Un sábado a la mañana de diciembre de 1977

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Yo tenía 9 años y era un sábado a la mañana. Mi papá tenía que ir a la oficina a revelar unas fotos. Era medio fanático de la fotografía y le gustaba revelar sus propias fotos. Y en su oficina había un cuartito revelador. Me preguntó si quería acompañarlo y mi alegría fue seguramente notoria; siempre me gustaba ir al “trabajo” de papá. Nos tomamos el subte línea A, directo hasta la estación Perú. Allí caminamos hasta Bolívar. Yo me sabía el viaje de memoria, me gustaba ir al centro y más a la oficina donde se “trabajaba” (una ventana al mundo de los adultos).

Mientras él se encerraba en el cuarto oscuro, yo merodeaba un rato por la oficina, hasta que me sentaba frente a una máquina de escribir y dale que dale. No sé qué estupideces escribiría; probablemente intentos de historias de terror, que quedaban inconclusas; historia es una palabra demasiado grande, más bien eran comienzos, puros climas: “la noche transcurría en calma” o “el silencio del bosque oscuro” y cosas así. Zonceras. A veces usaba carbónico y escribía dos copias de esas incoherencias infantiles. Como se ve, la fotografía no me atrapaba (extrañamente diría), me tiraba más el mamarracho de la hoja en blanco, con los caracteres de tinta prolijamente ordenados por la maravilla de la escritura mecánica.

Cuando terminó sus tareas fotográficas, salimos de la oficina y como solíamos hacer, nos fuimos a caminar por la Plaza de Mayo. El aprovechó para tomar algunas fotos (hay una foto mía de ese día, típica de niño, correteando a las palomas de la Plaza) y después, como yo tenía una obsesión por Manuel Belgrano (lo loco es que hoy, de adulto, me sigue pareciendo uno de los personajes más interesantes de la Independencia), le pedí de ir a ver la iglesia de Santo Domingo. Yo sabía que allí estaba enterrado y ese encuentro con la historia siempre me regocijaba (se ve que ya había alguna vocación por las ciencias sociales).

En la explanada de la iglesia, donde está enterrado el admirador de Rousseau, había bastante gente. Sábado de sol de diciembre, lugar turístico (la iglesia es del siglo XVIII, es decir es uno de los pocos, poquísimos edificios de aquella época que posee la ciudad de Buenos Aires), gente tomando fotos y otros simplemente paseando. Nosotros dimos una vuelta alrededor del mausoleo de Belgrano, entramos a la iglesia (en esa época yo era muy católico, hasta el punto de que cuando veía a un pobre, veía al mismísimo Cristo), seguro que recé algún padrenuestro y salimos.

Nos detuvimos algunos instantes en la explanada, para unas fotos y para mirar el frente, que recuerda los cañonazos de la II Invasión Inglesa de 1807. En aquel momento creía que eran reales las balas que se observan incrustadas en su fachada. Todo el conjunto me daba la sensación de estar viviendo la verdadera Historia.

Cuando cruzamos la puerta de hierro, observo a mi derecha a un mendigo, sentado en el piso, como suelen verse en las puertas de las iglesias. Nada raro. Lo recuerdo. Tenía el cabello bastante canoso y una barba no muy larga, prolija, también con partes blancas fruto del paso del tiempo. Usaba un sobretodo negro y eso algo alteró mi visión, ya que si bien las personas en situación de calle suelen usar cualquier ropa, era el final de la primavera y, se sabe, diciembre en Buenos Aires suele ser muy caluroso. Me quedo mirándolo y de golpe veo que de adentro del sobretodo saca una ametralladora. Quedé petrificado. Mis ojos no podían dar crédito a lo que veían. Hoy día diría que era un Uzi. En aquel momento pensé que era un arma de juguete, muy realista, pero de juguete. Me busqué rápidamente una explicación racional, aunque la pregunta persistía: ¿qué hacía ese linyera con un arma de juguete tan realista?.

Era tanta la desconfianza de lo que había visto, que no se lo dije a mi papá. De hecho creo que él ni vio nada de la situación (tal vez no había nada que ver, ya que todo era producto de mi imaginación volátil, capaz de ver cualquier cosa). Seguimos caminando por Defensa hacia la Plaza de Mayo para tomar el subte. Yo mudo, no decía nada y de hecho nunca dije nada. Siempre lo atribuí a algún delirio imaginativo propio de la infancia y si bien nunca lo olvidé, siempre tuve la sensación de que fue algún tipo de alucinación pediátrica.

Hace poco leía en Página 12 una nota sobre la causa del Centro Clandestino Móvil y como los responsables de las atrocidades por todos conocidas, eran llevados a la justicia. Grande fue mi sorpresa cuando leí que represores del RI6 de Mercedes, solían “encarar los operativos con pelucas, barba y aspecto de ciruja”. El horror ante mis ojos. La vieja alucinación encontraba un marco de explicación bastante plausible. No lo sé. Por suerte a mis 9 años sólo vi eso y nada más. Un atisbo de una historia realmente de terror. Un encuentro con la verdadera maldad o una simple casualidad que brotó de mi imaginación infantil.