Encerrada, Ariana Pérez Artaso

0
0

Fue la mujer más hermosa que mis ojos hayan visto. (Palabras del párroco de Eczed, pueblo de Hungría, cuando oficiaba los funerales de Gabrielle Erzsébet Báthory-Nadasdy).

- Publicidad -

Lo primero que llama la atención de la puesta en escena del director Alejandro Caprotta es cuando ingresamos a la sala. El espacio que nos espera detrás de la puerta es sombrío, se escucha una música de fondo de neto corte gótico, hasta pareciera que nos invade el frío de las paredes de un castillo de los Montes Cárpatos, emplazado ahora en el corazón de Buenos Aires.

La obra ya ha empezado y, mientras se siguen ocupando las butacas, nos sumergimos en un cadalso del siglo XV. Y, desde esa posición cómoda de espectador, alcanzamos a distinguir —una vez acostumbrados nuestros ojos a la penumbra rojiza— un cuerpo echado sobre el piso, ilusoriamente desnudo, en posición animal, de espaldas a nosotros, acariciándose de manera espasmódica, abrazándose a sí mismo con manos como garras; un cuerpo retorcido que, intuimos, se encuentra a merced de un destino espantoso. Estamos en presencia de los últimos días de una mujer poderosa, aristocrática, acusada de haber cometido una verdadera orgía de sangre.

Erzsébet Báthory, la condesa de Eczed, encerrada por años en un lúgubre espacio carcelario —en el cual imaginamos estar— y acusada de crímenes atroces, se encuentra delante nuestro para contarnos su versión de los hechos.

El deseo de la eterna juventud, de la belleza incorruptible, de la frescura y lozanía de una piel siempre joven, es un deseo que se mantiene inalterable a través de la historia. Aunque no sea posible acceder a semejante concesión, siempre se la busca.

Ya desde los primeros textos escritos que se conocen como el de Gilgamesh, el héroe sumerio que fue en busca de la inmortalidad, hasta esa exclamación desesperada que Oscar Wilde puso en boca de Dorian Gray: Ah, si fuera yo siempre joven…¡Por eso lo daría todo! ¡Por ello daría hasta mi alma!, la juventud eterna siempre estuvo presente en nuestro imaginario como una meta a alcanzar. Somos conscientes de nuestra finitud, y por eso mismo siempre intentamos detener el tiempo, pero ¿es posible hacerlo?

Encerrada nos habla de eso. De la búsqueda de la juventud eterna; de esa búsqueda a cualquier costo para evitar el paso inexorable hacia un destino de soledad, porque de eso también trata la obra: de la soledad, del abandono, de la vejez y del olvido.

Basada en la historia de la condesa Erzsébet Báthory (1560-1614), declarada culpable por haber secuestrado a más de seiscientas mujeres jóvenes para torturarlas y desangrarlas en su castillo de Csejthe en Hungría, la actriz Limay Berra Larrosa se pone en la piel de este personaje escalofriante para enfrentarnos a nosotros mismos: a nuestro miedo al paso del tiempo, al inalterable avance del reloj biológico que se pone en marcha desde que nacemos.

Limay Berra, en una actuación memorable e intensa, se nos aparece al principio como un animal furibundo que desea por todos los medios demostrar que su acción está de alguna manera justificada. No en vano exclama desaforada que ser mujer implica mucho más que ir a conquistar nuevas tierras como lo hace su marido, el conde Ferencz Nadasdy. No basta con ser mujer, nos grita en la cara. Además hay que parir, hay que limpiar, hay que ser culta, hay que atender y cuidar el lugar de pertenencia, hay que ser ama y señora, parir otra vez y lucir bella, ser agradable; parir otra vez y lucir delgada y hermosa y parir nuevamente y, por sobre todas las cosas, nunca dejar de ser joven. Un enorme sacrificio del alma, del espíritu y de la carne. ¿O no es lo que desean los mismos que me condenan? parece decirnos entre aullidos desgarradores.

Ha corrido mucha agua bajo el puente y la sociedad en general, y la mujer en particular, sufre las consecuencias de dicha obsesión: la mujer debe ser inteligente, delgada y hermosa, pero por sobre todas las cosas: joven. Si bien Pérez Artaso toma a la condesa como símbolo de las exigencias que sufren las mujeres hoy en día, este mensaje trasciende toda época, todo sexo, toda condición social y llega hasta el presente con la misma fuerza de antaño.

Hay muchas lecturas posibles en Encerrada, pero una muy original es la que direcciona Pérez Artaso; la del despojo.

Una vez sentenciada por la matanza de jóvenes campesinas y algunas doncellas de la nobleza —estos últimos secuestros fueron los que la llevaron a la perdición, no era lo mismo derramar la sangre roja de los pobres que la sangre azul de los ricos— y acusarla de haberse bañado en esa sangre para proporcionarse la juventud eterna, a Erzsébet Báthory no solo la despojaron de su libertad, sino de todos sus bienes. Una acusación por demás conveniente; sus tierras fueron repartidas entre muchos nobles que las codiciaban.

Apresarla fue una forma de correrla del camino, de despojarla de todas sus posesiones y poder, dice Pérez Artaso en el reportaje que le hiciera Adriana Santa Cruz para Leedor. Sin marido —había muerto en una de sus campañas—, sin esclavas, sin sus orgías sangrientas, la condesa, otrora poderosa,  quedó a merced de lo que más temía: la vejez y la soledad.

Esos últimos días antes de su muerte, prisionera en su mismo castillo, rodeada de espejos oscuros, con la arrogancia de todavía pertenecer a una familia real, es lo que Pérez Artaso describe en el personaje de Encerrada; una obra sombría, densa, oscura y asfixiante.

Con su atuendo negro, sus baños de sangre —reminiscencia de un pasado condenable— y, por sobre todo, su descarnado papel de una condenada que todavía parece no entender la gravedad de sus crímenes, la actriz Limay Berra pasa de la justificación a la acusación, de la sensualidad a la animalidad, de la inocencia a la perversidad en un registro actoral encomiable. Ser mujer requiere muchos sacrificios, ¿por qué me condenan por eso?, parece decirnos desde su pozo de piedra.

Erzsébet Báthory, la condesa obsesionada con la juventud; una historia macabra que inspiró a Sheridan Le Fanú para escribir Carmilla (1872), y a Alejandra Pizarnik para su libro de ensayos La Condesa Sangrienta (1966). Una gran metáfora sobre el paso del tiempo y de cómo convivir con una espada de Damocles sobre nuestra cabeza sin caer en la desesperación.

La dramaturga Ariana Pérez Artaso supo captar la esencia de esta gran parábola sobre la existencia humana de la mano de una actuación memorable de Limay Berra Larrosa, una sólida dirección de Alejandro Caprotta y una música a cargo de Federico Coccini que logra transmitir una atmósfera inquietante y sugerente.

Cuándo: viernes a las 21.30.
Dónde: Espacio Templum (Ayacucho 318).
Reserva de entradas desde el teatro (4953-1513) o por Alternativa Teatral.