Ramiro Sanchiz, Las imitaciones

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En Las imitaciones, Ramiro Sanchiz nos presenta otra parte de su macronovela, cuyo “eje o núcleo es ese personaje, Federico Stahl, presentado capítulo tras capítulo (libro tras libro, cuento tras cuento) en versiones alternativas de su historia personal”, como explica el mismo autor.

Los lectores de Sanchiz ya conocen a su protagonista, y a sus variadas vidas en tiempos y espacios diferentes; los que nunca lo leyeron pueden conocerlo en esta entrega donde es un cantante de rock. Su muerte desencadena una búsqueda y una investigación por parte de Valeria Quintana, una crítica de música encargada de averiguar si efectivamente Federico ha muerto, lo que la lleva en un viaje por distintos lugares y la conecta con una variedad de personajes curiosos.

Todo lo anterior no da cuenta ni remotamente de la riqueza de esta novela. En principio, habría que decir que es un muy buen exponente de la ciencia ficción, un género que muchos dan por muerto cada tanto, cosa que afortunadamente no ocurre. La ciencia ficción, a su vez, se conecta con otros géneros, como explica Martín Felipe Castagnet: “Sería pernicioso intentar definir si corresponden a la ciencia ficción, al fantástico o al terror: se enhebran, no se repelen. Si la ciencia ficción se escindió del fantástico a comienzos de siglo XX, cien años más tarde vuelven a mezclarse y, aunque con claves distintas, deben leerse bajo la misma operación”. Esto también se verifica en Sanchiz con el agregado de algo del suspenso característico del policial.

Es, además, un género en constante cambio, que permite varias clasificaciones posibles, como el ciberpunk, una de las últimas renovaciones, según Pablo Capanna. “Con el ciberpunk la ciencia ficción parece haber optado por los mundos virtuales, donde todo es posible porque las leyes las pone el autor. La colonización del mundo virtual comenzó con Neuromante (1984) de William Gibson y las novelas de Neal Stephenson, a partir de Snow Crash (1992)”. Es interesante la cita de Capanna porque menciona a uno de los tres autores que Sanchiz denomina “una suerte de santísima trinidad” en cuanto a sus gustos como lector: Thomas Pynchon, William Gibson y Philip Dick, lo que habla de la intertextualidad presente en esta novela. Leer Las imitaciones implica tener una enciclopedia muy vasta no solo con relación a la literatura, sino también al cine y a la música. Baste mencionar solamente la presencia de 2001, Odisea en el espacio –la novela de Arthur Clarke, llevada al cine por Stanley Kubric–; o el paralelo entre Federico Stahl y la vidas de Bob Dylan, Jim Morrison y David Bowie; o la alusión a los mundos imposibles de M. C. Escher.

Voviendo al ciberpunk, en esta novela aparecen abundantes referencias a la informática a partir de la supercomputadora LEO13000 que, paralelamente, se conecta con la física cuántica, la matemática, las teorías sobre universos paralelos (muy de la ciencia ficción, por otra parte), todo en un viaje a través de varias ciudades después de una catástrofe nuclear, y con el agregado de diálogos y especulaciones donde se debaten hipótesis posibles sobre el tiempo, la creación del mundo, o se discuten temas de la lógica o la filosofía –por ejemplo a partir de autores como Kurt Gödel y sus teoremas–.

Sin embargo, todavía hay más, porque Las imitaciones es también un texto que reflexiona sobre la creación, sobre los límites entre realidad y ficción, y que pone en tela de juicio el concepto de originalidad. En este sentido, hay un amplio campo semántico que remite a estas cuestiones: las máscaras, los sueños, la memoria, las drogas, la imaginación, todas formas de ficción, maneras de crear historias cuya verdad nunca podrá saberse. Y esto enlaza con una capacidad que tiene Sanchiz, la de contar: esta novela es un gran muestrario de la narrativa del autor, de su prosa atrapante, de su habilidad para describir o para crear imágenes precisas y originales. Baste solo una como ejemplo –aunque son impresionantes también sus descripciones sobre los efectos de las drogas en Valeria o las que dan cuenta de la única película en la que trabajó Stahl–: “Valeria despertó como si una grúa chirriante y oxidada estuviera arrancándola de un pozo de brea”.

¿Qué es la realidad?, ¿quiénes son los personajes que habitan la novela?, ¿qué nombres o qué personalidades de las que adoptan son verdaderas?, ¿qué historias resultan más creíbles? Todo es una versión, una imitación de una imitación, porque en el fondo no importa lo que pasa, sino las maneras de contarlo y la posibilidad, a su vez, de interpretarlo: “Federico Stahl había armado una narrativa, como quien escribe una novela, pero que se había encargado, sembrando pistas aquí y allá, de que fueran sus seguidores quienes la representaran, la escribiesen, a su manera”. La realidad, entonces, se reduce a la escritura que cada uno hace de ella, incluidos nosotros los lectores, invitados a ingresar al universo Sanchiz.

Ficha técnica

Ramiro Sanchiz, Las imitaciones, Decima Editora, 2016, 328 págs.

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