El arte nos puede salvar, Pablo Melicchio

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En El arte nos puede salvar, Pablo Melicchio, traza mapas de lectura, de historias y de seres cuyas experiencias existenciales se ubican en el exacto límite en que la sociedad y el Estado abandonan a esa cruel forma de exilio que es la intemperie a la que quedan sometidos los débiles, los desdichados, los excluidos y marginados. Una tarea la de Melicchio que, por momentos, semeja la de Sísifo, un magisterio “in extremis”; llevados de su mano, entre las reflexiones y la práctica, dos partes presentadas como las dos caras del texto —moneda que transmuta por obra de un juicioso alquimista— comprendemos el poder de la palabra, sus atributos, su poder ilimitado. Como afirma Harriet Burden en la frase que le atribuye la autora Siri Hustvedt en El mundo deslumbrante: “No permitan que nadie les diga que las palabras mágicas no existen”. En todo caso, las trascedentes consecuencias de la palabra.

La doble condición de escritor y psicoanalista de Melicchio parecería, por momentos, ser “necesaria” en el sentido más justo del vocablo. Al menos, creo que lo es para la construcción de las sucesivas tesis que se plantean en el libro, se superponen, se solapan y ennoblecen el texto que página tras página gana en densidad y sentido. Tengo para mí que al psicoanalista le debemos sin dudas el espesor argumental de las reflexiones y al escritor la destreza narrativa que combina inteligencia y sensibilidad y crea literatura.

La cuestión es el arte bajo una de sus manifestaciones, acaso la que subsume a las restantes. La cuestión, finalmente, es la literatura. Debemos el título que intenta ordenar esta reseña a una frase de Franz Kafka escrita en uno de sus diarios: La palabra es una decisión entre la vida y la muerte. Pero claro, nos referimos a la materia y al instrumento, al significante y al significado, para ser claros a todo aquello que decimos y a cómo lo decimos. John Banville, el escritor irlandés, precedió uno de sus libros con una sentencia inolvidable: Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo la palabra “yo”, la palabra “hacer”, la palabra “sufrir”: son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no “verdades”. En ese horizonte entonces, que se vislumbra, está uno y está el otro, el que dice y el que es dicho. Enseña, en este sentido, Melicchio: “La palabra es cuerpo propio y, a la vez, es ajeno”.

En uno de los primeros capítulos, Melicchio argumenta que los niños son los dioses de sí mismos y de sus juegos. A diferencia de los adultos, viven en el presente puro, no se sirven de representaciones ni de símbolos, no saben de la nostalgia o la reminiscencia —casi todo se circunscribe al acto en curso—, tampoco, claro está, del anhelo. El acto en curso es pleno, abarca toda la existencia, su razón de ser y estar en el mundo. Miguel de Unamuno, esto Melicchio lo señala con una pertinencia irreductible, eso (eso es la inmanencia propia de la infancia; eso es la intensidad de la vivencia que en el adulto se impregna de presagios; eso es, asimismo, algo parecido al pathos griego, a la alegría del alma), reitero, eso, acaba cuando aparece el sentimiento “trágico” de la vida, irrumpiendo de un modo insalvable. Si no recordemos las palabras de Walter Benjamin: La primera experiencia que el niño tiene del mundo, no es que los adultos son más fuertes, sino su incapacidad para hacer magia.

Con una serena enunciación, simple en apariencia pero que esconde una secreta complejidad, Melicchio señala que los niños toman la vida que les dieron. “Cuando juegan no hacen de cuenta, sino que son ese personaje, están ahí donde imaginan estar”. Procedimiento de escritura, la suspensión de la incredulidad que reclama toda ficción, tanto cuando se crea como cuando se lee. Y luego hace su aparición lo que Melicchio enuncia como “fantasía creadora”, atributo que se irá difuminando a la lo largo de la vida adulta. “La creatividad —dice Melicchio— es la posibilidad de la revolución”.  ¿Y la realidad? El autor nos responde a través de una frase de Tennessee Williams “¿Por qué escribo? Porque encuentro la vida poco satisfactoria”. Más cerca, casi en nuestros días, en el curso de una entrevista, Ricardo Piglia había sostenido cuánto lo aburría la realidad, es decir la vida, y que para sanar ese tedio tenía la literatura.

Dije en las primeras líneas mapa de lecturas. En una secuencia ordenada y diestramente desplegada, Melicchio hace referencia a psicoanalistas y escritores de ficción que han ahondado en la búsqueda de sentido frente al sinsentido que suele presentarnos la vida: Sigmund Freud, Víctor Frankl, Lacan, quienes, como Frankl postulan desde la propia experiencia, y luego aparecen lo que son, a mi  juicio, dos obras oscuras, escritas no a la luz de la emoción que causa la tristeza sino cuando esta decantó ya en opaca pero no menos penosa reminiscencia. “El año del pensamiento mágico” de Jean Didion y “Una pena en observación” de C.S. Lewis. Dos obras autobiográficas, dos elegías por la pérdida de seres amados, dos soles negros que nos interrogan como el propio Melicchio hace cuando en su libro formula la pregunta fundamental: “…¿qué hacemos con el dolor?”. Y se responde y nos interpela con la obra de otro autor único (y genial) que es Kenzaburo Oé.

“A falta de saber, escribo”, reza el epígrafe de Fernando Pessoa, el gran pensador del desasosiego, y es la aguda elección de Melicchio quien hace presidir con esta frase el capítulo “Arte desde el dolor”. Y con la humildad de quien ha aprendido a desconocer, Melicchio lee y nos lee a Didion: “Luego, con el paso de los días, se va mutando de doliente a sufriente, para finalmente ser un sujeto que, rearmado, cada tanto sufre porque recuerda aquello que perdió”.

El lado “B” del libro ¿Qué decir? Necesaria, fatalmente, reclama ser leído y es, en más de un sentido, indescriptible. Sólo con la lectura de la labor desplegada por Pablo Melicchio, el psicoanalista, el escritor, el hombre, en el Parador Retiro a través de su taller literario “Letra contra la violencia”, podemos ingresar en ese confín donde se entrecruzan las lecturas, los testimonios, el mundo paralelo de seres de la calle que escuchan y sanan, hablan y sanan, escriben y sanan.

Pablo Melicchio, con esta obra ejemplar e imprescindible, incisiva, lúcida, y de una calidad compositiva que requiere de maestría pero antes de convicción moral,  no sólo ha echado mano a su talento y a su capacidad, sino, y ante todo y sin proponérselo, se ha abandonado lenta, resignada y ceremoniosamente a una liturgia laica. Enfrentó un enorme desafío, miró de frente a la adversidad y, a través de esa entrega, produjo este libro único, de una tremenda humanidad.