Jorge Luis Borges y Julio Cortázar

0
17

En otra nota de Leedor, me refería a la historia de la literatura como una alternancia entre Apolo y Baco, entre clásicos y románticos. En nuestro país, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar son el reflejo de esas dos formas de mirar y de abordar el hecho literario.

Borges y Cortázar se conocían y se admiraban mutuamente a pesar de las diferencias ideológicas. Es famosa la anécdota que cuenta el autor de El libro de arena en el prólogo a Cartas de mamá: “Hacia 1947 yo era secretario de redacción de una revista casi secreta que dirigía la señora Sarah de Ortiz Basualdo. Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara; la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula ‘Casa Tomada’. Años después, en París, Julio Cortázar me recordó ese antiguo episodio y me confió que era la primera vez que veía un texto suyo en letras de molde. Esa circunstancia me honra”.

Cortázar, a su vez, consideraba que en Borges todo estaba “admirablemente dicho”: “En principio soy –y creo que lo soy cada vez más– muy severo, muy riguroso frente a las palabras. Lo he dicho, porque es una deuda que no me cansaré nunca de pagar, que eso se lo debo a Borges. Mis lecturas de los cuentos y de los ensayos de Borges, en la época en que publicó ‘El jardín de senderos que se bifurcan’, me mostraron un lenguaje del que yo no tenía idea”. Consideraba, además, que escribió “algunos de los mejores cuentos de la historia universal de la literatura”.

Sin embargo, es también sabido que ideológicamente estaban en lugares antagónicos, aunque ellos mismos pudieron sobrellevar esa diferencia. Borges consideraba  que Cortázar había sido condenado o aprobado por sus opiniones políticas, pero “fuera de la ética, (…) las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras”. El autor de Rayuela decía que, a pesar de disentir con muchas de las opiniones de Borges, mantenía con él una amistad a través de la distancia: “Me temo que esa posición no sea entendida por los que cada vez pretenden más que el escritor sea como un ladrillo, con todas las aristas a la vista, el paralelepípedo macizo que sólo puede ajustarse a otro paralelepípedo. No sirvo para hacer paredes, me gustan más echadas abajo”.

Es difícil abstraerse de ciertas declaraciones de Borges, es cierto, pero también es cierto que la obra de un autor debería poder ser analizada más allá de cuestiones políticas o ideológicas. Es desde el lugar de la literatura desde donde planteo las cuestiones que siguen.

Borges es netamente apolíneo. Cuando uno lo lee, siente que cada palabra, cada oración y cada párrafo han sido pensados y construidos como un edificio perfecto, sólido, sin rajaduras ni fallas. Cortázar es dionisíaco, experimenta, rompe los moldes, juega con las palabras, altera la sintaxis, deja de lado la puntuación, pero siempre con un propósito estético. Borges es más clásico, Cortázar más vanguardista. A pesar de esas diferencias, ambos son clásicos en el sentido de su universalidad, de la amplitud de sus temas, de esa capacidad de conmover a lectores de lugares y épocas tan diferentes.

Cuando a veces escucho frases como “¿otra vez Borges y Cortázar?”, o que mejor es leer autores nuevos o que hay que matar a los padres literarios, pienso que una cosa no excluye a la otra: se puede leer lo nuevo sin dejar de conocer a estos dos genios. Y me hago cargo de esta afirmación: hay que frecuentar los clásicos, y hay que conocer a nuestros clásicos que son el sustrato de todo lo que viene después y los que recogen la tradición de tantos otros. Personalmente, mucho de mi amor a la literatura se lo debo a algún cuento de Borges o a algún texto de Cortázar, y los disfruto aunque los haya leído varias veces.