Dos obras para repensar “lo universal” en Santiago a Mil 2018

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Santiago a Mil es uno de los eventos dedicados a las artes escénicas más relevantes de la región. Dirigido por Carmen Romero, el Festival cuenta con un importante aporte privado, sobre todo de la poderosa Minera Escondida. Este año, el foco de atención en el país vecino estuvo inevitablemente puesto en la visita del Papa Francisco. Prácticamente, no había forma de transitar por la ciudad sin toparse con alguna gigantografía y los consabidos mensajes de bienvenida. Su presencia se hizo sentir en los medios, en la doxa, en las vallas que se multiplicaron por las calles, y en los diversos encuentros que ofreció el Papa. El más recordado, por cierto, será el que brindó en el Parque O’Higgins, que según fuentes oficiales congregó a 400.000 fieles (hay quienes hablan de medio millón de almas). Pero la religión es la religión, y el teatro es el teatro. Y Santiago a Mil (que cumplió ni más ni menos que 25 años) no dejó de tener un lugar protagónico, aunque –claro- todo el mundo habló de la visita del sumo pontífice.

Más de 90 espectáculos se puede contar en el catálogo, motivo por el cual es imposible abarcar la totalidad. Hay para elegir obras de países de diversas latitudes, para todos los gustos; espectáculos de sala, espectáculos de calle, eventos musicales, la presencia de grandes maestros (Krystian Lupa, Robert Wilson, Christoph Marthaler e Ivo Ivan Hope), espacios destinados a la crítica, la formación, y a la reunión de programadores (LAB Escénico 18, Platea 18), y obras de artistas que, para muchos, resultarán verdaderos descubrimientos. Como siempre, Argentina tiene un lugar central y este año está representada por Astronautas (co-producción con Chile escrita y dirigida por Mariano Tenconi Blanco), El futuro de los hipopótamos (Grupo Krapp), El mar de noche (de Santiago Loza, con dirección de Guillermo Cacace), Próximo (con dramaturgia y dirección de Claudio Tolcachir) y Tu veneno en mí (dirigida por Manuel García Migani).

Uno de los aspectos más interesantes de este tipo de eventos radica en que, a partir de una visión de conjunto, el espectador está invitado a realizar cruces, poner en constelación aquello que ve, establecer distintos modos de vincular los espectáculos. El teatro, por su valor y sentido intrínsecos, opera a partir de un “aquí y ahora”. Un buen festival (y vaya si Santiago a Mil lo es) parte de esa premisa para, a partir de un ejercicio comparativo, desterritorializar y repensar al teatro en un contexto global. Un buen festival nos lleva al corazón del escenario, que es el lugar en donde se redefine lo humano porque el teatro, en definitiva, es trabajo humano que, desde el cuerpo, propone e instaura nuevos territorios de subjetividad.

En este tramo final del Festival (que comenzó el 3 de enero y tendrá su cierre este domingo) se pudieron ver los espectáculos El bramido de Düsseldorf, del uruguayo Sergio Blanco, y Próximo, de Claudio Tolcachir. Son dos obras producidas por teatristas con poéticas consolidadas, apreciados por el circuito de festivales. De hecho, ya fueron programados en Santiago a Mil y el público chileno los conoce muy bien. En el primer caso, Blanco hasta se permite establecer una intertextualidad con La ira de Narciso, que se pudo ver aquí hace dos años. Se trata de una de las tantas conexiones que la obra propone con la historia y la biografía del propio Blanco, quien trabaja en sus textos con los mitos (recientemente pudimos disfrutar en Buenos Aires de Tebas Land en Timbre 4, el espacio de Tolcachir y con la actuación de uno de los dos intérpretes de Próximo).

El espectador ingresa al teatro y se encuentra con un espacio completamente blanco, sobre el que se encuentran los tres actores (estupendos Gustavo Saffores, Walter Rey y Soledad Frugone). Se proyectan sobre el piso y la pared distintas noticias (¿mitemas contemporáneos?) que son los que van a funcionar como el marco de esta historia plena en desdoblamientos y cruces entre la verdad y la ficción. En El bramido de Düsseldorf cada actor habla de sí mismo, del autor y director, de las relaciones entre sus personas y sus personajes y entre la obra que interpretan, la historia de su génesis, y la conexión de esta obra con la obra anteriormente presentada en el Festival y con la obra general de Blanco. Todo esto ocurre a partir de un patchwork de imágenes, música y actuación, en donde hay una apuesta por el dinamismo y la concatenación de sentidos. Lo notable es que estos procedimientos se cohesionan para darle forma a una historia que se sigue con la misma inquietud con la que se puede leer un relato folklórico. Depurada de su arsenal de artificio, la pieza cuenta el ficticio encuentro entre Sergio Blanco y su padre ya anciano en la ciudad de Düsseldorf. Encuentro que se ve interrumpido por la muerte del segundo (que en la vida real posiblemente esté vivo; recordemos que el propio autor había “muerto” en La ira de Narciso), y que produce que su hijo tenga que interrumpir o desatender una serie de hipotéticas actividades vinculadas a su interés por convertirse al judaísmo y/o un trabajo que lo vincula a un célebre asesino serial y/o un nuevo trabajo como guionista de películas pornográficas (no se sabe certeramente cuál es la actividad a la que se está dedicando, aunque bien podrían ser las tres al mismo tiempo).

Si la obra del uruguayo Sergio Blanco propone una nueva forma de pensar la universalidad del mito a partir del cruce entre biografía y ficción (“autoficción”, en términos de uno de sus propios personajes, quien introduce y explicita dicho concepto al comienzo de la obra), en Próximo las universalidad se transpone en escena de forma paradójica, al menos tal como se presenta la relación entre un joven argentino residente (ilegal) en Australia, y un actor español hijo de un importante y adinerado político. Entre ambos existe una relación virtual (no tanto visual, porque pasan mucho tiempo hablándose sin siquiera verse) que deviene amorosa. O, al menos, eso intenta proponernos como tema esta pieza con la que Tolcachir consolida su sólido trabajo de dirección actoral. Tal como explicó luego de la última función, en diálogo con el público, el proceso  dramatúrgico también estuvo escrito “a la distancia”, de forma análoga al modo de vincularse de sus personajes (interpretados magníficamente por Lautaro Perotti y Santi Marín). Hubo un permanente “prueba y error” que evidentemente el autor de La omisión de la familia Coleman y Tercer cuerpo sabe aprovechar, porque la obra posee una fuerte dosis de verdad. Verdad que, lejos de aspirar a la univocidad, lleva al espectador a tomar una posición activa. ¿Podrán estos dos jóvenes sortear sus dramas personales y llegar a buen puerto a partir de una forma de amor, digamos, no tan “convencional”? ¿Cómo se han redefinido los vínculos con las nuevas cartografías migratorias en este mundo tan inestable y precario? ¿Cómo es posible definir lo auténtico y lo ilusorio frente a estos nuevos escenarios virtuales? Como ocurre en el resto de obras del autor y director, en Próximo la intimidad se fusiona inevitablemente con lo social, y por fortuna aquí nada aparece forzado; las acciones son, en buena medida, la consecuencia de los espacios (los virtuales y los reales) que los personajes transitan. A juzgar por la recepción del espectáculo, no sería extraño que el equipo de Timbre 4 vuelva a cruzar la Cordillera en poco tiempo.

Próximo, Claudio Tolcachir
Próximo, Claudio Tolcachir

 

Ilustra la nota: imagen de El Bramido de Dusserldorf, de Sergio Blanco.