“Escribo para reescribir”, entrevista a Gabriel Bellomo

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El informe de Egan (Mondadori, 2007), dedicado en un bar de Morón en el 2008, es una prueba suficiente —por si en un futuro indeseado pero posible comience a fallarme la memoria— de los inicios de nuestra amistad. Después vinieron otros libros y otras dedicatorias. Amistad que partió de lo literario y de la admiración recíproca, para encontrar con el paso de los años, dimensiones profundas, humanas.

Y a pesar de los golpes que nos dio la vida, como diría Vallejo, nada impidió que sigamos hablando, entre otras cosas, de libros propios y ajenos, de nuestra pasión compartida. Entonces me animé a entrevistarlo, aunque él haya escrito que: “La entrevista a un escritor preparada por otro escritor que, como en este caso, es asimismo psicoanalista, es como caminar por un campo minado”. Pero como el soldado experimentado que es Gabriel Bellomo, llegó sano y salvo al otro lado de la entrevista.

Gabriel, tenés varios libros publicados, otros inéditos, has sido finalista de importantes concursos literarios y obtenido algunas premiaciones. ¿Qué te motiva a seguir escribiendo?

No suelo reflexionar sobre los motivos que sostienen esta vocación descubierta un poco tardíamente. Será porque la primera vocación, la que se mantiene intacta a lo largo de los años, es la de la lectura. Y tal vez de eso se trate: escribo para leer, ya que la escritura es en mi caso reescritura, cada texto  me insume múltiples versiones, o acaso variaciones, ya que nunca sé muy bien hacia donde voy, casi nunca conozco la historia que me propongo contar. Dicen que un relato se escribe porque uno comprendió algo, y que una novela se escribe para comprender algo. Pero los escritores no deberíamos teorizar. Lo que tengo por cierto es que escribo para reescribir, y el punto de partida es un borrador torpe, equivocado, que, con suerte, se va transformando en algo más o menos legible. En lo que llamaría mi lugar de mi trabajo, un espacio muy luminoso, con ventanas, anoté sobre el cristal con fibras blancas dos frases. Una de Isadora Duncan: “Escribir un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación” y otra de Ezra Pound: “El esmero, es la única convicción del escritor”. Bien podrían formar parte de mi credo literario.

¿Cómo se llevan tus dos profesiones, la de abogado y la de escritor?

El ejercicio de la abogacía me permitió escribir, habilitó la escritura, pero nunca la influyó, al menos no conscientemente. Por lo tanto se ignoraron educadamente, como las dos caras de Jano. En idioma italiano se define mejor la cuestión que intento explicar: no “ser” abogado, sino “trabajar de abogado”. Es decir, trabajé de abogado y, en un momento de mi vida, sentí que comenzaría a escribir y lo hice. Pero en este caso no trabajo de escritor, sino que me siento (no creo serlo, claro) o pretendo sentirme escritor.

En la novela El informe de Egan hay un padre que reaparece luego de quince años y un hijo que necesita saber qué pasó durante esa ausencia. Y en El médano, a un hombre se le borran meses de su mente. ¿El novelista busca recomponer un pasado y recuperar una memoria ajena pero a la vez va rescatando las piezas de su propia existencia?

Se trata de mis dos primeras novelas publicadas. En El informe de Egan, Egan padre es el que desaparece de la vida de su único hijo. En cambio es la memoria la que desaparece durante todo un verano del protagonista de El médano. Egan, hijo, es quien busca al padre perdido durante todos esos años, y el protagonista de El médano es quien rastrea la memoria de unos pocos meses. Pero en los dos casos, como señalas acertadamente, se trata del rescate de la propia existencia, de buscar la pieza del puzle que se extravió. Se trata de eso, y también, creo que se trata en ambas novelas de seres que solo a través de un circunstancia traumática, una decisión o un golpe del destino, de algún modo hacen retroceder el tiempo hacia una de las bifurcaciones para intentar una existencia alternativa. Hace muy poco, en una película que recomiendo enfáticamente, llamada “Tren nocturno a Lisboa”, el protagonista y narrador, autor de un único libro casi inhallable, se pregunta eso mismo, dónde están las vidas que hemos dejado de vivir, dónde quedan —si es que quedan en algún sitio— esas variaciones perdidas por haber decidido en un sentido y no en el otro. ¿Y son vidas propias?, ¿Nos pertenecen, o al desecharlas las perdimos para siempre? Es también lo que plantea Borges en “El jardín de senderos que se bifurcan”. Toda literatura, finalmente, esto es lo que pienso, es en mayor o menor medida, auto referencial.

En Cita en Rabat hay una recurrencia de personajes, como por ejemplo Ignacio Trepat, que viene de tu libro de cuentos Formas transitorias donde también hay un cuento que se titula Cita en Rabat. ¿Los personajes que regresan, para qué lo hacen, tienen un propósito? 

La recurrencia de nombres y lugares, y el intercambio de situaciones. Ignacio Trepat sigue siendo, desde el relato “Formas transitorias”, hasta Cita en Rabat y no recuerdo ahora si en algún otro relato o novela, un cronista de guerra que perdió a su esposa y a su pequeño hijo. Un hombre derrotado por el destino pero que curiosamente mantiene su integridad. Podría parecer una referencia insistir en nombres propios, en oficios, en lugares, una manera de descansar durante el proceso de escritura. Como reencontrarse con un viejo amigo a quien no se deben explicaciones, y con quien hasta puede guardarse silencio. Pero no estoy seguro de que este sea el caso. Sucede que les tomo afecto a algunos de mis personajes, acaso a todos, pero no a todos en igual medida. En “Formas transitorias” todo el tiempo aparecen en el mismo libro y en seis relatos largos con temáticas diversas nombres propios: Wesley, Trepat, el pequeño Bruno —este como hijo de Trepat, en ese caso, en la novela El médano como hijo del protagonista pero habiendo heredado la fotografía como oficio propio de su padre Ignacio Trepat en otro texto. Hay como una necesidad, un impulso de mixtura y superposición supongo, de poner en palabras, por otros medios, esa afirmación, tal vez arbitraria como todas las afirmaciones, de que los escritores escriben sobre libros, y de que el escritor escribe, finalmente, un único libro a través de traslaciones o desviaciones de los dos o tres temas que lo asedian.

¿La vida ausente, tu novela inédita, ¿es otro intento por nombrar lo indecible, las pérdidas, recorrer duelos, hacer algo como artista allí donde el hombre no tiene respuestas?

Sí, es así. Ante lo innombrable, construir un relato que le confiera cierto propósito al dolor extremo. Si es que coincidimos en que la vida es más bien absurda y la muerte de un hijo un sinsentido que marca un límite del sufrimiento que resulta inenarrable. La vida ausente es una novela sin personajes secundarios —pero esto es una de mis limitaciones como escritor: considerar que no existen personajes secundarios. No existen en la vida, por tanto no veo porque habrían de existir en la ficción. Distinto es considerar que las personas-personajes entran y salen, y algunos hacen apariciones más fugaces y otras más permanentes porque así lo reclama la economía del texto, pero esto es otra cuestión, esencial sí, caso contrario estaríamos escribiendo todo el tiempo un libro infinito, como el libro de arena de Borges. Y luego, donde el hombre no tiene respuestas, la literatura tampoco las tiene. El escritor es un filósofo de cabotaje, un amanuense, a veces, en escasas oportunidades, del filósofo frustrado que arrastra en su conciencia, y también  a veces, un visionario ocasional que cierta y da con la flecha en el blanco. Se anticipa. Hasta es capaz de predicciones. Como ese encuentro ilusorio entre Kafka y Hitler que tan magistralmente relata Ricardo Piglia en Respiración Artificial. A esa magia me refiero. O a ese anhelo.

El epígrafe de Cioran que abre Cita en Rabat, dice: “La muerte es un fantasma; como la vida”. Y en Marea negra, tu libro de cuentos publicado en el 2001, tiene la siguiente cita de Mark Twain: “No hay nadie en este mundo más que tú, y tú no eres más que un sueño…”. ¿Sueños y fantasmas son otras de las obsesiones que recorren tu obra?

La entrevista a un escritor preparada por otro escritor que, como en este caso, es asimismo psicoanalista, es como caminar por un campo minado. Primero: hay cierto desencanto tanto en las citas de Cioran como en la de Twain, pero difícil encontrar dos escritores que estén más en las antípodas que ellos. El rumano escéptico y apocalíptico proveniente de Mitteleuropa y el entusiasta escritor y orador humorista estadounidense, que se me ocurra, más cercano al gran celebrador de la vida que fue Walt Whitman. Por lo que “sueño” y “fantasma” debería interpretarse aquí como “visión”, como “imagen”. De lo que uno es, de lo que querría ser, de lo que supone que es ante los demás. Sería como decir “vivimos en un mundo de imágenes” o “la realidad no es lo que vemos”, o “hay otras realidades”. Como la teoría de los mundos paralelos de la física. Y, por fin, yo pude haber sido otro. Que es como postular, yo también soy otro. No elegí esas frases por pensar que nada existe, que todo es mentira, que somos espectros y la vida la proyección de eso espectral que somos. No, por el contrario. Las elegí porque sospecho que somos quienes somos y otros al mismo tiempo, diferentes. Otra vez el tema de las elecciones de vida, de haber optado, preferido. Por fin: sí, si bien mi literatura es “realista”, con todo lo que esto pueda significar, hay sueños y fantasmas, o una vaga nostalgia que me acerca a ellos bajo las formas del vacío y la ausencia de seres que conocí y que me conocieron.

En Cita en Rabat, hay la escritura de una novela dentro de la novela, ¿cómo fue concebida esa idea?

No soy un escritor de “ideas”. Por carencia de ideas dejo que el texto fluya, a partir de alguna intuición un tanto imprecisa. Y puede suceder, como en Cita en Rabat que se produzca esta especie de trama duplicada que no respondió a una previa deliberación, sino más bien al azar. Me pregunté por la venganza. Sospecho que antes me pregunté si yo, como hombre, sería capaz de venganza. Y el Andrés Maillard de la vida real de la ficción de que hablamos, también se lo plantea. Y dispone, para concretar esa venganza, de dos herramientas: una es la escritura del hecho y de las circunstancias que motivan la venganza; la otra, de las que dispone cualquiera, sus manos, un revólver (en este caso). Pero hacia el final, cumplido ese propósito que lo desvelaba, vuelvo a uno de mis temas recurrentes: ser otro, otra vida, el olvido, la abolición del pasado o de parte de ese pasado, intentar, de un modo imposible, que las cosas no hayan sucedido tal como sucedieron. En fin: lo imposible. Pero eso es lo que nos hace escritores. Escribir también sobre lo imposible y ser los dioses de esa escritura.

¿Qué escritores te asistieron en el camino de ser escritor?

La lista es infinita. El deslumbramiento infantil por libros de los que no me importaba el título ni el autor, aunque sin saberlo leía a Verne, a Twain, a Irving, a Salgari, a Poe. Después, en la adolescencia, ya con más intención: Kafka, Melville, Faulkner, toda la tradición literaria norteamericana, las damas del sur: Porter, McCullers, O´Connor. Los rusos, en especial, y no sabría explicar por qué, además de Chejov y antes que Tolstoi o Dostoievski,  Leonid Andréiev. Los contemporáneos. Borges, sin dudas. Aunque creo que la mejor literatura desde las primeras hasta el final del siglo 20 se escribió en Estados Unidos. Pero el mundo es vasto, y cada cual puede elegir, y hay muchísimos grandes escritores, mal que le pese a aquellos que pretenden que el talento es escaso. Quizá el genio sea escaso, pero no el talento. Una discusión que escapa a los límites de una entrevista, claro.

¿Qué consejos o sugerencias les darías a los jóvenes que se inician en el camino de la escritura?

A los jóvenes escritores: lean. Todo. Todo lo posible. Narrativa, poesía, ensayo, filosofía. Lean y mientras tanto, escriban y reescriban. Desechen. Recuerden las frases que antes cité de Isadora Duncan y Ezra Pound.