Rafael Alberti, entre los grandes poetas españoles

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Rafael Alberti (1902-1999) fue un poeta español que perteneció a la Generación del 27, grupo que surge para rendir homenaje a Luis de Góngora, en ocasión del tricentenario de su muerte. Con este motivo, se organizaron gran cantidad de actos que culminaron en el Ateneo de Sevilla, donde Pedro Salinas, Federico García Lorca y el propio Alberti, entre otros, recitaron sus poemas en honor del poeta cordobés. A esta generación también pertenecieron Rafael Guillén, Miguel Hernández, Gerardo Diego y Vicente Aleixandre, para mencionar los más destacados.

Las primeras poesías de Alberti aparecieron bajo el título de Marinero en tierra, libro que obtuvo el Premio Nacional de Literatura (1924-25), otorgado por un jurado que integraban Antonio Machado, Ramón Menéndez Pidal y Gabriel Miró. A Marinero en tierra siguieron La Amante (1925) y El alba de alhelí (1925-26). En estos primeros libros, Rafael Alberti se revela como un virtuoso de la forma.

La etapa neogongorista y humorista de Cal y canto (1926-1927) marca la transición al surrealismo de Sobre los ángeles (1927-1928). Esta última muestra la irrupción del verso libre y de un lenguaje simbólico y onírico, ya alejado de la tradición anterior. A partir de entonces, la obra de Alberti deriva hacia un tono político al afiliarse al Partido Comunista. Esta actitud lo lleva a considerar su obra anterior como un ciclo cerrado y una contribución irremediable a la poesía burguesa.

Entre sus últimos libros, están Fustigada luz (1980), Lo que canté y dije de Picasso (1981), Versos sueltos de cada día (1982), Golfo de sombras (1986), Accidente. Poemas del hospital (1987) y Canciones de Altair (1988).

Hace falta estar ciego

Hace falta estar ciego,
tener como metidas en los ojos raspaduras de vidrio,
cal viva,
arena hirviendo,
para no ver la luz que salta en nuestros actos,
que ilumina por dentro nuestra lengua,
nuestra diaria palabra.

Hace falta querer morir sin estela de gloria y alegría,
sin participación de los himnos futuros,
sin recuerdo en los hombres que juzguen el pasado sombrío de la tierra.

Hace falta querer ya en vida ser pasado,
obstáculo sangriento,
cosa muerta,
seco olvido.

Nocturno

Deja ese sueño.
Envuélvete
desnuda y blanca, en tu sábana.
Te esperan en el jardín
tras las tapias.

Tus padres mueren, dormidos.
Deja ese sueño.

Anda.
Tras las tapias,
te esperan con un cuchillo.

Vuelve de prisa a tu casa.
Deja ese sueño.
Anda.
En la alcoba de tus padres
entra desnuda, en silencio.

Corre de prisa a las tapias.
Deja ese sueño.
Sáltalas.
Vente.

¿Qué rubí hierve en tus manos
y quema, negro, tu sábana?
Deja ese sueño.
Anda.
Duérmete.

Retornos del amor en los tiempos vividos

Creemos, amor mío, que aquellos paisajes
se quedaron dormidos o muertos con nosotros
en la edad, en el día en que los habitamos;
que los árboles pierden la memoria
y las noches se van, dando al olvido
lo que las hizo hermosas y tal vez inmortales.

Pero basta el más leve palpitar de una hoja,
una estrella borrada que respira de pronto
para vernos los mismos alegres que llenamos
los lugares que juntos nos tuvieron.
Y así despiertas hoy, mi amor, a mi costado,
entre los groselleros y las fresas ocultas
al amparo del firme corazón de los bosques.
Allí está la caricia mojada de rocío,
las briznas delicadas que refrescan tu lecho,
los silfos encantados de ornar tu cabellera
y las altas ardillas misteriosas que llueven
sobre tu sueño el verde menudo de las ramas.

Sé feliz, hoja, siempre: nunca tengas otoño,
hoja que me has traído
con tu temblor pequeño
el aroma de tanta ciega edad luminosa.
Y tú, mínima estrella perdida que me abres
las íntimas ventanas de mis noches más jóvenes,
nunca cierres tu lumbre
sobre tantas alcobas que al alba nos durmieron
y aquella biblioteca con la luna
y los libros aquellos dulcemente caídos
y los montes afuera desvelados cantándonos.