The disaster artist

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 Citizen Wiseau

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Cuando en la última edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián The disaster artist se alzó ni más ni menos que con la Concha de Oro, llamó la atención que el máximo galardón recayera sobre una comedia. En general, los jurados tienden a seleccionar películas dramáticas, con frecuencia de temáticas “duras”, en el peor de los casos adherentes a un academicismo caduco bien predispuesto a hablar de “los problemas del mundo”. La película de James Franco no sólo es una comedia hecha y derecha, sino que –fotograma tras fotograma- parece reafirmar su adscripción genérica, casi celebrarla. Y lo mejor es que no lo hace saturando mecanismos probados (lo cual sería hacer algo muy malo para el género: no tomarse seriamente que su búsqueda es producir risa), sino que apela a definir personajes, trabajar sobre la empatía que establecen con el espectador, transportarnos a un espacio en donde también hay tensiones y conflictos.

The disaster artist es la transposición del libro homónimo y está basada en hechos reales.  Su epicentro es el rodaje del The room, catalogada con justicia como la “peor película del mundo” (aunque compita como “gemas” como las del mítico Ed Wood). Mal actuada, inconexa, sin solidez argumental, llena de lugares comunes y con parlamentos ridículos, esta película contó con la producción, guión y actuación del estrafalario Tommy Wiseau, un personaje inclasificable, de un acento extraño y con una fortuna de desconocida procedencia. La película fue un sonoro fracaso, pero gracias a las proyecciones de medianoche y el “boca en boca” recaudó una fortuna y hoy en día ascendió al estatus de “film de culto”. Franco no sólo dirige; también compone al excéntrico protagonista. Su hermano Dave interpreta a Greg Sestero (co-escritor junto a Tom Bissel del libro sobre el que se basó la película), amigo de Wiseau, actor en la película y testigo de la personalidad ególatra, border, del director de The room.

La película es un festín de gags, sobre todo a partir del momento en el que se inicia el rodaje. Pero esa efectividad se solventa sobre la información que tenemos de los personajes y el arco dramático que atraviesan. Wiseau y Sestero se conocieron en 1998, durante una clase de actuación; los unió el deseo de trascender en el arte, algo que Franco entendió muy bien a la hora de delinear el conflicto de la película. Hubiera sido sencillo reírse de Wiseau sin otro interés más que ese. La sensación que queda tras el visionado del film es que el director de The room encontró en su particular fracaso una suerte de trascendencia involuntaria, situación que lo ubica en un lugar de extrañamiento frente a su propia obra.

Además de los méritos apuntados, The disaster artist es una película que con un presupuesto acotado (dentro de los estándares de Hollywood) ostenta un cuidado diseño de arte, que no sólo delinea la década del ’90 y el comienzo de los 2000, sino que además reconstruye miméticamente las escenas de la película que retrata. El efecto produce risa por partida doble (¡quédense en la sala de cine cuando termine!): por el original y por su réplica. Franco comprendió que, en el territorio del arte, los resultados (casi nunca) responden al resultado de ningún cálculo. Aún cuando nada sale como se esperaba, es el espectador quien, con su ojo, resignifica lo que la imagen le brinda. Desde esa perspectiva, el cine es un espectáculo de una productividad receptiva fenomenal: hay tan buenos motivos para ver Citizen Kane como para ver (y celebrar, por qué no) The room.