Los dioses y los héroes también se enamoran

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El mito no es un simple relato fantástico, sino que es una narración que siempre nos remite a verdades profundas. Si recorremos los mitos de diferentes culturas, nos encontramos con nuestros deseos y con nuestros miedos. En ellos, además, están incluidos todos los sentimientos que experimentamos y, obviamente, uno de los más fuertes es el amor.

Solo en la mitología griega, hay muchas parejas famosas en las que aparecen las contradicciones, la infidelidad, las pruebas de amor, el dolor, los celos, el deseo, la desesperación…, todo lo que ya conocemos y que dio origen a infinidad de poemas, novelas, libros de filosofía, de psicología, etcétera. El amor es bien complejo, y ya la poeta Safo de Lesbos hablaba del gluku-pikron, “lo dulce y lo amargo”, para dar cuenta de los opuestos que están contenidos dentro de él.

Compartimos las historias de Apolo y Dafne, Andrómeda y Perseo, Eco y Narciso, Dánae y Zeus, Orfeo y Eurídice, Píramo y Tisbe, y Selene y Endimion; seguramente nos vamos a identificar con alguna de las versiones del amor que proponen.

Si, por ventura, entre vosotros hubiera
quien ignorase al arte de amar, que me lea
que se instruya y que ame.

El arte de amar, Ovidio, siglo VIII d. C.

Apolo y Dafne: el amor no correspondido

Apolo se atrevió a burlarse de Eros, y este, en venganza, tomó dos flechas: una de oro –que incitaba al amor– y otra de plomo –que incitaba al odio–. Entonces, disparó la de oro a Apolo que terminó perdidamente enamorado de Dafne, pero a ella le disparó con la de plomo, por lo que la ninfa se la pasaba huyendo para escapar de su pretendiente. Cansada de tanto correr, le pidió a su padre que la salvara, y este no tuvo mejor idea que transformarla en árbol. Apolo llegó cuando ella se estaba terminando de convertir y lloró sobre sus raíces haciendo crecer aquello que, en realidad, le producía más daño.

Muchos siglos después, Julio Cortázar imagina que Dafne se arrepiente cuando ya es tarde, y le promete a Apolo: “te amaré, dios de miel, tortura de ala, / con la misma encendida resistencia / con que te hui mujer y árbol me entrego”.

Andrómeda y Perseo: juntos más allá de la muerte

Perseo, después de haber matado a Medusa, se encontró con Andrómeda encadenada desnuda a una roca lista para ser el alimento de un monstruo marino. Fue inevitable que se enamorara de ella; luego pidió su mano y prometió matar al  monstruo.

Por supuesto, el héroe tuvo éxito en su empresa, se casó con Andrómeda, y juntos tuvieron varios hijos. Cuando ella murió, la diosa Atenea la situó entre las constelaciones del cielo del norte, cerca de su marido para que siguieran juntos.

Eco y Narciso: la imposibilidad de amar al otro

Hera siempre tuvo que sufrir las infidelidades de Zeus. Para colmo, Eco lo ayudaba distrayéndola con conversaciones mientras el dios hacía de las suyas. Cansada de todo esto, Hera castigó a Eco condenándola a repetir la última palabra que pronunciara su interlocutor.

En el bosque y con el castigo a cuestas, la ninfa estuvo tranquila hasta que vio al bellísimo Narciso y se enamoró. Por supuesto, él la despreció ya que solo tenía ojos para sí mismo, y encima Eco ni podía hablarle. Entonces, ella desolada, se encerró en un lugar solitario y allí, consumida por el dolor, se desintegró en el aire y solo quedó su voz.

Dánae y Zeus: más vale maña que fuerza

El Oráculo de Delfos había predicho que Acrisio, rey de Argos, moriría a manos de su nieto. Para evitar el cumplimiento de esta revelación, el monarca encerró a Dánae, su única hija, en una cámara subterránea de bronce y prohibió la entrada de cualquier hombre. Zeus, a quien le gustaban todas, vio a Dánae y naturalmente se enamoró de ella. Para no levantar sospechas, el padre de los dioses se transformó en finísima lluvia dorada y, filtrándose sobre un rayo de sol por la ventana de la celda, fecundó a la cautiva. El milagro se realizó y de esta unión nació Perseo.

Orfeo y Eurídice: la ansiedad, mala consejera

Eurídice murió luego de la picadura de una serpiente. Orfeo, su esposo, quedó desconsolado y se puso a llorar a orillas del río Estrimón. Allí tocó canciones tan tristes que todas las ninfas y todos los dioses lloraron con él y le aconsejaron que descendiera al inframundo en busca de su amada. También por medio de la música, convenció a Hades de que permitiera que Eurídice volviera con él al mundo de los vivos. La única condición que puso aquel fue que Orfeo caminase delante de ella y no mirase atrás hasta que hubieran alcanzado el mundo superior y los rayos de sol la bañasen.

Ambos hicieron casi todo el recorrido, y el músico se contuvo de mirar a su amada, sin embargo, a último momento no aguantó, y como ella aún tenía un pie en el camino del inframundo, se desvaneció en el aire para siempre.

Píramo y Tisbe: el amor y el destino

Píramo y Tisbe, lejanos antecedentes de Romeo y Julieta, eran dos jóvenes babilonios. Habitaban en viviendas vecinas y, a pesar de la prohibición de sus padres, se amaban a través de una grieta en el muro que separaba las casas. Un día acordaron encontrarse al lado de una fuente.

Tisbe llegó primero, pero una leona que regresó de una cacería a beber de la fuente la atemorizó y la obligó a huir. En su huida, dejó caer su velo, y la leona lo manchó de sangre. Cuando Píramo llegó, creyó que la leona había matado a su amada, sacó su puñal y se lo clavó. Tisbe, con miedo, salió cuidadosamente de su escondite y, al ver muerto a su enamorado, lo abrazó y se mató clavándose ella también el puñal.

Selene y Endimion: el amor a pesar de las diferencias

En la mitología griega, Selene es la personificación de la Luna. Una noche de verano, luego de cuidar sus rebaños, Endimion se refugió en una gruta en el monte Latmos para descansar. La noche era clara, y en el cielo Selene paseaba en su carruaje. Su luz entró en la cueva, y así ella pudo ver al joven dormido, de quien se enamoró perdidamente. Descendió entonces del Cielo, besó a Endimion, quien despertó y de inmediato también se enamoró.

Selene subió después al Olimpo y rogó a Zeus que le concediera a su amado la realización de un deseo. Endimión, luego de meditarlo, pidió el don de la eterna juventud, y poder dormir en un sueño perpetuo, del que solo despertaría para recibir a su enamorada. Desde entonces, Selene visita a su amante dormido en la caverna del monte.

Portada: Jean-Baptiste-Camille Corot, Orfeo conduciendo a Eurídice fuera del infierno (1861)