Cadáver exquisito, Agustina Bazterrica

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Cadáver exquisito presenta un futuro distópico, desolador, con reminiscencias de 1984 de George Orwell, La máquina del tiempo de H. G. Wells y Soy leyenda de Richard Matheson, aunque hay mucho más detrás de ese título que, a su vez, nos remite a una técnica de escritura surrealista.

Como en todo buen texto, nada está puesto al azar. Ya desde los epígrafes, se juega con dos motivos que recorren todo el libro: la relatividad de los conceptos de humanidad/animalidad y lo que está detrás de las palabras. Es esta una historia personal pero también colectiva. Es el relato de lo que le pasa a Marcos Tejo –un personaje que nos recuerda mucho a Winston Smith, de 1984; alguien que cumple una rutina, que se debate entre lo que piensa y siente, y lo que está obligado a hacer–, pero también es la historia de una sociedad caníbal. “Después de todo, desde que el mundo es mundo, nos comemos los unos a los otros. Si no es de manera simbólica, nos fagocitamos literalmente. La Transición nos concedió la posibilidad de ser menos hipócritas”, dice  Urlet, un cazador de personas. Estamos en un mundo donde algunos humanos son el alimento de otros humanos, donde algunos son criados como ganado, como animales para la subsistencia de los otros –similar a lo que pasa con los Morlock y los Eloi en La máquina del tiempo–.

Como en toda distopía, y tal como se puede ver en las novelas referidas, hay un relato del pasado, de un tiempo cuando todo era diferente, de un tiempo en el que irrumpe el mal y cambia la realidad para siempre. En este caso, hay un supuesto virus que ataca a los animales, razón por la que hay que exterminarlos. Marcos recuerda constantemente ese pasado porque lo va enlazando con su historia personal, con su padre, con su matrimonio, y en ese ir y venir de la memoria aparecen sus contradicciones, su revulsión, su asco, esa piedra que tiene atravesada en el pecho.

Antes hablábamos de lo que está detrás de las palabras. Cadáver exquisito le otorga a la palabra un lugar fundamental dentro de la historia. En principio, las palabras sirven para ocultar la realidad, para disfrazar el hecho de personas que comen personas; que lucran con su piel, con su pelo; que las crían, que las cazan, y todo con placer. “Hay palabras que encubren el mundo. Hay palabras que son convenientes, higiénicas. Legales”, reflexiona Marcos. Aquí volvemos a Orwell y a su teorización acerca de la neolengua como una herramienta más para someter a los hombres y no permitirles el pensamiento libre. En la novela de Bazterrica, hay una necesidad de aceptar algo que, en principio, es aberrante: comerse a otro que es como yo; que respira, siente, tiene hijos, sufre, como yo. Una de las maneras de aceptar eso es tapar esa realidad acercando a ese otro a lo animal mediante “palabras livianas y sin peso” : no se trata de seres humanos, entonces, sino de hembras, padrillos, cabezas, reces, a las que se saca las cuerdas vocales para que no griten y se identifica con marcas en el cuerpo.

Sin embargo, la palabra también tiene otra función en la novela, y es la de definir a cada uno de los personajes porque el lenguaje hace al hombre, lo configura; somos lo que decimos y cómo lo decimos –no casualmente las cabezas no pueden hablar–. Las metáforas o las imágenes que usa el narrador para definir esas palabras son una muestra de la maestría de la autora al manejar los recursos expresivos: las palabras del padre “están ahí, encapsuladas. Se pudren dentro de la locura”; las de su esposa, Cecilia, “son un agujero negro, un agujero que absorbe cualquier sonido, cualquier partícula, cualquier respiración”; las de su hermana “son como cajas llenas de papeles en blanco”; las de su sobrina “son como vidrios que se derriten por un calor muy intenso, como cuervos que se sacan los ojos en cámara lenta”.

Siguiendo con las palabras, el título –como ya dijimos– alude a una técnica surrealista, mediante la cual se creaban poemas en forma colectiva. Ya en las primeras líneas nos damos cuenta de que la referencia opera por contraste: aquí no hay creación poética posible. Hacia la mitad de la novela, además, aparece la referencia a un juego que se difunde en las redes y que remite a la literalidad del enunciado: los participantes juegan a imaginar cuán exquisito será comerse a tal o cual persona con nombre y apellido.

Cadáver exquisito es también una metáfora de nuestra sociedad –en la que muchas veces la vida del otro poco importa o en la que predomina el egoísmo y la búsqueda del placer personal– y del control que ejercen el poder y los medios. Es, además, una novela en lo que lo siniestro se corporiza en cada página, un texto que provoca náusea en el sentido sartreano y que, en consecuencia, nos obliga a ponernos de cara a nuestro existir en el mundo.

Ficha técnica

Cadáver exquisito, Agustina Bazterrica, Clarín Alfaguara, 2017, 256 págs., Premio Clarín Novela 2017