Breve ensayo sobre la escritura

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Escribir es enfrentar siempre un conflicto, es como perderse en un laberinto. Existe un abismo entre lo que se piensa y lo que se escribe. Un vacío que deforma la imagen mental. Un salto cuántico entre la idea que aparece y las palabras que la expresan. Casi casi que uno se frustra con cada caracter que escribe. Lo encuentra sólido pero rígido, sin la graciosa primavera que alumbra las ideas. Un poco de tinta, o caracteres en una pantalla, forman una cadena de sentidos que ya no pertenece a quien acaba de escribirlas. En algún sentido son detritus, residuos, deshechos, francamente basura que se desprende de esa idea y que, como toda basura, lleva en su forma y contenido un tenue registro del original.

Escribir es el acto y no el resultado. El proceso que comienza en la idea y se va desvirtuando para que quepa en las palabras; antes de ponerlo en el papel/pantalla, hay una nueva selección para verificar cual de todas las conjunciones de caracteres que uno encuentra en ese instante, se ajusta mejor a la idea original. De allí la necesidad de la corrección compulsiva, la posibilidad de que en el futuro aparezcan en la memoria no digamos ya la palabra justa (como decía Paco Urondo), pero al menos una que no le chingue tanto (en el sentido argenmex del verbo chingar). Y cierta vana obsesión que se dispara cuando el libelo ya se encuentra impreso, superada la prueba de galera, sin percatarse del error.

Por suerte, o por Berner Lee mejor dicho, tenemos a la Internet. Y allí, en general, uno tiene siempre la chance de corregir. De hecho la Web es una constante corrección, algo que se modifica constantemente (claro que eso no quiere decir que se pueda establecer un juicio de valor a priori, ni mucho menos), pero que a la vez guarda en la Memoria. Y es que la Internet es una gran catedral construída con la pura escritura. Todo fue y es construído con caracteres, palabras, frases y por supuesto, sentidos. Al fin y al cabo de eso se trata lo que denominamos “software”.

La programación de software es simplemente escribir. Está mucho más cerca de la narrativa que de la matemática (al menos como entiende la mayor parte de la gente a la matemática, como una especie de escritura críptica, llena de símbolos que no tienen el mismo significado que en el lenguaje natural). Los lenguajes de programación tienen una cierta semejanza con el lenguaje natural. De hecho Donald Knuth, autor de “El Arte de Programar” y Padre Santísimo de todos los Programadores, inventó lo que se denomina “Programación literaria”. Ya hicimos mención a él, en otro artículo de Leedor, dedicado a John Conway, el Dios de los Nerds. La programación literaria es una forma de programación, existe un lenguaje denominado TeX, desarrollado por Knuth, que está orientado a la forma en que los humanos estructuramos el pensamiento y no orientado a la forma en que las computadoras interpretan los comandos del lenguaje de programación. De hecho hay una versión de procesadores de texto, basados en TeX, que se denominan LaTeX, donde sólo hay que preocuparse por el contenido y no por el formato del texto que se está escribiendo.

Pero no olvidemos que, como dijo Sócrates (y escribió Platón), la escritura es un instrumento de la opresión. El registro arqueológico avala la hipótesis de que la escritura es una necesidad de estado. Es el instrumento central que organiza la burocracia. Cuando una jefatura crece, se expande, necesita tener un tipo de control que ya no puede confiar en la memoria. Allí surge la escritura, como el registro metódico, pero también como la consagración de la “Historia Oficial”. Pero claro, si bien su invención estuvo ligada al control social, lo cierto es que claramente es también un instrumento de liberación. Habrá que ver de qué lado de la mecha, queremos encontrarnos.