Juan Ramón Jiménez, profundamente poeta

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Juan Ramón Jiménez (1881-1958) fue un poeta español, cuya obra evolucionó desde el Modernismo hacia una poesía emotiva e intelectual a la vez. En 1956 recibió el premio Nobel de Literatura.

Sus primeras colaboraciones en la revista madrileña Vida Nueva fueron bien recibidas por los modernistas, por lo que decidió trasladarse a Madrid en 1900 y publicar ese mismo año sus dos primeros volúmenes de versos, Ninfeas y Almas de violeta, títulos que le fueron sugeridos por Ramón del Valle-Inclán y Rubén Darío.

Más en la línea de Gustavo Adolfo Bécquer, escribe Rimas (1902), Arias tristes (1903) y Jardines lejanos (1904), con una poética impregnada de musicalidad, nostalgia y amor por la naturaleza, con versos sencillos en los que predomina el octosílabo.

En Diario de un poeta recién casado (1917), se nota un cambio formal en Jiménez. El libro, escrito casi en su totalidad durante un viaje por el Atlántico, inspiró al autor que declaró que el constante movimiento de las olas le transmitió la obsesión por el ritmo y lo llevó a cultivar el verso libre. Al mismo tiempo, la ornamentación modernista desapareció en favor de un lenguaje que aspiraba a la precisión absoluta.

El cambio formal en la poesía de Jiménez ejerció una gran influencia en la obra inicial de los poetas de la generación del 27, particularmente en Jorge Guillén, Pedro Salinas, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre. El autor intentó llevar al ámbito de la prosa lo trabajado en sus versos y escribió la serie de retratos líricos que integraron el libro Españoles de tres mundos (1942), aparecido en su mayor parte en la revista Índice.

También dentro de la narrativa, es famoso su libro Platero y yo (elegía andaluza) (1914), una obra escrita en prosa poética: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…”.

Adolescencia

En el balcón, un instante
nos quedamos los dos solos.
desde la dulce mañana
de aquel día éramos novios.

-El paisaje soñoliento
dormía sus vagos tonos,
bajo el cielo gris  y rosa
del crepúsculo de otoño-.

Le dije que iba a besarla;
bajó, serena, los ojos
y me ofreció sus mejillas
como quien pierde un tesoro.

-Caían las hojas muertas,
en el jardín silencioso,
y en el aire erraba aún
un perfume de heliotropos-.

No se atrevía a mirarme;
le dije que éramos novios,
…y las lágrimas rodaron
de sus ojos melancólicos.

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros…

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas la tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

La rosa azul

¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!
Se me torna celeste la mano, me contagio de otra poesía
Y las rosas de olor, que pongo como ella las ponía, exaltan su color;
y los bellos cojínes, que pongo como ella los ponía, florecen sus jardines;
Y si pongo mi mano -como ella la ponía- en el negro piano,
surge como en un piano muy lejano, mas honda la diaria melodía.

¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!
me inclino a los cristales del balcón, con un gesto de ella
y parece que el pobre corazón no está solo.
Miro al jardín de la tarde, como ella,
y el suspiro y la estrella se funden en romántica armonía.

¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!
Dolorido y con flores, voy, como un héroe de poesía mía.
Por los desiertos corredores que despertaba ella con su blanco paso,
y mis pies son de raso -¡oh! Ausencia hueca y fría!-
y mis pisadas dejan resplandores.

Desnudos

                                                                            (Adioses. Ausencia. Regreso)
Nacía, gris, la luna, y Beethoven lloraba,
bajo la mano blanca, en el piano de ella…
En la estancia sin luz, ella, mientras tocaba,
morena de la luna, era tres veces bella.

Teníamos los dos desangradas las flores
del corazón, y acaso llorábamos sin vernos…
Cada nota encendía una herida de amores…
-El dulce piano intentaba comprendernos.-

Por el balcón abierto a brumas estrelladas,
venía un viento triste de mundos invisibles…
Ella me preguntaba de cosas ignoradas
y yo le respondía de cosas imposibles…