Glosa, Juan José Saer

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Cuando uno abre un libro de Juan José Saer, sabe que no importa tanto lo que se cuenta, sino cómo lo cuenta este santafesino que talla cada oración, cada párrafo, como un orfebre de la palabra, un maestro en el arte de narrar.

Glosa, publicada por primera vez en 1985, está considerada una de sus mejores novelas. Decíamos que el argumento es casi lo de menos: es esta la historia de dos hombres que caminan, solo que ese caminar es la excusa para que Saer ponga en juego todos los temas que conforman su universo narrativo. Durante cincuenta y cinco minutos, Leto y el Matemático, una mañana del 23 de octubre de 1961, un poco después de las diez, se encuentran y empiezan a caminar juntos, en dirección al sur. Eso es todo, pero en menos de una hora, el escritor condensa un tiempo mucho mayor que va desde la infancia de Leto –que en el presente tiene 21 años–, pasa por el viaje del Matemático a Europa y se proyecta hacia el futuro, hacia los años oscuros de la dictadura en la Argentina. El tema central de esa caminata, además, es la fiesta de cumpleaños de Washington Noriega a fines de agosto en la quinta de Basso en Colastiné, a la que ninguno de los dos asistió, pero de la que tendrán detalles pormenorizados gracias a lo que le contó Botón al Matemático el sábado anterior a este encuentro con Leto.

El título de la novela cobra sentido en este contar continuo que se da en el texto. Una glosa es una explicación al margen, una paráfrasis de algo que ya fue dicho. Lo que tenemos aquí es una suma de versiones acerca de la fiesta de cumpleaños, porque no solo está la de Botón, sino la del Matemático que “traduce” lo que le relató su amigo; y también oímos la de otro personaje, Tomatis, sin contar lo que Botón no vio, pero que, a su vez, le dijeron.  Con estas sucesivas glosas, Leto y su amigo imaginan lo que pasó, realizan conjeturas a partir de su propio conocimiento de los personajes involucrados. A estos relatos se suma el narrador que también dice, opina, presume e infiere. Como suma de versiones, esta novela retoma algunos postulados de Nadie nada nunca (1980) donde se puede leer: “…las cosas ganan realidad, una realidad relativa, sin duda, que pertenece más al que las describe o contempla que a las cosas propiamente dichas”.

Mencionábamos antes el tiempo, el gran tema de Saer, ese tiempo que se expande a través de las analepsis y las prolepsis. Mientras hablan del cumpleaños, los personajes recuerdan, pero también reflexionan acerca del sentido de sus vidas: “…sumido cada uno en sus propios pensamientos como en una ciénaga interna que contrasta con el exterior luminoso”. Además, el narrador interviene contándonos qué les ocurrirá a Leto, al Matemático, a Elisa, a Pichón, al Gato, a Tomatis –todos personajes conocidos para los lectores de Saer, lo que transforma cada novela en un episodio que aclara o cierra algún suceso que comenzó en otro de los textos del autor–. No vamos a adelantar mucho del futuro de los dos protagonistas, pero sí diremos que este pasaje a un narrador omnisciente genera una complicidad en el lector y una mayor empatía, en especial con Leto.

El tiempo, además, se enlaza con el espacio, como si fueran una misma categoría, porque es en ese caminar por las calles donde los personajes reciben los estímulos que los llevan hacia el recuerdo, a la expansión temporal (recordemos que la novela se estructura en tres partes alrededor de las cuadras recorridas). Por esto el tiempo se puede representar por medio de esa calle, como reflexiona el Matemático: “Si el tiempo fuese como esta calle, sería fácil volver atrás o recorrerlo en todos los sentidos, detenerse donde uno quisiera, como esta calle recta que tiene un principio y un fin, y en el que las cosas darían la impresión de estar alineadas, de ser rugosas y limpias como casas de fin de semana bien parejas en un barrio residencial”.

En el caminar de los personajes, también hay mucho del Ulises de Joyce, como señala Florencia Abatte: Stephen Dedalus se encuentra con Bloom y conversan, como pasa con Leto y el Matemático. Igualmente, Saer utiliza el fluir de la conciencia muy de Joyce y de esa obra en particular.

No falta en Glosa cierta ironía o cierto humor muy particular, lo que se ve ya en la dedicatoria que habla de la novela como una “comedia”. Con respecto a esto, hay una parodia de las caminatas de Sócrates, aquellas en las que él practicaba la mayéutica como método para llegar a la verdad. En esta novela, en cambio, la verdad es siempre relativa, parcial, individual, mutable. Abatte, por su parte, hace una comparación interesantísima entre el Banquete de Platón y el cumpleaños de Washington: en el primero se discuten el amor por medio de reflexiones profundamente filosóficas, mientras que en la fiesta los personajes discuten por temas ridículos como los mosquitos o si un caballo puede tropezar o no.

En El concepto de ficción Saer afirma que “la ficción no solicita ser creída en tanto que verdad, sino en tanto que ficción” y define a la novela como una “antropología especulativa” porque permite una reflexión acerca del hombre. Más allá de la maestría del autor, Glosa nos regala fragmentos argumentativos acerca de nuestro estar en el mundo: “…la desesperación que sentimos cuando comprobamos que, por intenso que sea nuestro deseo, los planes de lo exterior no lo tienen en cuenta”;  o este otro: “…el sentimiento, decía, de no pertenecer del todo a este mundo, ni, desde luego, a ningún otro, de no poder reducir nunca enteramente lo externo a lo interior o viceversa…”, solo por mencionar dos. Entonces, volviendo al comienzo, no importa lo que se cuenta, lo que disfruta el lector es entrar en el universo Saer, recorrer la verdad que ofrecen las páginas de la novela y siempre quedarse con ganas de leer más al llegar al último renglón.

Ficha técnica

Glosa, Juan José Saer, Seix Barral, 2013, 240 págs.