#FICPehuajo2018: El corral

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Las dos historias y lo no dicho. Sobre la película El Corral

 

 

Decía Piglia que un cuento siempre cuenta dos historias y que el efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie. El Corral (2017) de Sebastián Caulier cuenta dos historias y quizás algunas más, porque -como sostenía Barthes- la muerte del autor trae consigo indefectiblemente el nacimiento del lector.

Es finales de los noventas en Formosa y un grupo de jóvenes de clase media acomodada vive lo que cualquiera de su edad. Parece una sociedad conservadora, con el deber ser de familias tipo, donde el matriarcado marca límites, castigos y cariño de consuelo ante el silencio, mientras que los hombres son machos que se arreglan a los gritos y a las piñas. Esteban (Patricio Penna) es tímido, retraído, chivo expiatorio del grupo del colegio, destinatario de cargadas y golpes. Lo que luego se llamaría bullyng es para él un modo de vida y “los odio a todos” su máxima expresión de desahogo.

Gastón (Felipe Ramucio Mora) es políticamente incorrecto, maleducado y desafiante, llama la atención porque es el nuevo y es el raro. Un raro interesante, cargado de libido. Le gusta a la cheta más cheta del curso y a Esteban. Los raros se juntan, son incomprendidos y Gastón seduce esa parte incontenida de un Esteban que siempre fue perdedor. El nuevo lo anima a abrir el corral, a pensar en lo impensado y a hacer lo indebido. Lo invita a la dulce posibilidad de revelarse.

La película plantea una crítica al poder del sistema que muestra su ferocidad en la reiteración de lo cotidiano, que por tratarse de una microfísica fuertemente incorporada nada parece poder inventarse. Las estrategias de liberación de los protagonistas podrán en jaque entonces una tranquilidad ficcionalizada e inerte de compañeros y profesores. Nadie saldría lastimado -sino asustado- hasta que los planes se van de las manos. Y es en las situaciones límite, en definitiva, cuando los ellos mismos terminan conociéndose.

Al mismo tiempo, la película construye personajes de una cultura adulta disociada de lo que les sucede a los jóvenes. Las dos historias pueden también leerse desde quién sabe qué de quién: los padres de sus hijos o los profesores de sus estudiantes. Un juego de ocultar que siempre sale bien.

Hay algo del orden del deseo que recuerda a las prohibiciones de la cultura, que en términos freudianos nos encadenan a ella a la vez que la sostenemos con nuestra vida. La violencia y la sexualidad se tornan entonces espacios de creatividad más que de censura. La historia dos explora todo el tiempo este aspecto del relato.

Un guión inteligente y sin fisuras, pero que a la vez no se puede explicar. Es un terreno frustrante para la palabra, como un sabor o un perfume. Se trata de una película de iniciación, de viaje de héroe, pero ya no como epopeya sino en términos temporales y experienciales que va empujándonos -sin darnos cuenta- del ámbito público al privado, y del privado al íntimo.

Lo cierto es que esta historia centrada en jóvenes de los noventas narra todo el tiempo, sobre todo con lo no dicho. Empieza comedia bordea el drama termina thriller, y con esto va in crescendo hasta llevarnos a los bordes de la identificación porque construye personajes contradictorios, conformistas, disruptivos y, por momentos, pura pasión, a modo de burla a la cultura como opresión. Las actuaciones son destacadas, tanto como la música, y los sentimientos de oscuridad y de fuego. El que se puede ver y el simbólico que está presente todo el tiempo.
Leonardo Murolo es Director de la Licenciatura en Comunicación Social UNQ.
@leonardomurolo