Retrospectiva de Glauber Rocha en Cartagena

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Retrospectiva del cineasta brasilero Glauber Rocha, la voz inconforme e irrepetible del Cinema Novo

El Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias -FICCI- rinde homenaje al líder del Cinema Novo, movimiento que, desde la década de 1960, reunió a una generación de intelectuales y artistas brasileños que utilizaron el arte como una forma de pensamiento y una práctica política y cuyo legado tiene una plena vigencia hoy, aunque hayan cambiado las circunstancias que lo inspiraron.

Hay muchos negros sufriendo, oprimidos en el mundo, cada uno que se libere puede liberar a otros mil”, dice el antagonista de la primera película de Glauber Rocha, una máxima que podría resumir las bases de su cine: profundamente político, arriesgado y vanguardista; además de renovador no solo por sus temas sino por las formas y lenguajes que encontró para abordarlos.

Nacido en 1939 en Vitória da Conquista, en el estado de Bahía. Tras estudiar leyes y ejercer el periodismo y la crítica cinematográfica, Glauber Rocha encontró en el cine la manera de hablar de la singularidad y la fuerza de un Brasil que, como el resto de Iberoamérica, estaba plagado de profundas inequidades sociales y gobernado de manera catastrófica por viejas élites y diversos autoritarismos. Durante la dictadura militar que se impuso en Brasil desde mediados de los 60, Glauber Rocha se autoexilió en varios países de Europa y América Latina durante una década –desde 1971– y sólo regresó a su tierra natal para morir prematuramente a los 43 años.

Su cine, marcado por las urgencias políticas y a la vez determinadamente arriesgado y vanguardista, logró consolidar su propia estética, marcada por lo que él mismo desarrolló en sus manifiestos teóricos (la violencia, el sueño, el hambre y el delirio). Construyó así mismo la idea de una utopía propia, en diálogo con el mundo y en permanente tránsito:“El Cinema Novo apoyó la utopía brasileña. Si es feo, irregular, sucio, confuso y caótico, es, al mismo tiempo, bello, brillante y revolucionario”.

Rocha blandió sus convicciones de izquierda en casi todos sus filmes, también una profunda empatía por sus personajes y una enorme capacidad de transformar tradiciones e influencias diversas bajo un prisma propio. Sus diez largometrajes, pero sobre todo Dios y el diablo en la tierra del sol (1964), Tierra en trance (1967), La edad de la tierra (1980) y Antonio das mortes (1969), son claros exponentes de esa inconformidad y de esa necesidad de rebelión y cambio que lo acompañó toda su vida.

Hizo cine en las mismas décadas de Godard o Rohmer al frente de la Nouvelle Vage francesa, de Polanski, Tarkovski, Buñuel, Kurosawa, Cassavetes, grandes nombres que encontraron una manera de narrar única y de profunda significación. Desde Brasil, cansado de que el “tercer mundo” fuera solo parte de un relato exótico, estereotipado, lastimero o paternalista narrado desde la visión eurocentrista o desde el todopoderoso Hollywood, Glauber Rocha entendió que no servía hacer cine solo como manera de resistir de forma pasiva, sino que éste debía convertirse en un arma para subvertir conciencias y sacudir el orden establecido.

Esta retrospectiva se realiza en estrecha colaboración con el Festival Márgenes y con el apoyo de Paloma Rocha Produções Artísticas e Cinematográfica Ltda. y la Filmoteca Española. Siete de las producciones de Rocha harán parte de esta retrospectiva que presenta el FICCI 58:

BARRAVENTO (1962)

El barravento es un viento enérgico pero también, y metafóricamente, Barravento es, como dice un texto al inicio de la película: el momento de violencia cuando las cosas de tierra y mar se transforman, cuando en el amor, en la vida y en el medio social ocurren cambios súbitos. Desde su ópera prima, Glauber Rocha deja en claro que uno de los temas que le inquieta profundamente es el de la opresión capitalista y la sumisión o la “aceptación” de la pobreza. Filmada en un pequeño pueblo cercano a Salvador de Bahía, los pescadores deben enfrentarse a un dilema: seguir mirando al pasado y la tradición o buscar la forma de liberarse y encarar el futuro. Cercana al neorrealismo italiano tanto estética como temáticamente, la película está llena de referencias culturales profundas de la parte más negra del Brasil: la capoeira, el candomblé y por supuesto la música. Pero sobre todo el filme está impregnado de ese sello que acompañaría al cine de Rocha siempre: el de la denuncia de la injusticia y la necesidad de cambio.

DIOS Y EL DIABLO EN LA TIERRA DEL SOL (1964)

En los sertaos desolados del noreste brasilero, una pareja de campesinos, cansada del maltrato de su patrón, lo matan y dejan todo lo que tienen – que es poco o nada – para ingresar primero a las filas del fanatismo religioso y luego a las de los cangaceiros. Junto a estos míticos forajidos o bandoleros que asaltaban a los terratenientes, deberán enfrentarse a Antonio das Mortes  para librar una épica batalla entre el rico y el pobre, el opresor y el oprimido. Si en su primera película era el candomblé del Brasil negro y pescador, en esta es el catolicismo del Brasil blanco y campesino. Ahora es la promesa mística, si se quiere, de un mundo mejor en el que la torta se da la vuelta y en la que quien nada tiene pasará a tenerlo todo, termina siendo la que impide un verdadero cambio social. El hambre duele, y el hambre conduce a la violencia. Es el nacimiento del llamado Cinema Novo. Esta película que bebe mucho de la estética del western – aunque con diferencias muy notables en la narración musical-, fue la que consagró internacionalmente a Glauber Rocha, quien solo tenía 25 años.

TIERRA EN TRANCE (1967)

En un hipotético país llamado Eldorado, que podría ser cualquier rincón de América, en los convulsos años 60, Paulo, poeta y periodista, se pregunta en plena campaña política sobre su propio devenir y el de toda una nación regida por el caos y la corrupción. La política, que debería servir al pueblo, dista todo un abismo de este, tanto si las propuestas provienen del populista Felipe Vieira como si lo hacen del conservador Porfirio Díaz. ¿Hasta qué punto la gente está dispuesta a defender lo que debería ser suyo? Es la premisa del Cinema Novo: El único camino, cuando el pueblo tiene hambre son las armas, de nada sirven las plegarias. Y sin embargo, pese al enorme peso político de su cine, las de Glauber Rocha son películas que, como esta, están cargadas de una poética profunda, de una estética inconfundible, y de la clara intención de mostrar una realidad completamente diferente a la del folklore y el exotismo turístico.

ANTONIO DAS MORTES (1969)

En su primer largometraje a color, Rocha vuelve a adentrase en el sertao brasilero para seguir hablando de los temas socio-políticos que le interesan. Para ello retoma la figura de Antonio das Mortes, quien ya había aparecido en Dios y el diabloen la tierra del sol, para enfrentarlo consigo mismo en medio de su cruzada por acabar con los cangaceiros que azotaban a los terratenientes y repartían sus botines con el pueblo. Con la música como un elemento narrativo indispensable, bebiendo de la estética del western y con la misma brutal honestidad del neorrealismo italiano, Rocha construye la que para muchos es su mejor película y una de las películas imprescindibles de la historia del cine. El Cinema Novo reivindica abiertamente una estética de la violencia, el cine como discurso sobre la realidad social y la mirada propia sobre la historia, por fuera de la visión colonialista. Hay un interés por contarse, hay casi que una obligación por indagar en cuestiones como el hambre, la desigualdad social y la violencia que ellas generan… La manera descarnada y cruda, pero a la vez profundamente estética como Rocha lo hace, marcará profundamente el cine de todos los tiempos.

CABEZAS CORTADAS (1970)

A lo largo de su breve pero prolífica carrera, Glauber Rocha tuvo momentos aplaudidos y momentos incomprendidos. Cabezas cortadas es quizás uno de sus títulos menos conocidos. Grabado desde su exilio en España, retoma el hipotético país de Eldorado, creado en Tierra en Trance, ahora con su viejo presidente exiliado “curiosamente” en un país bajo la dictadura franquista, solo, demente e indefenso. La contraposición imagen-discurso, la metáfora y ese componente onírico y delirante que tanto ama el cineasta, le sirven de nuevo para hacer una reflexión crítica sobre la realidad iberoamericana, el pueblo y el poder, el opresor y los oprimidos. La música y la religión, otros de los dos ingredientes que no faltan en sus películas, también nos recuerdan lo vano de los rituales sean de la naturaleza que sean. Cabezas cortadas es, sin lugar a dudas, una clara muestra de esa libertad estética y creativa que caracterizó a su director.

EL LEÓN DE SIETE CABEZAS (1971)

Durante todo su exilio Glauber Rocha buscó escenarios que le permitieran cierta atemporalidad o cuya realidad, pese a la distancia geográfica, le sirvieran para construir sus metáforas o sus paralelismos con la realidad del sertao o incluso de Eldorado. Rodada en Brazaaville, en unos años en que África libraba sus propias guerras de descolonización, el Congo le da Rocha ese componente de universalidad para hablar sobre emancipación y libertad, y esa estela mágica para interpretar libremente a la bestia de siete cabezas de la que habla el apocalipsis. Sin embargo, el mismo Rocha definió esta como una película teórica en la que los personajes actúan bajo la idea del teatro dialéctico de Bertold Brecht, buscando que sus actuaciones –a menudo no concordantes entre acto y discurso – hagan reaccionar y reflexionar al espectador a la manera que lo hace el cine de Godard y la nueva ola francesa: mediante la experimentación, la deconstrucción de la estructura cinematográfica más tradicional y por su puesto a través de la provocación de emociones mediante el montaje, con Einsenstein como claro referente.

LA EDAD DE LA TIERRA (1980)

La última película de Glauber Rocha es una especie de ópera surrealista en la que la música, el simbolismo, lo onírico, la estética barroca, lo poético y la religión, forman la particular y personalísima interpretación de lo que Brasil es para el cineasta. Incomprendida por muchos, y en todo caso la menos comercial de sus películas, La edad de la tierra es una incómoda provocación que pone a prueba al espectador y sobre la que el propio Rocha dijo que más allá de la mirada clásica que los críticos pudieran estar buscando, él venía a ofrecerles un filme que mira hacia el futuro, más parecido a un cuadro de Picasso que a una pintura académica. Basada en un poema de Castro Alves, más allá de su pretendida agresividad, La edad de la tierra es una película fascinante compuesta de retazos aparentemente inconexos que dicen, quienes conocieron a Rocha, tiene mucho de biográfica.