Joseph Conrad, un corazón en las tinieblas

0
0

Joseph Conrad (Teodor Józef Konrad Korzeniowski; 1857-1924) fue un novelista británico de origen polaco, considerado uno de los más grandes escritores modernos.

- Publicidad -

Aunque la mayor parte de sus narraciones tienen como telón de fondo la vida en el mar que él conocía muy bien y los viajes a puertos extranjeros, la suya no es una literatura de viajes, sino que estos constituyen el espacio en el que se desarrolla la lucha entre el bien y el mal, y en el que se proyectan las propias obsesiones del autor y, en particular, su soledad y su desarraigo.

Conrad escribió en total trece novelas, dos libros de memorias y una buena cantidad de relatos. Entre las primeras se destacan Lord Jim (1900), reflexión en torno al problema del honor de un marino que sufre por su cobardía juvenil en un naufragio; Nostromo (1904), a menudo considerada su mejor creación; El agente secreto (1907), a propósito del mundo anarquista inglés, y La línea de sombra (1917), narración abiertamente autobiográfica, entre otras.

Dentro de sus relatos largos o novelas breves podemos mencionar El corazón de las tinieblas, publicado en forma de libro en 1902, que constituye, a partir de su recorrido por el río Congo, un verdadero descenso a los oscuros infiernos de la mente humana.

Las obras de Conrad fueron llevadas al cine en varias oportunidades: Lord Jim (1925) de Victor Fleming; Sabotaje (1936) de Alfred Hitchcock; Los duelistas (1977) de Ridley Scott; Apocalypse now (1978) de Francis Ford Coppola, quien trasladó El corazón de las tinieblas a la guerra del Vietnam; El agente secreto (1996) de Christopher Hampt; El hombre que vino del mar (1997) de Beeban Kidron, solo para mencionar algunas.

El corazón de las tinieblas (fragmento)

La tierra parecía algo no terrenal. Estamos acostumbrados a verla bajo la forma encadenada de un monstruo dominado, pero allí, allí podías ver algo monstruoso y libre. No era terrenal, y los hombres eran… No, no eran inhumanos. Bueno, sabéis, eso era lo peor de todo: esa sospecha de que no fueran inhumanos. Brotaba en uno lentamente. Aullaban y brincaban y daban vueltas y hacían muecas horribles; pero lo que estremecía era pensar en su humanidad —como la de uno mismo—, pensar en el remoto parentesco de uno con ese salvaje y apasionado alboroto. Desagradable. Sí, era francamente desagradable; pero si uno fuera lo bastante hombre, reconocería que había en su interior una ligerísima señal de respuesta a la terrible franqueza de aquel ruido, una oscura sospecha de que había en ello un significado que uno —tan alejado de la noche de los primeros tiempos— podía comprender. ¿Y por qué no? La mente del hombre es capaz de cualquier cosa, porque está todo en ella, tanto el pasado como el futuro. ¿Qué había allí, después de todo? Júbilo, temor, pesar, devoción, valor, ira —¿cómo saberlo?—, pero había una verdad, la verdad despojada de su manto del tiempo. Que el necio se asombre y se estremezca; el hombre sabe y puede mirar sin parpadear.

Lord Jim (fragmento)

Por dos dedos, quizá un poco más, no superaba el metro ochenta, era de complexión fuerte y avanzaba hacia uno con paso firme, los hombros ligeramente caídos, la cabeza echada hacia delante y la mirada baja, clavada en su objetivo; recordaba a un toro dispuesto a embestir. Tenía una voz profunda, sonora, y sus gestos expresaban una tenaz confianza en sí mismo carente de cualquier agresividad. Diríase más bien una obligación, y, al parecer, no solo consigo mismo, sino con todos los demás. Su aspecto era impecable, iba ataviado de blanco níveo desde el sombrero hasta el calzado, y era muy conocido en los diversos puertos orientales donde se ganaba la vida como corredor comercial de proveedores de buques.

Un corredor comercial no debe superar prueba alguna bajo el sol, sino que debe poseer la habilidad teórica y demostrarla en la práctica. Su trabajo consiste en competir a la carrera, entre velamen, vapor o remos, con los demás corredores, a la zaga de cualquier bajel que esté a punto de arribar a puerto. Ha de saludar al capitán con jovialidad, forzarle a que acepte una tarjeta —la tarjeta de la compañía o la del proveedor de buques en persona— y, en su primera visita a tierra firme, dirigirle con decisión aunque sin ostentación hasta una espaciosa tienda, semejante a una caverna, repleta de los víveres y bebidas que se consumirán a bordo. Allí se puede conseguir todo lo necesario para que la embarcación esté en condiciones de navegar y luzca lo más hermosa posible: desde un conjunto de garfios para el cable hasta un librito de láminas de pan de oro para las tallas de popa. Allí, el capitán de fragata es recibido como un hermano por un proveedor de buques que no ha visto en su vida. Hay una sala fresca, poltronas, botellas, cigarros, utensilios de escritorio, un ejemplar del reglamento portuario y una cálida bienvenida que desprende la costra de sal marina con la que está recubierto el corazón del marinero tras una travesía de tres meses. El vínculo que se establece en ese momento perdura, mientras el barco permanezca amarrado a puerto, gracias a las visitas diarias del corredor comercial. Con el capitán es fiel como un amigo y considerado como un hijo, con la paciencia de un santo, la generosa devoción de una mujer y la jovialidad de un amigo del alma. Pasado un tiempo, llega la cuenta. Es una ocupación bella y humanitaria. Por ello, los buenos corredores comerciales escasean. Cuando uno de los que posee esa habilidad en la teoría cuenta con la ventaja adicional de haber sido criado para la vida en el mar, su patrón debe invertir en él un buen sueldo y mucha simpatía. Jim siempre obtuvo ganancias tan suculentas y una afabilidad tan exagerada que con ellas podría haberse comprado la fidelidad de un diablillo. No obstante, con una ingratitud incomprensible, despreciaba su puesto de trabajo de un día para otro y partía. Para sus patronos, las razones que argüía eran, claro está, inaceptables. En cuanto les daba la espalda, le gritaban: «¡Maldito chiflado!»; esa era su consideración sobre la exquisita sensibilidad de Jim.