Etiquetas o conceptos

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En estos tiempos de la post verdad o del triunfo de una retórica vacía (al menos la escolástica medieval tenía el buen tino de usar el poderoso aparato de la lógica aristotélica), es bueno recordar que una etiqueta no es un concepto. Es cierto que ambos pueden representar categorías, pero hay una sutil (?) diferencia entre unas y otros.

Las primeras suelen ser usadas como categorías monolíticas, que no brindan sutilezas y lo peor, es que no permiten el armado de nuevas categorías. Están clausuradas, cerradas y herméticas. Suelen usarse para descalificar o como clasificaciones multiuso. Son más una marca, una señal más que un concepto. Muchas de las clasificaciones que utiliza el sentido común, pueden ser categorizadas como meras etiquetas. Y aquí el sentido común no está tomado en sus aspectos positivos, sino como la cristalización de todos los prejuicios.

Las segundas suelen ser usadas desde una perspectiva más reflexiva. Son categorías ciertamente complejas, al menos en el sentido de que están compuestas por una serie de atributos conocidos. Permiten un tipo de identificación que favorece una reflexión posterior, que asume al conocimiento como lo que es, una especie provisoria, siempre sometida a la crítica y por lo tanto a la mejora. Son también afirmaciones sobre el estado del mundo, pero que no se cristalizan ni pretenden englobar, en una fórmula sencilla, una situación cuando menos complicada.

Un claro ejemplo lo encontramos en la diferencia entre “raza” y “grupo étnico”. El primero es un típico caso de etiqueta. Bajo la raza se engloba a una multitud de diferencias en una única característica, generalmente negativa (aunque no necesariamente). El objetivo es reducir la complejidad, indiferenciar en un todo falaz cualquier atisbo de duda, aniquilar la reflexión. “Todos los xxxx (ponga aquí a su enemigo favorito) son ladrones” y no hacen falta pruebas ni evidencias. El segundo es un claro caso de un concepto. La definición de grupo étnico implica un conjunto de atributos que van desde la autoadscripción hasta los rasgos diacríticos (que son señales o signos materiales como ropas, adornos, acentos en el uso del lenguaje, etc.). Por definición los atributos son dinámicos y por lo tanto también el concepto general. La propia definición abre la posibilidad del debate, no intenta clausurarla como sucede cuando se aplica una mera etiqueta.

Un claro caso de etiqueta sucede con la palabra “populismo”. Cada uno interpreta lo que quiere y lo utiliza sin mayor análisis. En general se utiliza para denominar a algún enemigo político. Hace unos años se usaba la etiqueta “demagogia” con el mismo sentido. Es tan cerrada la definición que incluso caben elementos contradictorios en su interior. Así, por ejemplo, entran en su seno gobiernos tanto de derecha como de izquierda, gobiernos pro mercado y gobiernos con una fuerte presencia del estado, medidas que favorecen a mayorías o que favorecen a minorías. No importa, porque el objetivo no es arrojar luz sobre un fenómeno particular, sino etiquetar, colocar una marca casi a la manera fascista.

Pero no sólo el sentido común abusa del etiquetado. La ciencia también incurre en la misma falacia. En ciencias sociales se abusa de la etiqueta “positivismo”. Lo que alguna vez fue un concepto para identificar a algunas escuelas epistemológicas, se ha convertido hoy en una etiqueta que sirve para señalar a todos aquellos que no piensan como uno. Algún día habrá que escribir la historia de los positivismos a lo largo del tiempo y dejar de banalizar al concepto.

En nuestra sociedad quien hace uso y abuso de las etiquetas, es la industria publicitaria. Claro los objetivos de la publicidad son justamente que uno no reflexione acerca del producto que nos venden, sino convencernos de sus ventajas, enfatizando que los consumidores hagamos el menor esfuerzo. Nadie puede negar el impacto de la publicidad. De lo que se trata es de que no imitemos sus métodos en nuestra vida cotidiana.