“El espectador agradece cuando se lo considera”, Tatiana Santana

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Humor, buenas actuaciones y un final inesperado es parte de lo que ofrece A la buena de Dios, una obra escrita por Juan Ignacio Fernández y dirigida por Tatiana Santana.

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La historia tiene elementos fantásticos y no está exenta de poesía: en una ruta abandonada, tres hermanas se encuentran con un periodista que escapa de un policía, y de allí en más, casi todo es posible. Conversamos con Tatiana que nos cuenta un poco más de la obra.

Como directora, ¿cómo elegís las obras con las que querés trabajar?

En principio, me interesan los autores. Si veo o leo alguna obra que me llama la atención, trato de conocer más sobre quién la escribió. En general son obras que contienen mucho humor, alguna referencia histórica o social, y que plantean algún desafío escénico por su propia libertad.

¿Qué te convocó de A la buena de Dios?

El autor plantea un mundo cuasi mágico y liminal: la Quebrada de Belén, una ruta desértica, el precipicio, la noche que va cayendo, los zorros y el peligro que se van acercando. Sabía al leerla que escenificar ese mundo iba a ser un desafío y un disfrute interesante. Los diálogos están muy bien escritos y la mayoría de los personajes son entrañables, muy humanos y muy diferentes entre sí. El texto te va llevando por distintas sensaciones hasta que cierra sorpresivamente. Hay que afrontar la dificultad que conlleva ese cambio tan abrupto, la graduación escénica que requiere para que sea integrado y asimilado.

Además, Juan y yo somos compañeros del taller de dramaturgia de Andrés Binetti (espacio donde se escribió esta obra), por lo que conozco su mundo creativo desde la cocina y hacía mucho tiempo que tenía ganas de dirigir alguno de sus textos.

¿Cómo la definirías en pocas palabras?

Es una obra sensible que toca fibras de nuestro pasado y presente, con mucho humor, excelentes actuaciones y con un final inesperado.

¿Qué tuviste en cuenta para hacer la puesta?

Mi primera decisión de puesta fue intercambiar los géneros entre actor/personaje: los hombres hacen de mujeres y viceversa. Esa apuesta genera risa, nos libera de prejuicios y permite que las situaciones dramáticas puedan ser vistas con más amplitud. Disfrutamos mucho con el elenco del trabajo de composición de cada uno y de los vínculos entre sí.

Por otro lado, con el equipo creativo trabajamos con una línea: recrear el mundo de la obra pero sin enmascarar nada. El vestuario no intenta disimular que los intérpretes no son del género que representan, y la escenografía quiere generar la sensación de inmensidad espacial, pero no deja de incorporar la sala teatral y sus elementos. Se generó así una unidad versátil que se suma al relato de una época (fines de los 60), aportando su cuota de actualidad, de presente mixturado.

Entre tantas propuestas teatrales, ¿qué características debería tener una obra para perdurar un poco más en cartelera?

A mi entender, la mayoría de las obras que vienen disfrutando de largas temporadas (Los Coleman, Como si pasara un tren, El amor es un bien, entre otras) tienen condimentos claves como el humor, las buenas actuaciones, la sencillez bien entendida y la identificación que generan en el espectador. Son obras que están pensadas para ser representadas a otros, compartidas con otros y no como creaciones artísticas endogámicas. El espectador agradece mucho cuando se lo considera, y eso se refleja en su asistencia al teatro.

Todos los jueves a las 20 en el Camarín de las Musas (Mario Bravo 965)