Asesinato en el Expreso de Oriente, Kenneth Branagh

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Un tren —el Expreso de Oriente—, una travesía, Atenas-París, un asesinato en uno de los vagones de primera clase, doce pasajeros, un detective que se encuentra allí por pura casualidad y una duda: ¿quién es el asesino? Pero antes de eso habría que preguntar, ¿quién es el asesinado? Con estas premisas, en 1934, la escritora Ágata Christie sorprendió a los amantes del género policial, con una de sus más brillantes novelas de misterio.

Asesinato en el Expreso de Oriente es su novela número 14 y la octava en donde aparece el emblemático detective Hércules Poirot. Fue llevada al cine por Sidney Lumet en 1974 con un reparto multiestelar, tanto o más que en esta nueva versión. En la película de Sidney Lumet se codeaban actores de la talla de Lauren Bacall, Ingrid Bergman, Jaqueline Bisset, Sean Connery, Anthony Perkins, Vanessa Redgrave y Albert Finney como el detective Poirot. En la versión de Kennet Branagh, que además de dirigirla personifica al detective, la producción de Ridley Scott no escatimó en gastos.

Veamos: Johnny Deep es el gángster asesinado; Michelle Pfeiffer, la viuda; Penélope Cruz, una misionera; Williem Dafoe, el historiador y Judi Dench, la condesa, entre otros actores menos conocidos que encarnan al mayordomo, al conde, a la criada, al doctor, a la institutriz, a la princesa y al asistente. No vamos a entrar en las inevitables comparaciones con el film de Sidney Lumet, pero sí con el libro en que se basó esta nueva versión de uno de los clásicos de Ágata Christie, la novelista más vendida de todos los tiempos después de Shakespeare y La Biblia.

Según las versiones de la época, el argumento del libro está basado en un hecho real ocurrido en Inglaterra en 1932. Es el disparador de donde parte el resto de la trama: el secuestro de la pequeña hija de la familia Armstrong, que se narra en la ficción, sucedió  con el hijo de la familia Lindbergh. A pesar de haberse pagado el rescate, el pequeño fue encontrado muerto. Esto nos lleva a un sujeto llamado Cassetti, probable secuestrador y asesino del pequeño. ¿Qué tiene que ver Samuel Ritchett, víctima fatal en el Expreso de Oriente con Cassetti? Investigar su pasado, después de muerto, es lo que lleva al detective a averiguar qué pasado turbio escondía la víctima y, como parte de su pesquisa, qué pasado esconden cada uno de los pasajeros.

Otro de los elementos que aprovechó Ágatha Christie para su novela fue el hecho de que el Orient Express, un tren que ella misma tomó en 1928, quedó varado en febrero de 1929 por una ventisca de nieve cuando atravesaba Turquía, tal como ocurre en su historia.

Todo esto, sumado a una ingeniosísima trama en donde conjugó doce personalidades diferentes llevó a la escritora a montar un mecanismo de relojería que luego desmonta sin que quede ningún cabo suelto. Tal es así que se ha dicho que el asesinato de Samuel Ratchett hubiera sido el crimen perfecto si no estaba en el tren Hércules Poirot, y por supuesto, el ingenio de su creadora.

La película de Keneth Branagh es preciosita en el detalle, en la ambientación, en la iluminación y en la caracterización de los personajes. Los planos se diversifican para ganar originalidad en cuanto a que todo está filmado dentro del tren mismo. De todos modos, hay algunas secuencias externas en donde el paisaje nevado otorga una estética majestuosa tanto a las montañas como al mismo tren que, no nos olvidemos, es un personaje más.

El film comienza en Jerusalén, más precisamente en el Muro de los Lamentos. Allí vemos al detective Poirot en acción. Resuelve, mediante su inteligencia, el robo de un cofre. Hay tres sospechosos: un sacerdote católico, un musulmán y un rabino. La nota de humor está en haber puesto las tres religiones en el banquillo de los acusados. Mediante la lógica, el inefable Poirot logra descubrir, para asombro de todos,  quién es el ladrón.

Su mundo es así de perfecto y lógico. Y se encuentra cómodo en él; es su esencia, su forma de vida. Nada puede estar fuera de lugar en ese mundo deudor, si se quiere, del Siglo de las Luces, ni siquiera la corbata de sus interlocutores a quienes les cuestiona constantemente su falta de simetría.

Esta secuencia, aislada del resto del filme, es solo para darnos un perfil del detective, una mezcla entre Auguste Dupin y Sherlock Holmes. Una eminencia conocida en todo el mundo. Y es por esta misma razón que el gángster interpretado por Johnny Deep lo increpa en el vagón restaurante para que descubra quién quiere asesinarlo. Tiene motivos para estar asustado, alguien le deja notas intimidatorias. Claro que Poirot no accede a dicho pedido. “No acepto, no me gusta su cara”, le dice sin tapujo.

A la noche, Ratchett aparece asesinado. A partir de entonces, Poirot tiene que deducir quién fue el asesino. Una tarea ardua; un claro ejemplo de asesinato en un cuarto cerrado, como la famosa novela El Misterio del Cuarto Amarillo (1907) de Gastón Leroux. Como en una torre de Babel, cada uno de los pasajeros del tren representan una nacionalidad diferente: Estados Unidos, Inglaterra, Francia, India, Rusia, Alemania, Hungría, Suecia e Italia se congregan en un sinfín de oficios y profesiones. Claro que todas pueden ser falsas, como sus nombres, como sus motivos para estar en ese tren, como la amabilidad que ostentan para con el detective que apareció sin que nadie lo hubiese requerido. El único había sido Ratchett, pero ya no se encuentra entre los presentes.

Si bien la primera parte de la película es un poco confusa y algo tediosa, pasada la primera hora, cuando el tren queda varado por un alud de nieve y el desenlace se precipita urgido por el poco tiempo que queda para resolver el crimen antes de ser rescatados, el film toma impulso con las intervenciones magistrales de Michelle Pfeiffer y del mismo Kennet Branagh. Como en un cuadro de Leonardo da Vinci, una vez terminada la investigación, todos los sospechosos, como si fuesen los doce apóstoles, son puestos como si estuvieran posando para el cuadro La última Cena. Allí, en un paraje helado como el Cocito, ese río congelado del infierno de Dante son comunicados por el investigador belga de sus conclusiones. Más de uno, sino todos, se verán sorprendidos por la astucia del detective.

Más allá de ser una película de suspenso, de misterio o policial, es una película en dónde se plantea hábilmente el mundo gris en el que vivimos. El mensaje pareciera ser que no hay blancos y negros. Ni siquiera en la justicia. Ni siquiera en la moral o en la ética. Esto es lo que descubre Hércules Poirot de manera devastadora. Un ser que todo lo resuelve a base de ingenio, una persona que se maneja con las garantías que le da su propia lógica, en donde no hay vida para los tibios o los grises, se da cuenta que estaba equivocado. Creo que este es el gran hallazgo de la película y del libro: no podemos juzgar a nadie desde nuestra concepción de justicia cuando no sabemos cómo actuaríamos nosotros mismos ante una situación similar. En este sentido la emoción y el desconcierto del personaje que encarna Keneth Branagh es muy parecido al que interpretó como Kurt Wallander en la serie de Netflix, el policía existencialista creado por el escritor sueco Henning Mankell para su saga de 12 libros.

Los ojos llorosos de Poirot, al final de la película, cuando todas sus creencias se derrumban, es el tiro de gracia a su propio ego. Si bien resuelve el crimen, no se alegra por ello, al contrario, se siente abatido y dispuesto a ocultar el resultado de su investigación a las autoridades.

No se puede adelantar nada. Por respeto a los que no leyeron el libro ni vieron la película, pero más que nada por respeto a no perderse los tramos finales en donde se muestra con toda crudeza cómo la ecuación de uno más uno no siempre es dos.

Las primeras estrofas del tema Believer con el que se difunde el tráiler de la película, son muy elocuentes con respecto a lo que quiere transmitir el cambio de paradigma del detective: Antes que nada, primero voy a decir todo lo que tengo en mi cabeza. Estoy destrozado y cansado de cómo han sido las cosas. Cómo han salido las cosas. Segundo, no me digas lo que creas que puedo ser.

Palabras de un tema de la banda Imagine Dragon que Ágatha Christie bien pudo haber puesto en boca de Hércules Poirot, el atribulado detective, cuando descubre que la venganza es un plato que se sirve frío.