Una ventana al universo del artista Ernesto Pesce

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Ernesto Pesce nace el 4 de abril de 1943 en Buenos Aires. Es artista plástico y se destaca en las disciplinas del dibujo, del grabado y de la pintura. Ha participado en numerosas muestras individuales y en exhibiciones colectivas en Argentina, Alemania, Brasil, Chile, Cuba, España, EE.UU., India, Japón, Puerto Rico, Polonia, Taiwán, Uruguay, Yugoslavia, Corea, Suiza, Italia y en México.

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Ha recibido muchas distinciones y premios importantes como el Egyptian International Print Triennale, el premio Trabucco, el Goethe 99, el premio del Salón Nacional de Grabado, entre muchos premios más. También es miembro del Comité Superior de Estudios de Posgrado en Artes Visuales y profesor de Tesis y Seminarios de Posgrado en Artes Visuales en el I.U.N.A. (Instituto Universitario Nacional de Arte), y director del Posgrado en Artes Visuales Ernesto de la Cárcova.

Pesce es un gran artista y, ante todo, una gran persona. Su humildad y generosidad están siempre en su paleta, y no hace distinciones cuando llega el momento de usarlas. Como alumna, me interesó acercarme a su mundo interior y a su sensibilidad creativa.  Miércoles 18 de octubre. Nos reunimos por la tarde en la sede de la Asociación Argentina del Museo Nacional de Bellas Artes, donde Ernesto Pesce dicta clases de dibujo y de acuarela e imparte sabiduría. Sale de dar su clase, baja por las escaleras desde su aula y me saluda con una sonrisa. Lo acompaña un amigo, Juan Carlos Ochoa, escultor argentino. “Mi guardaespaldas”, bromea Ernesto. Caminamos por el pasillo que une la Asociación con la confitería de al lado y nos sentamos afuera, debajo de los árboles, para charlar mientras tomamos el té. El maestro me regala su libro Ernesto Pesce: Obra 2003-2016, con dedicatoria. Una inmensa alegría; la misma alegría que nos brinda con sus obras.

Ernesto, ¿qué es lo que te inspira y te lleva a plasmar tu creatividad?

Yo he trabajado siempre con cuestiones que tienen que ver con la cotidianidad y con la singularidad. Todos somos diferentes, y frente a hechos determinados reaccionamos de manera diferente. Todos percibimos la realidad desde nuestra singularidad. Eso para mí es un potencial en cualquier ser humano; trabajo en base a eso. Empecé a trabajar en una serie sobre la inmigración por una cuestión familiar, porque quería rendir homenaje a mis antepasados, inmigrantes italianos, que también tenían una actividad artística y que, por tener que salir de su país, cuando llegaron a Argentina tuvieron que dedicarse a otra cosa. Yo era el que podía concretar eso a partir del sacrificio de ellos: hice toda esa serie como un homenaje. Siempre hago series. Por ejemplo, cuando empecé a dar clases en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova, tenía la reserva ecológica enfrente. Ese entorno era parte de mi cotidianidad en ese momento, y yo tenía una visión crítica sobre la reserva y la contaminación en el Río de la Plata. De ahí surgió la Serie Costanera Sur (1987).

Si vos no hubieras tenido ese contexto familiar, ¿pensás que te habrías dedicado a la expresión artística de todas maneras?

Es muy difícil saber eso… Yo empecé estudiando en el colegio industrial Piñeiro __mi estudio secundario es el de técnico mecánico__, y trabajé como tornero y martillero hasta los veintipico. Entré a la facultad de ingeniería: yo iba a ser ingeniero. En mi casa todos pintaban y, a la vez, todos eran trabajadores, gente humilde, pero sabían pintar, tenían esa herencia. Mi bisabuelo había sido pintor de iglesias en Italia; mi abuelo también. Siento que yo tenía como un “permiso” sobre lo artístico. Así que después, en un determinado momento, decidí irme a la escuela de Bellas Artes.  Es decir, yo elegí estudiar. No hice otra cosa que no fuera esto, y así seguí… Si yo no hubiera tenido esa influencia familiar con respecto al arte, no tengo idea de qué hubiera hecho.

Cuando te dedicás a hacer una obra, ¿cuáles son los soportes y materiales que te ayudan a sentirte más cómodo con vos mismo?

Eso depende más de la anécdota, a veces, que del problema técnico. Trabajo con diversas técnicas. Hay artistas que manifiestan su pertenencia a una. Algunos son pintores; otros, grabadores. Yo me involucro con casi todos los medios expresivos. Me gusta el oficio artesanal: siento que es muy valioso para mí, así que manejo diferentes técnicas y las utilizo según cómo perciba la temática de una obra. Ahí decido cómo necesitará ser expresado un determinado tema.

Por ejemplo, pienso en tu Serie Cósmica (1990) __en la que figuras mitológicas se entrelazan con imágenes más abstractas__: para esa serie elegiste específicamente los mismos materiales.

Mucho está hecho en acrílico sobre tela, pero también hay otros objetos que acompañan esa serie, hay litografías. El cuerpo de obra más importante de esa serie está hecho en pintura. Igualmente, para mí no es importante el material con el que trabaje. Por supuesto que, si no sabés manejar la técnica que elegiste, la obra no te va a resultar buena. Pero no dejo de hacer algo porque “pertenezca” a una técnica. No digo: “Yo soy dibujante. Entonces, no pinto”.

Vos, al principio, te dedicabas al dibujo y después te fuiste expresando también a través de la pintura.

Yo empiezo dibujando y haciendo escultura. Me inicio con una serie de relieve en madera calada y laqueada de formas simples (1969), y después, al empezar la serie de Los inmigrantes (1974), trabajo con dibujo, litografía y grabado, y sigo con esas técnicas por mucho tiempo. Más adelante, empiezo a utilizar una técnica diferente que se plasma en mi serie Cósmica de los años 90. Es entonces cuando hago mis primeras pinturas.

PEsce 1¿Cómo te surgen las ideas que querés expresar en el plano de las imágenes?

Esa serie Cósmica, por ejemplo, surge de lecturas de textos de Jorge Luis Borges sobre la Gran Muralla China, como el cuento “La muralla y los libros”. Estoy haciendo, actualmente, una serie sobre Ulises y sobre un texto de Yasunari Kawabata que se llama La casa de las bellas durmientes. Es muy bello. Me gustó mucho la idea. Es sobre un anciano que va a una especie de prostíbulo __pero no lo es__, donde hay muchachas jóvenes, muy jóvenes, a veces vírgenes, que están narcotizadas. Allí, un anciano va y puede pasar una noche con una de esas chicas, la cual no se entera de quién estuvo con ella. Por la mañana, cuando el anciano se va, la chica sigue dormida. El anciano no puede tener sexo; se puede acostar al lado de la joven, acariciarla, solo observarla. Me parece maravilloso. A partir de este texto, estoy haciendo ahora toda una serie. Además, sigo incorporando nuevos trabajos a mi serie Erótica, que vengo haciendo desde hace tiempo.

Pesce 2                                                  Serie Erótica, 1981-1984

2009 es un año especialmente productivo para Ernesto Pesce. Presenta la muestra La deriva en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta: un total de quinientas obras de su producción, que emergen del diálogo entre el mundo real y el imaginario, entre la expresión figurativa y la abstracta. La exposición colectiva Ocho miradas – Huit Regards Argentins en la galería Empatía; la muestra El taller de Pasco. Espacios de arte en tiempos de resistencia en la galería Pasaje 17, donde se exhiben trabajos de los artistas que concurrieron al taller creado por Ernesto Pesce y Aldo Molina entre 1975 y 1994. También se presentan los murales Los caminos de Arte Sin Techo, con la intervención de gente en situación de calle en el Centro Cultural Recoleta.

Le menciono todo esto a Pesce, y su lenguaje corporal revela pudor.

¿Qué pasa cuando vos tenés esas ganas de producir y de plasmar ideas, pero el contexto social no se presta? Por ejemplo, en una época de dictadura en la que la censura, en cierto modo, te va marcando lo que vas haciendo.

Bueno, por ejemplo, en la época de la dictadura yo decidí hacer algo introspectivo: la serie Los inmigrantes. No reflejaba la realidad circundante. Me parecía absurdo hacer algo explícito sobre la dictadura a partir de una obra de arte y correr el riesgo de desaparecer por hacer eso. Tuve una militancia política, pero no tanto a partir del arte. Me parecía que la diferencia de fuerzas era absurda. ¿Qué gano yo con colgar un cuadro con el que denuncio a la dictadura si después desaparezco? ¿Qué movilicé? Nada. Entonces, en ese momento, me dediqué a una actividad más introspectiva: tenía un taller, donde daba clases a alumnos. Ese taller se convirtió en un lugar de reunión, de reflexión, de vida en comunidad, porque afuera era todo muy hostil.

Es decir que tenían un lugar como para retroalimentarse, ¿no?, donde se podían bancar mutuamente. Se me ocurre que, quizás, tu trabajo sobre los inmigrantes significaba un volver a uno mismo y protegerse.

Sí, claro, totalmente…

“El taller se convirtió en un lugar de vida en comunidad”. Esto me hace pensar en algo que te caracteriza: vos sos un artista muy solidario con quienes necesitan tu ayuda. ¿Lo ves como una manera de vincular tu arte con los miembros de la comunidad en la que vivís?

Yo creo que, básicamente, la solidaridad es una obligación. A mí me parece raro que la gente no sea solidaria. Ese problema está cada vez más agudizado. Además, me da mucho placer saber que, a través del arte, yo puedo servir para ayudar a otros. He colaborado, por ejemplo, trabajando con gente en situación de calle. Siempre me interesó hacer un aporte, aunque parezca ínfimo, porque a veces por querer hacer todo, no hacés nada. Cuando pinté murales con la gente que vive en la calle (2003), me di cuenta de que esa gente no iba a salir de la calle porque un día se había puesto a pintar un mural conmigo. Pero yo podía ver cómo ese individuo empezaba a pintar, y la gente lo miraba como a un pintor. Este se sentía reconocido, con una identidad. Quizá eso solo le pasaba durante la semana en la que trabajaba en el mural; después, tal vez, volvía a la droga o al alcohol. Sin embargo, esta persona había sido feliz, al menos durante esa semana: para mí eso es importantísimo. En este caso puntual, el lugar donde trabajábamos apuntaba a que, además, pudieran hacer terapia, tuvieran todos sus documentos en regla… Por ejemplo, cuando te para un chico en el semáforo por unos pesos, algunos dicen: “No, no le voy a dar dos pesos a ese pibe para que se los chupe el padre en vino”. Y yo pienso que eso no importa: ya vive en la desgracia, y si el padre se lo quiere tomar, que se lo tome, porque con eso de “no hacer” para que no pasen cosas peores, terminamos haciendo nada.

Además, se fomenta esa idea de exclusión. Esos chicos, por un lado, ven una comunidad donde los de su edad van al colegio, viven en familia, tienen una mamá presente que los cuida, y ellos se quedan con un “ni me miran cuando pasan…”.

Sí, me parece que uno tiene que hacer lo que uno puede, aunque sea mínimo, y tantas veces como sea posible, sin estar buscando respuestas. Esa idea de estar “salvando” a alguien responde más a uno mismo que al necesitado.

Recién mencionábamos el tema de la época de la dictadura, y eso me recuerda que vos hiciste el monumento en el Cementerio Israelita de La Tablada en memoria de las víctimas del terrorismo de Estado. ¿Cómo te surgió la idea de representarlo de la manera en que lo hiciste?

Cuando me invitan a hacer ese proyecto, ya había ahí un monumento en memoria de las víctimas del atentado a la AMIA hecho por Mariana Schapiro (talentosa escultora argentina, 1959-2006), quien era mi mujer en ese momento. El atentado contra la AMIA destruye casi todo el edificio, salvo su biblioteca que queda intacta. Entonces Mariana, invitada a realizar una obra conmemoratoria, presenta unas láminas, que se despliegan en el espacio como hojas, con inscripciones hebreas (1995). Después, me convocan a mí para hacer un monumento en homenaje a los desaparecidos durante la dictadura militar. Se me ocurre pensar en un bloque de cemento de tamaño importante puesto horizontalmente, como si fuese una gran lápida, en alusión al terrorismo de Estado, con un hueco en el centro. De esa “lápida” salen dos medios de cilindros de acero inoxidable __de unos cuatro a cinco metros de alto__, que tienen en su interior algo característico en mi trabajo: bolas de aluminio y varillas que cristalizan la idea de las constelaciones como sinónimo de energía.

Pesce 3Monumento en homenaje a las víctimas del terrorismo de Estado, Cementerio Israelita de La Tablada, 2007

Esa obra transmite el concepto de solidaridad entre sus miembros, como si se estuviesen sosteniendo mutuamente…

Sí, esa es una de las lecturas. Yo lo pensé, también, como algo que no se puede vencer, como que van a levantar la lápida juntos y van a salir, como que la energía de esa gente no va a desaparecer. Pueden hacer desaparecer el cuerpo, pero no el espíritu. Me interesó como metáfora: su lucha no va a desaparecer. Además, me atrae estéticamente. Eso es algo que también tengo en cuenta cuando trabajo. (Juan Carlos acaba de tirar el té sobre la mesa y moja las hojas de su cuaderno. Se pueden ver algunos de sus bosquejos. Según Pesce, Ochoa está celoso porque el entrevistado no es él y quiere llamar la atención. De paso, Pesce avisa que su amigo participará en una muestra de escultores en la Fundación Rómulo Raggio).

Roland Barthes, en su ensayo “La muerte del autor” __al igual que otros escritores como Tom Wolfe (La palabra pintada) o el mismo Julio Cortázar__ dice que una vez que la obra es presentada al espectador, el artista desaparece y el espectador interviene en la obra con una lectura propia; es decir, toma parte del proceso creativo. ¿Estás de acuerdo con eso?  ¿No quedan “rastros” del artista?

Sí, eso es así. Estoy de acuerdo. Vos podés dirigir lo que quieras con una imagen muy explícita, pero el que mira crea desde su singularidad. Por ejemplo, yo puedo dibujar una botella de Coca-Cola, bien hiperrealista. Todos van a entender que es una botella de Coca-Cola. A mí, personalmente, me produce desagrado porque no me gusta la Coca. A vos te puede recordar la charla que estamos teniendo ahora, a otro le recuerda algo de su infancia. Por más que trates de dirigir la mirada del espectador, la interpretación que este pueda hacer será absolutamente creativa. El arte contemporáneo llega a extremos en los que algunos artistas, por ejemplo, ponen una sala vacía, la pintan de blanco y juegan a que el que entre, cree la obra que se imagine. Es cierto que nosotros no tenemos idea de quién era ni de cómo era el escultor de obras bellísimas, como las esculturas en las Islas Cícladas hechas hace cinco mil años, que parecen hechas por Constantin Brancussi. Esos artistas son desconocidos. ¿Qué sabemos de esos artistas? Si eran buenos, si era malos… Sin embargo, la obra ahí es suficiente. Creo que hay un aspecto que puede ser un “aporte”; habría que pensarlo. Habría que ver si incide el tener una relación más cercana con el arte o una formación artística en esa mirada del espectador. A mí me gusta mucho Jorge Luis Borges, y muchos de mis trabajos salen de Borges. Pero desde el punto de vista ideológico, creo que a Borges hay que denostarlo. Si yo trasladara esa opinión sobre su obra creativa, no podría convivir con eso para apreciar su trabajo.

Pesce 5I King – homenaje a Jorge Luis Borges

Es innegable la riqueza de su trabajo: por un lado, la temática del criollismo; por el otro, el mundo ilusorio, las realidades invertidas y paralelas… Hay un cuento de Borges, “El milagro secreto”, en el cual se está por ejecutar a un escritor y, en ese momento, le pide a Dios un deseo: detener el tiempo para terminar una obra, en su caso, un poema. Si estuvieses en esa situación, ¿qué obra o serie querrías “completar”?

La verdad es que no se me ocurre… Será porque estoy en constante proceso de trabajo. Yo trabajo mucho, todo el tiempo, y una de las cosas maravillosas que tiene al arte es que vos podés trabajar hasta el último aliento de tu vida. Siempre tengo proyectos. Ahora mismo tengo uno que me va a llevar años: una obra compartida que estoy haciendo con otros artistas invitados. Ya tengo unas ciento cincuenta obras de este tipo que se pueden ver en mi último libro… Invito a los artistas a intervenir en una obra sobre papel: el artista invitado hace un trabajo en la parte inferior, y yo hago su retrato en la parte superior. No reflexiono demasiado en qué va a pasar con eso después; el retrato es un desafío y me resulta muy placentero hacerlo, jugar con lo que el otro artista hizo, con la diversidad de la propuesta. Una vez que termino el trabajo, lo doy por concluido; siento que es eso lo que quiero, que es preciso, y paso a otro. No soy de dudar mucho. Sé que parece medio pedante, pero no es así. También están los artistas que te comentan sobre “el drama de la tela en blanco”. Eso no me pasa porque siempre tengo algo que poner en esa tela: no tengo ningún conflicto, porque ya estoy con una idea en la mente. No es tan fácil tampoco. No es que me levanto y digo: “Hoy voy a hacer una obra de arte”. De repente, voy al taller y empiezo a colocar formas, por un lado; colores, por el otro y, cuando agrego un tercer elemento, no tienen nada que ver entre sí. Aprendí a trabajar con lo que propone el trabajo.

Pesce 6Serie Obra compartida Ernesto Pesce – Felipe Noé (2012)

Ernesto, cuando estás trabajando, ¿cómo hacés para no caer en la tentación de querer “manipular” la obra para seducir al espectador?

Sé que puede parecer algo omnipotente, pero en realidad, en el momento en que estoy trabajando, no pienso en el espectador. Hago la obra para mí; el trabajo artístico siempre me ha producido muchísimo placer y es una de las formas de reflexión que más disfruto. Hace cuarenta años que les cuento a todos quién soy y qué hago. Cada exhibición que presento es una muestra de mi interioridad, de eso que me pertenece. ¿Sabés cuándo me di cuenta de que no valía la pena obsesionarse con el espectador? Antes de trabajar en la serie de Los inmigrantes, yo recordé que tenía una serie de fotos que guardaba en la casa de mis padres. Estos italianos eran fotógrafos aficionados, pero sacaban unas fotos maravillosas con sus cámaras que, en aquella época, tenían placas de vidrio. En la casa mi viejo, había un cuartito donde se tapaba todo eso con paños negros. Así es como conservo muchas fotos de la vida cotidiana, cumpleaños de la familia de 1920, de 1930 y de 1940. Mirándolas, me preguntaba a quién le podría interesar ver estas fotos. Si yo reunía esas imágenes de los pícnics que hacían los italianos en los bosques de Palermo, quienes iban en camión con sus damajuanas de vino, ¿alguien las miraría? Y, de repente, me di cuenta de que la gente se relacionaba con eso porque el tema no era si (la gente en esas fotos) se parecía o no al abuelo o al bisabuelo, sino que cualquiera abría un cajón en su casa y se encontraba con una foto amarillenta, llena de recuerdos familiares. Ahí fue que me convencí de que no valía la pena preocuparse por el espectador, porque la gente se relaciona con la obra desde su interioridad… Por otro lado, ya refiriéndonos al aspecto comercial, cuando quise modificar algunos elementos en las obras, porque suponía que así las iba a poder vender más fácilmente, me pasó lo contrario. No hice lo que yo quise, ni tampoco vendía. Fui afortunado porque pude solucionar la parte económica desde temprano en mi carrera, aparte de lo que era la venta de obras; pude cubrir los gastos para vivir con la docencia, con los premios nacionales que fui ganando desde joven. Entonces, cuando se vende una obra, estoy recibiendo un dinero no esperado, y esto me ha permitido viajar, por ejemplo. Todo siempre ligado al placer.

¿Sería como darle vuelo a la intención original?

Claro. Esto lo ves al mirar los dibujos de mi serie Erótica. Por supuesto, primero tengo la intención; parece que fuesen absolutamente pensados en tina china, línea… De repente, decido que voy a hacer un dibujo femenino con un hombre a su lado; sé que voy a desarrollar una serie erótica, parto de esa intención, pero estoy atento a lo que me va pidiendo el trabajo a medida que avanzo.  Es decir, no tengo todo calculado; descubro lo que surge y voy trabajando así. Eso me divierte muchísimo.

El estar despierto…

Sí, y no tener un cuadrado en la cabeza. Integro los elementos que van surgiendo en la tela. Para mí ese “juego” es muy placentero; por eso, me gusta mucho la acuarela, la aguada… Es como aprender a reaccionar frente a la sorpresa y mantener esa capacidad de asombro. Obviamente que eso no quiere decir que todo sea una casualidad: yo sé qué es lo que quiero previamente.

También, lo que te permite trabajar de esa manera son los años de experiencia.

Así es. A veces veo a mis alumnos frustrados ante un manchón en su trabajo. No tienen todavía la experiencia de decirse “esto no es importante”, como para aceptar ese imprevisto y adaptarlo a la obra. Si tenés una forma de pensar muy rígida, perdés la oportunidad de “jugar” con lo que se produce.

¿Cómo se le enseña al alumno a no tener un pensamiento rígido?

Con mucha práctica y haciéndole ver las posibilidades sobre la obra misma.

Cuando nos invitás a los alumnos a trabajar sobre papel de diario, personalmente, me da una sensación de mucha libertad.

Bueno, eso es interesante porque, por un lado, se consigue una textura sugestiva __al blanquear la página del diario, queda el texto__ y, por otro lado, no menos importante, es que estás trabajando sobre un material al que no le tenés miedo.

¿Cómo te autodefinís como artista?

Mis series son muy diferentes: van desde algo muy figurativo a algo totalmente abstracto, geométrico. Por ejemplo, mi serie Cósmica tiene como referencia las figuras zodiacales, la mitología. Al principio, el tema me atrajo porque me parecía maravillosa la idea de los seres humanos admirando esos puntos (en el cielo) que unen líneas y sugieren formas. Después, fui haciendo el trabajo más abstracto; empecé a leer física cuántica, lo que me inspiró para visualizar imágenes. Fue en esa época cuando comencé con las imágenes geométricas. Hoy, llego al taller, coloco la tela sobre el piso y, en forma totalmente aleatoria, tiro azul, tiro agua. Al día siguiente, miro cómo quedó ese fondo, y eso me devuelve algo muy parecido a la idea que yo tengo del cosmos. Después, como si fuese un arquitecto, hago toda una construcción de líneas que se contrapone con la otra parte gestual del fondo. Hay dos partes de mi personalidad representadas ahí. No me preocupan las etiquetas, porque desde una mirada exterior me pueden catalogar como dibujante renacentista o, al ver mis figuras geométricas, como un expresionista abstracto. La verdad es que eso no me preocupa. No sacrifico nada en función de pertenecer a una técnica ni a una tendencia.

Lo que se percibe en tus dibujos es la calidad de la línea, esa especie de deleite en el trazo de la línea de tus dibujos en tinta, en lápiz; al acompañar ese trazo con los ojos, se puede ver la figura en vivo ante uno. Le das volumen quizá con solo dos líneas; parece “sencillo” …

Enseñar el lenguaje del dibujo desde hace tantos años me convierte en un conocedor. Yo me muestro frente a mis alumnos dibujando porque creo que hay que demostrar que uno domina aquello que enseña. Si te voy a enseñar algo, es porque lo sé hacer, no porque sé la teoría. No me puedo limitar a la palabra: explico gráficamente lo que enseño. Ahí es donde aparece la simpleza a la que vos te referís. Se unen varias cosas, entre ellas, el conocimiento técnico y el desarrollo de la mirada interior. Esto también está muy en discusión en el arte contemporáneo. Hay un punto para discutir y es si no hay una diferencia entre el concepto, el pensamiento y la palabra, y la obra concreta. El conceptualista no le da importancia al objeto. Valora tanto el concepto como la forma. Está bien; es una forma expresiva.

¿Dirías que hay aceptación del arte conceptual en la Argentina?

Creo que es indispensable tener un conocimiento previo para entender ese tipo de trabajo. Yo suelo mandar a mis alumnos a ver muestras de otros artistas; pueden gustarme o no. Cuando mis alumnos vuelven a clase, los escucho quejarse porque no entendieron nada. Entonces, un día se me ocurrió mostrarles una parte de un trabajo mío sobre el cosmos, y les pregunté: “Yo les muestro esto, ¿entienden qué es esto? ¿Qué dice esto?”. Y sigo haciendo este tipo de ejercicio. Reconocen que hay un laberinto, por ejemplo, pero tampoco se entiende el aspecto conceptual; en realidad, no saben decir qué hace ese laberinto que puse ahí. No porque el otro sea un ignorante, sino porque no lo trabajé como un elemento concreto; no hay un mensaje claro. Por otro lado, podés no entender el significado, pero visualmente te puede parecer bello. Esto pasa con muchísimas obras. Ahora hay como un prejuicio contra la belleza: se la asocia con Heidi saltando por el bosque. La belleza está presente en la vida natural del ser humano. Estamos rodeados de belleza. No sé si alguien se puede maravillar por un concepto mismo. Eso no es lo mío. No lo critico, ni digo que no sea arte, porque el arte tiene muchas formas de expresión.

Mientras hablabas, recordé una escalera en el Museo Judío de Berlín. Esta escalera es muy larga, blanca, fría. Al subirla, crece tu curiosidad y, cuando llegás al final, te encontrás con una pared blanca y nada más. No hay nada. Ascendés para encontrarte con la nada. Eso me emocionó muchísimo por la metáfora pura y simple de la desesperanza. Invita al que la transita a ponerse en los zapatos de las víctimas del Holocausto, a quienes se les negó la esperanza. El trabajo artístico del arquitecto, en este caso, transmite un mensaje fuerte, sin mediar palabra alguna.

Por eso hay que tener cuidado con las críticas que uno hace y con cómo se adjetivan los trabajos. Hace poco estuve en Madrid. En el Parque del Retiro está el Palacio del Ángel, que es una construcción barroca __de la época de la Torre Eiffel__ con estructuras internas elaboradas, con vigas y demás; todo pintado de blanco. En el subsuelo estaba la muestra del artista minimalista estadounidense, Carl Andre. En el salón había cubos de setenta centímetros de alto, todos iguales, dispuestos en fila. Al entrar, sentís que estás como en un templo. Ahora, vos ponés ese cubo de cemento fuera de contexto, y es una baliza, por ejemplo. Ese objeto mínimo, puesto en un determinado espacio, también puede ser algo muy emocionante. Por eso, hay que tener cuidado cuando uno adjetiva livianamente sobre lo que no es explícito.

¿Qué te gustaría hacer que todavía no hayas hecho?

Me gustaría vivir unos cincuenta años más. (Risas). El trabajo artístico me produce mucho placer, y me gustaría seguir haciendo esto siempre. No tengo cosas pendientes, no porque crea que llegué a cierto lugar, sino porque disfruto del presente. Obviamente, si me llaman a hacer una muestra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, me voy de cabeza, pero no es una prioridad. Nunca tuve interés en hacer carrera en otro lugar; el irme del país nunca fue una opción para mí. Me alcanza con entender la realidad del lugar donde elegí vivir. Valoro mucho los placeres básicos que da la vida misma, el trabajo artístico… Me manejo con el entorno que tengo y siento que he podido hacer muchas cosas que me han dado inmenso placer. También me da mucho placer saber que a la gente le gusta lo que hago en una muestra, por ejemplo. Eso es un aliciente Yo he tenido mucha suerte con eso. No te podría decir qué pasa si nadie te lleva el apunte: esa experiencia no la tuve, así que no sé si hubiese tenido la voluntad para nadar contra la corriente.

Volvemos a Borges con el microcosmos que cifra el macro: como vos decís, se trata de poder descifrar las verdades universales en las pequeñas cosas…

Si vos entendés tu lugar en tu entorno, los placeres son los mismos en cualquier parte del universo. Después, por supuesto, hay diferentes realidades. Me gustaría vivir solamente de mi obra, pero en el medio donde vivo esto no funciona así. Es difícil, pero no sufro. No estoy peleando con mi realidad al querer que a mí vaya acá como, “posiblemente”, en Nueva York. Ves que Damien Hirst (artista británico contemporáneo) vende obras por millones de dólares, pero no todos los artistas ingleses llegan a vender sus obras a esos precios, si es que las venden. Lo que pasa es que el trabajo de Hirst se publicita mucho.

Y dar clases es parte de tu realidad. ¿Disfrutás del trato con los alumnos?

Sí, sí, voy a decir algo dicho comúnmente, pero la verdad es que siempre hay un intercambio emotivo con los alumnos.

Al enseñar, quizá los maestros no se den cuenta __porque los alumnos somos “varias caras” __, pero cada alumno se lleva lo aprendido puesto, y ustedes pasan a formar parte de nuestras vidas.

Así como hablábamos antes de la solidaridad, se trata también de valorar los placeres __aunque sean mínimos__ que va teniendo el alumno al adquirir nuevas habilidades. Por ejemplo, alguien recién empieza; al mes ve que algo le sale bien y tiene un placer semejante al mío cuando trabajo. Si para mí el arte es puro placer y, si el alumno siente lo mismo con su progreso, estamos casi en igualdad de condiciones.

El placer por lo logrado nos iguala…

Claro. Después, dependerá de la energía que el alumno le ponga para seguir trabajando. No me importan los motivos personales que tenga para tomar mis clases: si viene porque lo mandó el psicoanalista, por ejemplo. Jamás hago preguntas personales. Si el alumno no me habla de sí mismo, jamás me meto en su vida. Pisan el taller y, si ponen energía en lo que se hace ahí, hay posibilidades de que progresen. Eso es lo que me interesa y me vincula. A mí no me interesan las causas por las que el alumno viene; solo sé que puede llegar a desarrollar un potencial que ni se imaginaba. Depende de cómo reaccione al estímulo de la clase. (Ochoa se levanta y se despide para no llegar tarde a la clase que comparte con Pesce).

Ernesto, ya es hora de volver a tus alumnos. Fue un placer enorme para mí verte y escucharte.  Un verdadero lujo.  Gracias por ser tan generoso con tu tiempo y por compartir esta charla. Muchísimas gracias.

Acompaño a Ernesto hasta la Asociación por esa especie de “laberinto” que la une con la confitería lindera, y nos despedimos con un cálido abrazo. Con el deseo de volver a tomar clases con el maestro…

Días después, tomo conciencia de que Ernesto Pesce, nada menos, me invitó a tomar el té y compartió generosamente, con la humildad que lo caracteriza, una charla apacible sobre su obra y el arte en una tarde muy agradable. Mientras charlábamos, logró despertarme a los detalles que nos rodeaban en ese momento: un cielo celeste limpio de nubes, los árboles que nos cobijaban del sol, el movimiento de sus hojas al compás de la brisa.  Pienso en el placer de los detalles presentes; pienso en la mirada de Erneto Pesce, consciente de la presencia del universo en nuestros microcosmos personales. Pienso en las palabras del escritor polaco Witold Gombrowicz, que tan bien reflejan la charla con el artista: “Cada hombre posee su realidad, distinta, y el universo se refracta en cada uno de nosotros de manera distinta”.