Dark no es Stranger Things pero nos gusta más

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Dark es por estos días uno de los fenómenos centrales de netflix. De factura alemana, con cierto refinamiento para el manejo del suspenso que la ubica entre las series de culto de esta plataforma que es por igual amada y odiada, criticada y alabada, que atraviesa por el medio los debates que nos dividen en apocalípticos o integrados en la cultura de masas.

Pero vamos a la serie, su primera temporada está entre las más vistas de este final de año, siendo estrenada el 1 de diciembre. Entre sus protagonistas figuran Oliver Masucci, ni más ni menos que el Hitler de otra popular y polémica serie de este streamming: Ha vuelto.

Sin ánimo de spoilearla (neologismo de los muchos que brinda el consumo cultural digital que expresa el acto de arruinarle el disfrute al otro contándole lo que aún no vió de un artefacto audiovisual en general adictivo), vamos a decir que termina de consolidar un género que quizás sea, junto con los documentales, lo mejor que aporta Netflix a la cinefilia. Pertenece a un género renovado de series de terror intelectual porque lo que produce ese efecto es justamente del orden de lo racional, pero sin ser científico, un racional irracional que reinventa e interpreta teorías centrales de la modernidad de manera alocada, pero verosímiles y hasta impresicindibles.

Una característica de Dark es que pertenece al grupo del terror de pequeños pueblitos. Esta vez, le toca a Alemania, país que coproduce esta serie original de Netflix. Está ambientada en la localidad de Winden, donde la vida parece ser un infierno de cotidianidades, celos, peleas y un girar en torno a una planta nuclear. Referencia clave a este tipo de propuestas, obviamente, Twin Peaks. Siempre hay gente que desaparece, el pasado que esconde algo y el presente opresivo.

Lo interesante de Dark es la apropiación tan posmoderna del romanticismo alemán, especialmente el temprano, donde lo sobrenatural instala una armadura argumental mágica y apesadumbrada, llena de cuevas, pasajes, desdoblamientos, cosmos, naturaleza con vida propia y hombres predestinados. Su oscuridad, su desazón, la idea de que es imposible zafar del pasado, en un viejo continente abrumado de sus propias tradiciones casi karmáticas y culpas imposibles de romper.

Mucho se la ha comparado con Stranger Things, producto estadounidense que transita este terror sobrenatural también, pero desde lo festivo y la parodia. Es divertido pensar que ambas series, Dark y Stranger Things funcionan como funciona la diferencia entre el cine alemán y el cine yankee. Uno pensado desde la tradición romántica, filosófica, de alto vuelo y elaboración literaria, el otro, pura industria y autorreferencialidad del entretenimiento. Entre ambos, una delgada línea donde Netflix pareciera adaptarse a reglas de construcción y deconstrucción precisas, que el espectáculo global maneja cada día mejor, para darnos a cada quien lo que querramos ver.

Dicho todo esto, yo vería las dos, por eso de no ser necesariamente lo que el emisor espere, y renegaría de toda clasificación, aunque Dark guarde la simpatía de una lengua menos escuchada y por lo tanto, más placenteramente sutil.