestra contra y convertirse en armas de destrucción masiva (literal). Pero más allá de nuestra estupidez endémica, sin cultura no hubiéramos podido ir ni a la esquina (aunque en la sabana pueda ser difícil encontrar esquinas).

Pensar que el egoísmo individualista es “natural” y construir una filosofía en torno a ello, es como imaginar que las hormigas son comunistas o la ballena es asesina y merece la cárcel. El altruismo se observa, incluso en aves. En las culturas humanas la cosa es mucho más compleja. No todas las culturas basan su economía en la acumulación de bienes materiales; hay sociedades cuya economía se basa en la donación y quien más dona, más prestigio obtiene. El más pobre en términos materiales, es el más admirado en esas sociedades. Hay culturas de cazadores – recolectores, donde el cazador no puede comer el producto de su propia caza, no disfruta del beneficio de su propio trabajo. Las culturas son tan diversas, que cualquier intento de naturalizar las conductas, como el egoísmo, se hace añicos apenas uno lee alguna etnografía. No resiste el menor análisis.

Los conceptos son herramientas que sirven en determinados contextos históricos. La noción del individuo, como algo único e irrepetible, con completo control sobre sí mismo, fue muy útil para luchar, en el campo simbólico, contra la opresión comunitaria de la Edad Media. Qué mejor, en estos tiempos de crisis totales, climáticas, políticas, económicas y sociales, que pensarnos como ecosistemas, como partes de un sistema mayor, donde seamos conscientes que la supervivencia es un asunto de muchos.