Al centro de la tierra

0
0

Bellísimas imágenes en una historia que muestra lo que pueden la pasión y la fe

- Publicidad -

Presentada en la Competencia Oficial Argentina del BAFICI y ya comentada por el colega Luis Zas, llega ahora a los cines “Al centro de la tierra”, producción de Daniel Rosenfeld (“Cornelia frente al espejo”, “La quimera de los héroes”).

Filmada mayormente en Cachi y Tolar Grande permite captar la enorme belleza de los valles calchaquíes y la Puna, en la provincia de Salta. Y lo hace aportando una historia de gran ternura en la que un padre (Antonio Zuleta), viudo y con dos hijos, intenta transmitirles su pasión por los OVNIs.

Mirá también nuestro comentario en BAFICI 2015

Para ello se sirve de una cámara super 8 en la que viene registrando desde hace veinte años filmaciones de supuestos objetos voladores no identificados. En un viaje a Buenos Aires, acompañado de sus hijos, hace una visita a Fabio Zerpa y se las muestra relatando un episodio de 1995 en que dice que “lo siguió una nave gigantesca, que seguro no era un avión”. Claro que el comentario que recibe no es todo lo satisfactorio que hubiese esperado.

Pero ese episodio no afecta en lo más mínimo su fe inquebrantable y lo lleva a visitar a un amigo que trabaja en una fábrica de construcción (¿quizás armado?) de helicópteros. Lo convence para que lo acompañe hasta Salta y allí arranca un capítulo visualmente impactante, cuando el dúo se dirige hacia la zona presuntamente “visitada” por las naves.

Ese amigo lleva consigo una serie de equipos para “detectar señales infrarrojas y también campos magnéticos”, a lo que Antonio afirma “no confiar en esos aparatos”.  El Gordo, así lo llama, es todo un personaje con gorrita de la NASA y defensor de la “Ufología eficaz”.

Los últimos veinte minutos son de una belleza impactante en que la cámara de Rosenfeld, con el aporte de Ramiro Civita en la dirección de fotografía, logra imágenes pocas veces vistas. Todo contribuye a un espectáculo que sólo puede disfrutarse en una buena sala de cine, con el excelente sonido de Gaspar Scheuer, la música de Jorge Arriaga, más obras para piano de Brahms y Debussy y formato ancho (Cinemascope).

Este falso documental es en verdad una historia de amor filial y donde bien puede aplicarse la famosa frase que afirma (en un doble sentido) que “la fe es capaz de mover montañas”.