Emily Brontë en las cumbres del horror

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Siempre se ha hablado de Cumbres Borrascosas (1847), la obra maestra de Emily Brontë, como una historia de amor pasional, de romances, desencuentros y de la conflictiva relación entre los protagonistas principales de la historia, una relación que va más allá de la muerte física. Una obra que dio lugar a infinitas dramatizaciones en cine, en series de televisión y en puestas teatrales, pero siempre bajo la óptica de una novela de amor.

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P. Lovecraft —escritor norteamericano, fundador del horror cósmico— propone otra lectura de esta historia y pone en evidencia una más sombría y subterránea, propia de un gran cuento de terror gótico. El broche de oro, quizás, de un género que ya se había agotado unos cuantos lustros atrás.

Esta reseña apareció en su ensayo “El horror sobrenatural en la literatura” en donde no solo da pruebas contundentes de que Emily Brönte escribió algo por demás inquietante, sino que coloca a su novela como una sugestiva renovación del género.

Totalmente aparte como novela y a la vez como obra de la literatura de terror, figura el célebre Wuthering Heights (1847) de Emily Brontë, con sus demenciales paisajes de las landas desérticas de Yorkshire barridas por el viento y sus espantosas criaturas. Aunque se trata mayormente de una novela sobre la vida, las pasiones humanas y sus sufrimientos y conflictos; sus elementos épicamente cósmicos suministran un cuadro de horror del tipo más espiritual. Heathcliff, el villano byroniano modificado, es un extraño niño abandonado encontrado por las calles y que se expresa únicamente en un raro galimatías, y que es adoptado por una familia a la que precipita a la ruina. Que se trata de un espíritu diabólico más que de un ser humano, es lo que se insinúa más de una vez; y el elemento irreal se manifiesta más tarde con la experiencia del visitante que se estremece al escuchar el quejido de un niño-fantasma saliendo de una ventana. Entre Heathcliff y Catherine Earnshaw existen unas relaciones mucho más hondas y terribles que el amor humano. Después de la muerte de Catherine, él profana por dos veces su sepultura, y se ve acosado por una presencia invisible que no puede ser más que el espíritu de la muerta, el cual penetra cada vez más en su existencia hasta que al fin el muchacho se percata de una inminente y mística reunión. Afirma darse cuenta de que se acerca una extraña mutación y deja de alimentarse. Por las noches, se pasea por los alrededores de la casa o abre la ventana cerca de su cama. Cuando muere, la ventana sigue abierta a la lluvia, y una rara sonrisa ilumina el rígido rostro del muerto. Es enterrado en una sepultura junto al túmulo que estuvo visitando durante dieciocho años, y los pequeños pastores del lugar afirman que aún sigue paseando con su Catherine en la iglesia y por la landa cuando llueve. A veces, también se ven sus rostros, en las noches lluviosas, detrás de la alta ventana de Wuthering Heights.

El terror feérico de Emily Brontë ya no es puro eco gótico, sino la tensa expresión de la estremecida reacción del ser humano ante lo desconocido. A este respecto, Wuthering Heights se ha convertido en el símbolo de una transición literaria y señala el desarrollo de una nueva y profunda escuela.

Vale aclarar que en su momento, la novela fue recibida sin mucho entusiasmo; es más, cuando fue publicada bajo el seudónimo de Ellis Bell, muchos allegados pensaron que había sido un trabajo anterior de Charlotte Brontë, quién estaba trabajando en lo que sería su novela Jane Eyre —que apareció unos meses después— obviamente bajo otro seudónimo, el de Currer Bell.

Recordemos que en aquellos años, tal como le sucedió a Jane Austen y a tantas mujeres que querían dedicarse a la literatura, las novelistas eran mal vistas y tenían que apelar a nombres masculinos. Aunque, la perspicaz Austen —si algo sabía manejar muy bien la escritora inglesa era la ironía y el sarcasmo— no solo se negó a tamaña humillación sino que firmó Sensatez y Sentimientos como: A novel by a lady (una novela de una dama), y las siguientes como: The author of… (La autora de…) las anteriores.

Lo cierto es que Cumbres Borrascosas —al contrario de Jane Eyre, que fue un suceso inmediato— se convirtió, con el paso del tiempo, en uno de los grandes clásicos de la literatura universal. Transformarse en una de las más grandes autoras de fines del siglo XIX, a Emily Brontë le llevó solo un libro. El único que escribió en su vida, la última perla de un género muerto y sepultado. Una verdadera hazaña. No hubo más. No necesitó más. Había escrito todo lo que le era necesario e indispensable escribir.

Se dice que la escuela gótica, precursora del Romanticismo, quedó clausurada con Melmoth, el errabundo (1820), libro de Charles Robert Maturin. Pero es cierto que Cumbres Borrascosas merecería adjudicarse la clausura y, al mismo tiempo, una nueva apertura. Un movimiento que había comenzado como reacción al Positivismo y El Siglo de las Luces, una época en que todo podía ser analizado empíricamente, una época en que los fantasmas y los espíritus carecían de sustancia palpable, es decir, no existían.

Cumbres Borrascosas podría ser el canto del cisne de un género desaparecido, una literatura sombría y popular —que había llegado a la cima de la mano de la escritora Ann Radcliffe— pero que también sufrió grandes dosis de estancamiento por estar atiborrada de lugares comunes. Un canto que lejos de parecer agónico transmitía una fuerza arrolladora; el que logró desubicar a los críticos racionales del momento y que por su calidad literaria, la tuvieron que elevar, muchos años después, al panteón de las obras maestras.

¿Es Cumbres Borrascosas una especie de Neo Gótico solapado? ¿Inauguró, como dice Lovecraft, una nueva y profunda escuela? Lo cierto es que como todo movimiento, el gótico no solo se siente cómodo dentro de sus propios parámetros —existen hoy en día miles de películas y libros que encarnan los tópicos creados a partir de El Castillo de Otranto (1764) de Horace Walpole— sino que se transforma, se mimetiza y, como una gran nube sombría, logra ocupar todos los espacios de expresión que encuentra a su paso: pintura, música, fotografía, cómics, moda y un largo etcétera.

Quizás Emily Brontë fue sin proponérselo la que abrió nuevamente esa puerta llena de sombras y presagios, de almas en pena y corazones solitarios, la renovadora de una estética que se instaló dentro de nuestro mundo —paradójicamente cada vez más lleno de luces y adelantos tecnológicos—  para no abandonarlo nunca más. El alma no muere, el espíritu no muere, el amor no muere. Aunque estemos viajando al planeta Marte en una nave espacial, seguimos siendo humanos, con todo lo que eso implica. De hecho, la película Alien, el octavo pasajero (1979) está considerada como una gran película de terror gótico. La nave espacial Nostromo sería la espeluznante catedral de antaño que vaga solitaria por el espacio con un extraño ser a bordo que los va matando uno a uno.

Emily Brontë dejó bien en claro que el amor después de la muerte es la idea más bella y romántica que puede sucederle a una pareja de enamorados. Pero, también nos advierte que puede llegar a ser el destino más trágico y siniestro si deciden vivir en el mundo que dejaron atrás, es decir, el de los vivos. Dos mundos que no pueden tocarse sin que se despierte un sentimiento de condena y espanto.