Pantera Negra

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El universo Marvel, que ahora entra en la órbita de la cada vez más oligopólica Disney, sigue adelante con la presentación de sus personajes de cómic. Esta vez es el turno de Pantera Negra, el primer protagonista negro de las sagas, líder africano de la ficticia Wakanda, quien debe defender a su patria no tanto de enemigos extranjeros como internos. Como dato curioso, el término fue acuñado el mismo año que el partido político estadounidense del mismo nombre (los Black Panters) pero unos meses antes.

Aunque ya sabemos cómo funciona la maquinaria del cine norteamericano, proponiendo productos altamente entretenidos pero con un fuerte componente normativo que el espectador absorve casi sin darse cuenta, siempre es interesante tratar de poner en evidencia esos mecanismos de penetración cultural.

En Pantera Negra nos encontramos con un caso arquetípico del héroe (hombre heterosexual, viril, inteligente, forzudo) quien debe superar una serie de pruebas para convertirse en el líder por derecho propio. Muerto el rey anterior -su padre T’Chaka-, el joven T’Challa (Chadwick Boseman) asume la responsabilidad del trono. Y por supuesto que es precisamente en este momento que la estabilidad del reino peligra, y él debe salvar la situación. Como todo héroe, debe defender el Bien, debatiéndose entre seguir al tradición de sus ancestros, o proponer cambios para solucionar una crisis causada por un elemento del pasado que impacta en el futuro. Para que el relato funcione, la crisis de este mundo ficticio debe tener resonancias con nuestra realidad: se trata de un tema de poder político y económico. Wakanda tiene acceso a un mineral – el vibranium- que le permite ser una potencia en tecnología, aunque ellos lo ocultan a los ojos del mundo. Cuando algunos antihéroes lo descubren, lógicamente quieren robarlo para darle otros usos (armas principalmente).

En este sentido, Pantera Negra cumple con uno de los grandes objetivos del cine posmoderno: el mensaje de que el curso actual del mundo nos llevará a la autodestrucción y de que un cambio donde se recuperen los valores humanos por sobre los económicos individualistas es necesario, impacta con más fuerza en el espectador que las acciones que la política en el mundo real puedan lograr. El cine hace tomar más conciencia a los consumidores que las acciones reales. Pero, paradójicamente, quien transmite este mensaje es una gran maquinaria económica sostenida por un país imperialista.