Literatura y ajedrez

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Como en un campo de batalla, las piezas blancas y las negras se enfrentan en un tablero de 64 casilleros. Hay un rey, una reina, peones, alfiles, caballos…, todo muy metafórico: el tablero de ajedrez es la vida misma donde cada movimiento cuenta. Además, las piezas son movidas por la mano del jugador, nueva metáfora, en este caso del destino como fuerza que rige nuestras vidas.

El ajedrez es un juego que requiere táctica y estrategia. Para Truman Capote es una actividad artística, “una escultura mecánica con la que uno crea bellos problemas cuya belleza se construye con la cabeza y con las manos. Ecuación perfecta entre cartesianismo y libertad, espacio reglado y azar, el ajedrez se le impone como un modelo de completud estética para el artista”.

En cuanto a sus orígenes, parece que fue inventado en Asia, probablemente en la India, con el nombre de chaturanga y desde allí se extendió a China, Rusia, Persia y Europa, donde se estableció la normativa vigente. Sin embargo, algunas investigaciones indican un posible origen chino, en la región entre Uzbekistán y la antigua Persia, que se podría remontar hasta el siglo III a. C.

A la literatura no le pasó desapercibida la cantidad de metáforas que concentra este juego, ni la posibilidad de utilizar el ajedrez como tema de cuentos, poemas o novelas. Es que no solo es una representación de la vida y del destino, sino también un ejemplo de razonamiento lógico, de paciencia, de poder de observación y de capacidad de adelantarse al adversario, todos elementos propios del policial. De ahí que haya muy buenos policiales que se basan en este juego.

En la novela La tabla de Flandes (1990), Arturo Pérez-Reverte nos presenta una trama en la que se mezcla lo histórico, la intriga y el ajedrez a partir de una obra flamenca del siglo XV de Peter Van Huys, titulada La partida de ajedrez.

Rodolfo Walsh escribe el cuento “Zugzwang” –publicado en Vea y Lea en diciembre de 1957–, que es el nombre de es una posición de ajedrez. Se dice que un jugador está en zugzwang si cualquier movimiento permitido supone empeorar su situación y, en algún momento, perder la partida.

Abelardo Castillo, por su parte, incluye “La cuestión de la dama en el Max Lange” en su libro Las maquinarias de la noche (2004), donde combina el ajedrez con una trama policial, aunque es también una profunda reflexión acerca de las relaciones entre hombres y mujeres.

Por supuesto, la poesía no podía estar ajena a la utilización del ajedrez y todas sus connotaciones. Citamos algunos poemas de Jorge Luis Borges, Omar Khayyám (mencionado por Borges), Fernando Pessoa y Mario Benedetti.

Ajedrez, Jorge Luis Borges

En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?

Ajedrez, Omar Khayyám

Porque esta vida no es
–como probaros espero–,
más que un difuso tablero
de complicado ajedrez.
Los cuadros blancos: los días
los cuadros negros: las noches…
Y ante el tablero, el destino
acciona allí con los hombres,
como con piezas que mueven
a su capricho y sin orden…
Y uno tras otro al estuche
van. De la nada sin nombre.

El juego de ajedrez, Fernando Pessoa

Oí contar que otrora, cuando Persia tenía no sé cuál guerra,
cuando la invasión ardía en la ciudad
y las mujeres gritaban,
dos jugadores de ajedrez jugaban
su juego continuo.

A la sombra de amplio árbol miraban
el tablero antiguo,
y, al lado de cada uno, esperando sus
momentos más holgados,
cuando había movido la piedra, y ahora
esperaba al adversario.
Un vaso con vino refrescaba
sobriamente a su sed.

Ardían casas, saqueadas eran
las arcas y las paredes,
violadas, las mujeres eran puestas
contra los muros caídos,
traspasadas de lanzas, las criaturas
eran sangre en las calles…
Mas donde estaban, cerca de la ciudad,
y lejos de su ruido,
los jugadores de ajedrez jugaban
el juego de ajedrez.

Pese a que en los mensajes del yermo viento
les viniesen los gritos,
y, al reflejar, supieran desde el alma
que por cierto las mujeres
y las débiles hijas violadas eran
en esa distancia próxima,
pese a que, en el momento que lo pensaban,
una sombra ligera
les pasase en la frente ajena y vaga,
en breve sus ojos calmos
volvían su atenta confianza
al tablero viejo.

Cuando el rey de marfil está en peligro,
¿qué importa la carne y el hueso
de las hermanas, las madres y las criaturas?
Cuando la torre no cubre
la retirada de la reina blanca,
el saqueo poco importa.
Y cuando la mano confiada lleva el jaque
al rey del adversario,
poco pesa en el alma que allá lejos
estén muriendo hijos.
Incluso que, de repente, sobre el muro
surja la sañosa cara
de un guerrero invasor, y en breve deba
en sangre allí caer
el jugador solemne de ajedrez,
el momento antes de ese
(está aún dado al cálculo de un lance
para efectuar horas después)
es aún entregado al juego predilecto
de los grandes indiferentes.

Caigan ciudades, sufran pueblos, cese
la libertad y la vida.
Los haberes tranquilos y heredados
arden y que se arranquen,
mas cuando la guerra los juegos interrumpa,
esté el rey sin jaque
y el de marfil peón más avanzado
listo a comprar la torre.

En el amor por Epicuro, hermanos,
y en entendernos más
de acuerdo con nosotros mismos que con él,
aprendamos en la historia
de los calmos jugadores de ajedrez
como pasar la vida.

Todo lo que es serio poco nos importe,
lo grave poco pese,
el natural impulso de los instintos
que ceda al inútil goce
(bajo la sombra tranquila de la arboleda)
de jugar un buen juego.

Lo que llevamos de esta vida inútil
tanto vale si es
gloria, fama, amor, ciencia, vida,
como si fuera apenas
la memoria de un juego bien jugado
y una partida ganada
a un jugador mejor.
La gloria pasa como un fardo rico,
la fama como la fiebre,
el amor cansa, porque es en serio y busca,
la ciencia nunca encuentra,
y la vida pasa y duele porque lo conoce…

El juego del ajedrez
se prende a toda el alma, mas, perdido, poco
pesa, pues no es nada.
¡Ah! bajo las sombras que sin querer nos aman,
con un vaso de vino
al lado, y atentos sólo a la inútil faena
del juego de ajedrez
pese a que el juego sea apenas sueño
y no haya pareja,
imitemos a los persas de esta historia,
y, mientras afuera,
o cerca o lejos, la guerra y la patria y la vida
llaman por nosotros, dejemos
que en vano nos llamen, cada uno de nosotros
bajo las sombras amigas
soñando, él las parejas, y el ajedrez
a su indiferencia.

Táctica y estrategia, Mario Benedetti

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos

mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible

mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos

mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos

mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple

mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.

Por supuesto que hay muchos ejemplos más de esta relación tan entrañable entre literatura y ajedrez, porque en fondo lo que está detrás de ambos es la pasión, esa fuerza que nos involucra con aquello que hacemos.