Los escritores también se pelean

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Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, William Faulkner y Ernest Hemingway, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, Norman Mailer y Truman Capote son solo algunos de los escritores protagonistas de peleas que a veces excedieron el plano verbal.

¿Son interesantes estas disputas?, ¿aportan algo a los lectores?, ¿son producto de un debate profundo o más bien una lucha de egos?

Góngora y Quevedo eran ambos barrocos, aunque pertenecían a dos corrientes: el culteranismo y el conceptismo. Los culteranistas trabajaban más la metáfora, el desorden sintáctico y los términos con sus acepciones latinas; los conceptistas preferían los juegos de palabras, la agudeza verbal. Sin embargo, tenían muchos puntos en común y compartían los temas tan típicos del Barroco: la fugacidad de la vida, el desencanto, la oposición entre realidad e ilusión. Las disputas entre estos dos genios, obviamente, respetaban ese estilo que los caracterizaba: El autor de El Buscón decía de los versos de Góngora: “No los tomé, porque temí cortarme / por lo sucio, muy más que por lo agudo, / ni los quise leer, por no ensuciarme”. El autor de las Soledades no se quedaba atrás y acusaba a su adversario de inculto: “Con cuidado especial vuestros antojos / dicen que quieren traducir al griego, / no habiéndolo mirado vuestros ojos”.

Si pasamos a Faulkner, entre otras críticas, este le reprochaba a Hemingway su vocabulario: “Nunca usó una palabra que no se deba buscar en un diccionario”. Hemingway, por su parte, afirmaba: “Pobre Faulkner. ¿Piensa, realmente, que las grandes emociones vienen de las grandes palabras?”. Los dos encaran dos maneras totalmente opuestas de concebir la literatura e incluso la vida. El autor de París era una fiesta era un hombre extrovertido, un aventurero que, incluso, salía en las tapas de las revistas de moda. El creador de Luz de agosto, en cambio, era más perfil bajo y algo ermitaño. Esto se traslada a la literatura: dueño de un estilo despojado con una gran influencia de la escritura periodística, Hemingway postula su “teoría del iceberg”, la que le permite decir poco, pero dejar entrever mucho; Faulkner es el maestro del monólogo interior, de las oraciones larguísimas, de la complicación sintáctica.

Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, ambos escritores del boom, fueron muy amigos hasta la tarde del 12 de febrero de 1976 en México D. F. Parece que el autor de La fiesta del Chivo andaba en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes cuando el colombiano se acercó a saludarlo. Después de intercambiar unas palabras, el autor de Cien años de soledad recibió un puñetazo en la cara con estas palabras “¡Esto, por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona!”. Ninguno de los dos aclaró nunca el asunto, pero tampoco retomaron la amistad.

Norman Mailer tuvo enfrentamientos con varios escritores: William Styron (por una supuesta burla a la segunda esposa de Mailer) y Gore Vidal (ambos se agredieron públicamente después de que Gore lo comparara con Charles Manson), pero la pelea más famosa fue con Truman Capote a quien amaba y odiaba al mismo tiempo. Buscaban cualquier excusa para discutir: desde Kerouac y la Generación beatnik, a quienes Capote despreciaba, hasta La canción del verdugo la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer y que, sin embargo, le debe mucho al estilo del creador de A sangre fría.

En fin, más allá de la creatividad o del vuelo literario de algunas de estas discusiones, los escritores nos muestran su costado vulnerable, sus miedos, sus gustos personales y nos obligan a los lectores a profundizar un poco más en sus obras. Después de todo, los seres humanos tendemos a radicalizar todo y a meternos en disputas en términos de blanco y negro. Afortunadamente, en literatura podemos amar al mismo tiempo a Góngora y Quevedo, a Faulkner y Hemingway, a Vargas Llosa y García Márquez, o a Mailer y Capote, algo que merece ser celebrado.