#FICPehuajo2018: autogestión y política del deseo

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Una semana de proyecciones que va finalizando propone la séptima edición del Festival Internacional de Cine de Pehuajó que ya empezó a cambiar el perfil de una ciudad del centro de la provincia de Buenos Aires que no es solo la anécdota tierna de nuestras infancias acerca de la historia de amor de una tortuga.

Varios ingredientes convierten al FIC Pehuajó en un nodo de otras posibilidades y lo vuelven símbolo de un perfil que bien puede sintetizar el hacer de tantos festivales de cine, encuentros teatrales, ferias del libro, bienales de arte, conformando un conjunto cultural que se caracteriza por la voluntad y la unión ciudadana, aunados con el aprovechamiento de los recursos que ofrece un municipio activo frente a las búsquedas culturales de sus identidades comunitarias.

Este Festival tiene algo que pudimos observar bien, y que ponemos de caso en tantos espacios de intercambio y aprendizaje, y es la fórmula autogestión y política del deseo. Autogestión, conecta con la capacidad de organizarse, en general frente a un vacío o cuando menos a una falta de acción de parte de quien tiene que tomar decisiones, esto es, las instituciones de poder, las concentraciones económicas, y su pata administradora y distribuidora: las políticas de Estado. Y política del deseo, conecta con escucharse, no desde ya desde la mera cuestión personal o de un grupo de amigos, sino desde la enunciación colectiva, transformadora y productora de otros posibles.

Como dirían mis amigas neuquinas: la revolución será federal, vendrá desde el interior, físicamente abriendo paso; avanzará geosituada para saldar viejas cuestiones de lo central en el costado argentino marcado como supremo. Y agregan: y feminista. Y no es casualidad que el FIC además, sea llevado adelante mayormente por mujeres. La potencia del festival en tanto experiencia de gestión colectiva es su territorialidad, su capacidad de atravesarnos en todas las escalas: íntima, local, regional, global, y su activarse desde el cuerpo como construcción con otrxs.

Economía del don; intercambio; construcción de una historia común en cada nueva edición; visibilidad de un cine productor de imágenes no solo diversas a un mainstream cada día más chato y más estandarizado, imágenes otras que por ello mismo se vuelven disidencias; organización de ciudadanías; semillaje de proyectos que crecen año a año y trascienden las herramientas técnicas, se vuelven experiencias de vida gracias a las posibilidades que brinda un espacio como el FIC de becar cineastas (este año, tres mujeres jovencísimas realizadoras de Paraná, Chacabuco y La Plata/Coronel Suárez). Todo esto hacen de Pehuajó un caso interesante para pensarnos. Pero hay que agregar algo más, sin lo cual no tendría pleno sentido todo lo dicho hasta aquí: el público genuino que responde, se emociona, se enoja, interactúa, debate después de las proyecciones. Este año hemos visto interperlarse a un pueblo de espectadores a partir del rescate de contradicciones en la vida y obra de Salvadora, del ejercicio de memoria poética de Sinfonía para Ana, del cine rural de El Invierno, El Espanto y Golondrinas, historia de una zamba, de la construcción de lo popular de Mario On Tour, Charco y Tita de Buenos Aires, de la chance de pensarnos más allá del binarismo de los cuerpos de lo que es una mujer y un varón de Hoy partido a las 3, de las deudas sociales que tenemos con los sectores más vulnerables de Después de Sarmiento y Los Sentidos, conviviendo con cortometrajes de todo el mundo y con el cine italiano. Esto por mencionar algo de lo mucho que sucedió en esta semana de carnaval aquí…

Autogestión y política del deseo es ponerse la camiseta de lo que queremos ser, de lo que buscamos transformar para transformarnos. Al FIC Pehuajó le cabe muy bien la frase de Galeano, que más que nunca tenemos que rescatar: Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. Volvamos a volver, que el cine siga siendo pasión y excusa para construir imaginarios, fiestas y placeres.