Gao Xingjian, una mirada escéptica sobre la realidad

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Gao Xingjian es un dramaturgo, novelista y pintor. En el 2000 fue el primer escritor chino que recibió el Premio Nobel de Literatura “por su obra de validez universal, su perspectiva amarga y su ingenio lingüístico”. También se lo considera un muy buen traductor de Samuel Beckett y Eugène Ionesco, autores que influyeron en sus propias obras teatrales.

En el período de 1966 a 1976, durante la Revolución cultural china, Gao Xingjian fue enviado a los campos de reeducación y se vio obligado a quemar una valija que contenía toda su creación de textos inéditos. En 1979 publicó sus obras por primera vez en Francia e Italia. A partir del año siguiente, pudo publicar novelas, ensayos y obras de teatro en su país, pero en 1989 se prohibió La otra orilla, y entonces el escritor decidió establecerse en París donde reside actualmente.

En 1989, Xingjian renunció formalmente al Partido Comunista chino, a causa de la masacre de la plaza de Tiananmen, en Pekín, cuando los tanques del ejército aplastaron a manifestantes que exigían libertad.

Su novela más conocida es La montaña del alma (1995), construida sobre impresiones de viajes hechos en el sur y suroeste de China, donde continúan vigentes viejas costumbres ancestrales.

Otras obras del autor son El hombre solo, Una caña de pescar para el abuelo y La estación de autobuses (teatro), entre otras.

La montaña del alma, capítulo 1 (fragmento)

Te has subido a un autobús de línea. Y, desde la mañana, el viejo bus de ciudad reconvertido ha traqueteado durante doce horas seguidas por las carreteras de montaña, mal conservadas, llenas de resaltes y de baches, antes de llegar a este pueblecito del sur.

Con la mochila a cuestas y una bolsa en la mano, paseas la mirada por el aparcamiento sembrado de envoltorios de polos y de desechos de caña de azúcar.

Hombres cargados de sacos de todos los tamaños y mujeres con bebés en los brazos descienden del autobús o atraviesan el aparcamiento mientras una pandilla de jóvenes, sin sacos ni cestas, sacan de una bolsita pipas de girasol que se llevan una tras otra a la boca y cuya cáscara escupen acto seguido. Se las comen con elegancia emitiendo una especie de silbido, con una distinción y un aire desenvuelto típicos del estilo local. Aquí, en su tierra natal, nada les impide vivir con total libertad, sus raíces ahondan en este suelo generación tras generación. Es inútil que vengas tú de lejos en busca aquí de unas raíces. Pero, para los que abandonaron este pueblo hace mucho tiempo, no existía evidentemente todavía esta estación de autobuses y menos aún estos autocares. Por río era preciso tomar una barca recubierta de esterillas de bambú y por tierra alquilar una carreta. Si uno no tenía realmente un fen, no había más remedio que ir a pie. Ahora, todos cuantos siguen aún con vida regresan aquí quien más quien menos, incluso desde la otra orilla del océano Pacífico, ya con un pequeño utilitario, ya con un cochazo con aire acondicionado. Algunos han hecho fortuna, unos pocos se han vuelto famosos, otros no son nada, pero todos retornan aquí debido a su avanzada edad. Llegado al final de su vida, ¿quién puede escapar a esta nostalgia? Aquellos que nunca tuvieron las menores ganas de abandonar este lugar deambulan con mayor naturalidad, balanceando los brazos, riendo y charlando en voz alta, sin problemas. Su entonación es dulce y familiar, casi conmovedora. Cuando dos conocidos se encuentran, no se intercambian como en la ciudad hueras palabras de cortesía sacudiendo la cabeza o estrechándose la mano. Unas veces se interpelan por sus nombres, otras se dan una gran palmada en la espalda, y les encanta estrecharse mutuamente, no sólo las mujeres entre sí, sino tal vez aún más los varones. Cerca de la alberca de cemento para el lavado de los autobuses, hay justamente dos mujeres muy jóvenes. Parlotean por los codos, cogidas de la mano. El lenguaje de las mujeres de este lugar resulta tan encantador que uno no puede dejar de echarles una mirada. Vistos de espaldas, sus pañuelos confeccionados en una tela azul con motivos transmitidos de generación en generación, y la manera como los llevan atados, parecen de una originalidad extraordinaria. Te acercas involuntariamente. El pañuelo está anudado debajo de la barbilla, en triángulo, subrayando sus bonitos rostros de finos rasgos, que están en consonancia con sus graciosas figuras. Pasas muy cerca de ellas. Sus dos manos, que siguen unidas, son del mismo color encarnado, igual de toscas, con recias articulaciones. Sin duda se trata de unas recién casadas de visita a casa de unos amigos o bien de regreso a la de sus padres. Aquí la expresión de «recién casada» no designa más que a la mujer del propio hijo. Si se utilizara este término a la manera de los palurdos del norte para designar a cualquier muchacha que acabara de contraer matrimonio, uno se ganaría enseguida una andanada de insultos. Una vez casada, la joven llama a su esposo «el viejo», tanto para indicar «mi marido» como «tu marido». Aquí las gentes poseen su propio vocabulario, por más que todos ellos sean chinos que desciendan de los emperadores fundadores, que pertenezcan a la misma etnia y que posean la misma cultura.

Ni tú mismo sabes a ciencia cierta por qué has venido aquí. Ha sido por pura casualidad que en el tren has oído hablar a alguien de un lugar llamado Lingshan, la Montaña del Alma. Aquel hombre estaba sentado enfrente de ti, con tu taza de té puesta al lado de la suya, y las vibraciones del tren hacían tintinear una contra otra las tapaderas de vuestras tazas. La cosa no hubiera pasado de aquí de haber seguido tintineando o de haber parado de hacerlo al cabo de un instante, pero la casualidad ha querido que en un momento en que las dos tapaderas entrechocaban, has tenido, al mismo tiempo que él, la intención de desplazarlas y que, en ese preciso instante, las dos enmudecieran. Pero, apenas habéis desviado la mirada, se han puesto de nuevo a hacer ruido. Habéis alargado el dedo al mismo tiempo y se han detenido. Sin cruzar palabra, os habéis echado a reír los dos. Entonces simplemente habéis corrido un poco las tapaderas y entablado conversación. Le has preguntado adónde iba.

—A Lingshan.

—¿Qué?

—A Lingshan, a la Montaña del Alma.

Aunque también tú has recorrido la China de norte a sur y has ido a numerosas montañas famosas, sin embargo nunca habías oído mencionar antes este lugar.