#FICPehaujo 2018: Golondrinas. Historia de una zamba

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Trasladado a cinematografías como la argentina, el western ha producido en los últimos  años (digamos cinco) algunos híbridos bien interesantes: un tipo de western histórico como Samurai, (Ulises Rosell) uno místico como Aballay, el hombre sin miedo (Fernando Spiner) hasta uno épico como El movimiento (Benjamín Naishtat)

Sus historias transcurren en el siglo XIX, en épocas de fundación de la Nación, cuando el gaucho, aquella construcción cultural insoslayable de la cultura argentina, divagaba por la Pampa en busca de su destino, perseguido y explotado, tal como lo pensó la literatura del Juan Moreira o el Martín Fierro, la misma que lo iba a elevar a héroe nacional, despojado de su nomadismo, su sed de venganza, para domesticarlo dentro y del proyecto del mismo Estado Nación, pero el amor romántico o la Pampa como el paraíso perdido también formaron parte de los subtemas que lo caracterizan.

Ezequiel Sanz viene escribiendo y dirigiendo historias rurales desde el 2008 dentro del conjunto de producciones conocidas como “cine con vecinos”, mínimos recursos, actores no profesionales (aunque en Golondrinas, ya hay varios que lo son); aquí toma algo de los tópicos del western rural y los trae a la contemporaneidad, situándolos en la realidad que tiene a mano: Henderson, su pueblo natal, en la provincia de Buenos Aires.

En Pehuajó, primer festival del año en Argentina, preestrenó en calidad de work in progress de 70 minutos, Golondrinas, historia de una zamba (2017) film que forma parte de una trilogía que él mismo llama western rural, junto con El escondido (2018) y El prado de los fusilamientos (2018) y que está inspirado en la zamba “Luna cautiva” de Chango Rodríguez, Golondrinas.

Después de años en la cárcel, un hombre vuelve a su pueblo para ayudar a aquel que enamoró a la mujer que fue el amor de su vida. Este debe batirse a duelo con el que ha ofendido el honor de su hija, un rico patrón de estancia de acciones no muy santas. Tal como en las historietas, cuyo maridaje con la gauchesca es de larga tradición, habría que ir hasta 1929 para ver el origen de esta relación con “El tigre de los llanos” de Raúl Roux, en Golondrinas el guión es sencillo, sin muescas, con la dosis suficiente de humor, de romance, de música, de charla alrededor del fogón y de enfrentamientos masculinos. Una película de hombres, donde la mujer aparece como la que provoca el “lío éste” del que solo se podrá salir a través del sacrificio.

Lo curioso es que estos hombres promedian los 70 años, no son jóvenes y vitales héroes que se baten por la fuerza, sino que traen el peso de su propia historia personal, lo cual le da una densidad propia, ampliamente sostenida en la acción de los personajes: no son ancianos haciendo de jóvenes, son ancianos que han vivido su vida y cargan con ese peso, sus culpas y sus errores: primera desobediencia al género; la segunda: la joven enamorada del anciano

La referencia a la muerte sospechosa de Cafrune en manos de la Triple A y la situación de probreza de los wichis, en el norte argentino le dan un anclaje político y social en la Argentina contemporánea.

Gracias a la intervención del Cluster Audiovisual, proyecto de José Campusano, y de Producciones Varelenses, Sanz cuenta por primera vez con un equipo técnico profesional, se nota en la precisión del montaje de Carlos Lasso, preciso y fluido, en las más estrictas reglas del raccord.

Habrá que prestar más atención al cine que se viene haciendo hace ya más de una década de modo alternativo y que va encontrando sus caminos de producción por fuera de las vias tradicionales de financiamiento.

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