A la buena de Dios, Juan Ignacio Fernández

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La quebrada, un tajo de tierra, se impone y lenta va cuchilleando anochecer. Allí, apenas una luz ilumina a las tres hermanas que en el medio de la ruta-altura están varadas, sin combustible. Dirección errónea, mapa desleído, suspendidas en la soledad escurridiza de la quebrada. Como quien diría: a la buena de Dios.

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Como escalón musical la Amalia, la Sofía y la Estela, una escalerita de años y voces que va desde la hermana mayor-madre hasta la aguda y rebelde Estela que destella insolencia, empieza, claro, el baile del discute. Las tres no podían ser más distintas, ni las tres estar más atadas al mismo destino filial. Ahí están a medio camino de cumplir su deber cristiano de llevar víveres cristianos a un querídisímo cura, a medio camino de su acto de bien. Todo hubiese ido como lo pensado, si entre el floreo culpas y reproches de la cómoda inacción, la insolente Estela no hubiera dejado el auto y a sus hermanas para salir a buscar quién sabe qué ayuda. Cual sería la sorpresa de su vuelta que, como parábola samaritana hecha ocasión,  digno de lástima, aparece él, Juan Ismael, herido y maltrecho. Entre enloquecidas de misericordia y otro tanto de hormonas el cruce ya comenzó. Juan Ismael es el primero de los tres hombres que tejerán caminos junto a las tres hermanas.

La historia cuidadosamente construida con sus momentos de humor, tragedia y una ferocidad in crescendo se va engarzando en la mirada hasta tal punto que se olvida, quizás,  un elemento curioso de esta obra. Porque, para los sorprendidos, aquí hay varones que llevan volados, y mujeres que meten la mano en el bolsillo. Sí, consciente de esta decisión escénica, la hábil directora Tatiana Santana, que tiene en su haber la dirección de obras nada menos que como Chachafaz, da una vuelta de tuerca a la obra de Juan Ignacio Fernández y va más allá. Sin trucos de por medio, ni ninguna tapera que “engañe” al espectador, los actores son las hermanas en  apuros y las actrices los varones que portan obvia la ferocidad latente. Santana señala que entre los múltiples corrimientos que se producen en la obra “hay un corrimiento de los limites, sobre qué es género y qué es la identidad. La gente cuando los ve a ellos y a ellas se olvida de que está viendo a personas de otro género, de que están representando. Y, eso permite una flexibilización mental, limites corridos, se olvida el género, porque lo importante es la situación, el poder y su abuso,  junto a la violencia que se ejerce y se va trasladando, de mano en mano.” Detalle: sí, es la quebrada de Belén, pero en los 70.

Siniestras resonancias históricas de por medio, el peligroso y tan conocido: nos perdimos, los personajes rompiendo dique en un desenlace inesperado. Todo esto, sobre el escenario, donde al final, la propia quebrada a la que se mira con vacía desesperación, no es más que el mismo público. Y, entonces, ¿a quién no le gustan las alturas?

 

A la buena de Dios

Jueves 2, 16 y 23/11 a las 20.30

En el Camarín de las Musas