Loma pircada

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Casi todos los lugares de veraneo tienen un encanto especial cuando encontramos en ellos sitios que nos comunican con nuestros antepasados. Es el caso de Chuquis, La Rioja, cuna del presbítero Pedro Ignacio de  Castro Barros, representante  por La Rioja ante el histórico Congreso de Tucumán de 1816.

Pero más allá de eso hay muchos vestigios de asentamientos indígenas, demostrados en excavaciones arqueológicas como la de El Puesto años atrás, algunas piedras pintadas con jeroglíficos en los alrededores y la que hoy nos ocupa: una pirca (pared de piedra), que rodea toda una loma casi en su cima, de fácil acceso gracias a la senda que abrió el historiador Juan Aurelio Ortiz, quien fuera encargado del Museo Castro Barros, que funciona en el pueblo. Todavía se encuentran tramos intactos para nuestro asombro y emoción. Llegar ahí y posar tu mano en las piedras, admirar los cerros y lomas con una amplitud de paisaje impactante, te hace sentir poderoso, como se habrán sentido aquellos indios. Desde allí se ven pueblos vecinos, al frente de tu vista la vertiente Yacurmana, una caída natural de agua de 30 metros, ríos que en verano corren con sus crecientes a cuestas, llevando todo a su paso, cardones, árboles  y que lucen secos como heridas profundas en invierno.

Consultamos con la arqueóloga Martha Ortiz Malmierca por los pueblos que construyeron esta pirca, quien nos dice: “No hay registro que pueda dar una señal cronológica por lo tanto no podemos adjudicarle a algún grupo, por ejemplo, no hay cerámica en los alrededores ni en la cima, donde encontramos los círculos con maíces quemados pero sin cerámica. Para ser precisos se puede decir que la modalidad de construcción es pirca seca sin unión de otro material típico precolombino  y la intencionalidad de rodear toda la loma habla de un uso de control del espacio que pudo ser defensivo. Si tuvieran relación con el sitio El Puesto, sí excavado, se puede decir que lo habitaron hace 1.500 años pueblos denominados Aguada y Ciénaga”.

 

La caminata desde el pueblo hasta la loma no demanda más de una hora por un camino que por las crecidas ya no es apto para auto pero sí para los transeúntes, acompañado a un costado por un canal de piedra que baja el agua de Yacurmana hasta la planta potabilizadora para consumo del pueblo y también provee a los estanques de riego y un embalse.

Con una piedra que pareciera señalar a su izquierda la senda, te internás por ella pasando por algarrobos centenarios, con sus suelos llenos de hojas apiladas año tras año, tus pies se hunden al caminar en esa alfombra vegetal y ya estás en el terreno de la magia. La subida te lleva sólo 15 minutos, como una escalera sin peldaños pero con piedras que te exigen mucho cuidado para no pisar en falso.

La imponente vista cuando llegás a la pirca te inquieta,  no sabés si sacar fotos, mirar a lo lejos, aspirar el perfume del incayuyo, escuchar los pajaritos, los balidos lejanos de cabras y vacas o hacer todo eso junto y sentir que estás en un lugar sagrado de tus antepasados, imaginarte cómo habrán caminado por ahí, cómo habrá sido su vida en esos lugares…

El descenso lo hacemos con mucho cuidado, caminando de costado como pensando cada paso y atesorando esos momentos irrepetibles, únicos, que te alimentan el alma por mucho tiempo.