Detroit: zona de conflicto

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Es casi imposible hablar de esta película sin analizar la carrera su directora, Kathryn Bigelow, única mujer en recibir un Oscar en el rubro dirección. Evidentemente en Hollywood todavía se está a años luz de la igualdad de género, y Bigelow tuvo que hacer un recorrido muy particular para lograr este máximo galardón.

Sus películas más celebradas en los años noventa fueron las hoy de culto Point Break (Punto límite, 1991) y Strange days (Días extraños, 1995). La primera casi no necesita introducción, siendo recordada por la dupla de Keanu Reeves y Patrick Swayze. Es un film de acción de pura cepa, que cumple con todos los requisitos del género y que en su momento tenía una escena que llamaba la atención, aquella de persecución por la calle y pasillos entre casas de playa, filmada a mano, en un plano secuencia realmente meritorio. La segunda, producida y montada por su entonces pareja, el flamante James Cameron, es una historia de ciencia ficción acerca de unos asesinatos en el marco del fin del milenio (1999), donde la cámara en mano se usaba para dar cuenta de una hiperrealidad virtual:  los personajes accedían a una tecnología que les permitía experimentar como propios los recuerdos y sensaciones grabados por otros. Es decir que de estos dos filmes de los noventa encontramos, en primer lugar, una vocación muy clara por abordar temáticas y géneros que eran de manera casi exclusiva imperio de la masculinidad, y en segundo lugar, que hay una clara marca de autor en el uso de la cámara en mano para generar un impacto realista dentro del universo ficcional.

Estos dos elementos son los que le valieron el Oscar por el film The Hurt Locker (Vivir al límite, 2008), donde se relata el día a día de una brigada estadounidense que evita la detonación de artefactos explosivos durante la Guerra de Irak. Similar camino siguió Zero Dark Thirty  (La hora más oscura, 2012), que cuenta la misión de las fuerzas de operaciones especiales para capturar o matar a Osama bin Laden. Al igual que Detroit, estos dos filmes fueron guionados y producidos por Mark Boal, quien evidentemente le proporcionó las historias ideales para seguir profundizando en estos universos que eran relatados en exclusiva por hombres y en los cuales se pone en crisis la separación entre ficción y realidad, ya que la referencia histórica es esencial.

En el caso particular de Detroit, se narran los verídicos sucesos acontecidos en esa ciudad hace 50 años, que derivaron en el abuso de las fuerzas de seguridad frente a un grupo de jóvenes afroamericanos mientras estaban en el hotel Algiers durante el estado de sitio a causa de los disturbios raciales. La tortura a la que son sometidos genera un clima claustrofóbico, reforzado por el uso de los planos cerrados y la cámara en mano. 

Parecería ser que Bigelow tenía estas ideas en germen ya desde sus film más pasatistas (los protagonistas eran o bien un policía renegado, o bien uno que termina renegando de las fuerzas de seguridad), pero en estos últimos tres realizados con Boal, los ha llevado al plano cuasi documental. Las escenas de acción potentes no son un mero entretenimiento sino que apelan a tocar una fibra sensible en el espectador: al evidenciar dentro de la ficción las acciones violentas que realiza el Estado, se busca problematizar el discurso de garante de la seguridad (policial o militar) que Estados Unidos presenta en la vida real.