Los perros

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Antes que un film sobre la dictadura chilena o sus reverberancias, Los perros es un film sobre una mujer, Mariana, que entra a la madurez de la vida, entre otras cosas, con el último intento de ser madre a través de un tratamiento de fertilidad. No se la nota muy feliz con esto y se rebelará por cierto. Como no se la nota muy feliz con nada, en realidad.

Es hija de un poderoso hombre de la sociedad chilena (detrás del nombre de La Forestal uno imagina temas sociales de todo tipo) y maneja una galería de arte. Al comienzo, las tomas fotográficas de las máscaras monstruosas previene algunas de las cosas que vendrán. Habrá tres menciones a esta actividad artística de Mariana: esa primera escena, la exposición de las fotos y la compra caprichosa de una escultura de un perro a un artista en medio de una fiesta trash. Los perros reales, tal vez de los que hable el título, son dos: en la primera parte, un mestizo que es amenazado por su vecino si sigue apareciendo en su terreno; el otro, un dálmata, símbolo de un “perro para mujeres”, regalo naif de su marido que ella se ocupará de recalcar. Sobre la interpretación simbólica de perros y caballos en la película de Said deberá ocuparse el espectador, que se verá inmerso en el doloroso clima de estos pasados que podría ser el de Argentina, o de cualquier país latinoamericano que haya sufrido una dictadura con la complicidad de muchos sectores sociales. El plano sostenido sobre el cuadro de la niña con los perros también tendrá su eco.

Mariana, como toda señora rica, está obligada a cumplir con los deberes y obligaciones de su clase, hace deporte de ricos, y su profesor de equitación resulta ser un coronel retirado acusado de participar en un centro clandestino, cosa que ella irá descubriendo de a poco. El le termina confesando que no se arrepiente. Mariana no es tonta, se hace la tonta. Forma parte de su rebeldía, de su disconformidad con el mundo, con su matrimonio seguramente por conveniencia.

El trabajo de su protagonista, Antonia Zegers, es notable. Sabe cargar a su personaje de variantes, de ambigüedades y de riesgos como por ejemplo, el de ser una mujer de 40 años que no conoce lo que pasó en su país. Mariana conoce perfectamente lo que pasó, solo que no le interesa. Si ella se acerca a esa historia es por el juego amoroso que decidirá entablar con este hombre peligroso, un juego de amantes “a lo Camilo Sesto” o como dice la canción que escuchan juntos: “un amor como el mio no se puede ahogar/como una piedra en un río un amor como el mio no se puede acabar/ni estando lejos te olvido, y no se puede quemar porque esta hecho/de fuego,ni perder ni ganar”.

Con este hombre Mariana soñará brevemente en escapar a Mendoza, del otro lado de la cordillera, huyendo además de esa opresiva sumisión femenina a la que la someten., tanto a ella como a todas esas mujeres.

Hay un universo en Said que de algún modo continúa el que había planteado en El verano de los peces voladores, una película más cerrada y alegórica, pero que también se ocupaba de algo que la sociedad chilena oculta: la dominación ancestral sobre los pueblos originarios. También allí hay perros, pero sobre todo hay peces enterrados, aplastados por pies de niños, también dinamitados.

Muy interesante Los perros. Hay que darle una oportunidad a esta coproducción entre Chile, Francia, Argentina, Alemania y Portugal que escribió y dirigió notablemente la chilena Marcela Said, despues de

Se estrenó en la última Semana de la Crítica en Cannes, que acaba de recibir el Premio al Mejor Largometraje de Ficción en el  Festival de Cine de Biarritz y el Premio Horizontes Latinos en el Festival de San Sebastián.