“Me gusta escribir para los espectadores”, Carlos Diviesti

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Todos los sábados en ElKafka Espacio Teatral, se puede ver La soledad de las estrellas fugaces, con texto de Carlos Diviesti y con la dirección de Emiliano López. Delia y Zully son hermanas que quieren vivir a través de lo que ven en una pantalla de cine.

Charlamos con Carlos Diviesti, dramaturgo, quien además estudió Letras, Periodismo y Guion cinematográfico. En 1999 estrenó por primera vez esta obra que ahora vuelve a escena protagonizada por Vera Czemerinski, Catalina Krasnob y Facundo Abraham.

¿Cuánto influye tu experiencia en el cine en la construcción de tus obras de teatro?

Quizás no influya más que en cuestiones de estructura dramática (me gusta más estructurar los momentos de la escena como si fueran los puntos de giro de una película), pero si me pongo a pensar un poco más, podría decirte que la influencia es mucho más grande cuando hablamos de temas, de géneros, de modelos de actuación, de personajes. En ese sentido, el cine es fundamental para mis piezas teatrales, y sobre todo el cine clásico más clásico, ese anterior a los años 60, cuando las nuevas olas y la televisión modificaron la forma del cine y le dieron los bordes que todavía conocemos. Es así que me aparecen formas y escuelas –las formas expresionistas, el cine europeo–, guionistas –Billy Wilder y Charles Brackett, Paddy Chayefsky, Cesare Zavattini, el Alejandro Casona que adaptaba grandes títulos de la literatura para el cine argentino–, directores –F. W. Murnau, Joseph von Sternberg, John Ford, King Vidor, Marcel Carné, Mario Soffici–, actores de toda laya y que no es tan importante nombrar, y todo mezclado se adecua a esa clase de historias que me gusta contar a mí: historias de gente común enfrentada a situaciones extraordinarias. Es que me gusta escribir para los espectadores, para esa gente que se sienta en una sala a ver cómo su vida podría ser una obra de arte.

¿Más allá de la imagen, qué relaciones podés establecer entre cine y teatro?

El cine le debe absolutamente todo al teatro. El cine tal como lo conocemos no existiría sin el teatro. A lo mejor es arriesgado decirlo así porque podríamos pensar que el cine le debe más a la literatura, y hasta podríamos decir que el texto teatral también es literatura, pero pensar eso solamente por ese lado me parece que es un error, un craso error. Tanto las salas de cine como las de teatro son espacios donde el espectador contempla lo que se les ofrece en una pantalla o sobre el escenario. La construcción del cine deriva de esta contemplación teatral de esos hechos ficticios narrados con palabras, con gestos, con mímesis, y se lo debe desde que el cine dejó de ser la contemplación de fotografías en movimiento y se transformó en un nuevo vehículo para contar historias. Luego (o a lo mejor siempre) se diferenciaron el cine y el teatro por los soportes que utilizaron para concretar sus fines; mientras que el cine es una construcción mecánica, el teatro no puede prescindir de lo humano para tener entidad. A diferencia del cine que puede prescindir de las salas para proyectarse, el teatro necesita de un espacio escénico (escenario y auditorio) y de la gente que lo puebla (los actores, los técnicos que llevan adelante la función, los espectadores que la observan). Todo lo demás es anecdótico, coyuntural, hasta diletante. Todas las épocas tienen su mirada respecto de ciertas ocupaciones, pero a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, el cine y el teatro no cambiaron esa comunión esencial del principio.

La soledad de las estrellas fugaces es de tus comienzos en el teatro, ¿tuviste que modificar algo para esta versión 2017?

Las modificaciones que le hicimos a la pieza estrenada en 1999 fueron nada más que de forma y se preocuparon por mejorar el ritmo interno de las frases que por agregarle texto a lo ya contado. Es que el tiempo transcurrido desde el primer estreno al estreno de este año se nota en la duración de las frases y en la respiración que deba utilizar el actor no solo para transmitir un concepto, sino también para crear otros sentidos. Nuestro tiempo no es el mismo que el de 1999, el nuestro es mucho más rápido, mucho menos reflexivo. El sonido es vital para las cosas que escribo, y no me refiero a la creación de ruidos o a la música que se escuche en la escena; me refiero a algo que muchas veces pasa a segundo plano: me refiero al sonido de las palabras, a cómo el sonido de una letra pronunciado con cierta intención cambia por completo la imagen y el sentido de lo dicho. En La soledad de las estrellas fugaces es indispensable respetar el texto tal como está escrito no por capricho de autor, sino porque la disposición de las palabras crea un verosímil respecto de la época en la cual se desarrolla la acción, que es la de fines de los años 40. Eso ya estaba planteado cuando escribí la obra, y es quizás lo que la diferencia de otros textos que se hayan escrito sobre esta temática o su época. En esta obra la gente habla como se hablaba en el cine de entonces, con esas palabras cuya afectación indicaba clase o instrucción alcanzada, y cuyo sonido podía establecer jerarquías o liderazgos. Es un trabajo muy lúdico por un lado y muy responsable por el otro; lúdico porque elegir las palabras es ponerse a jugar con ellas, y responsable porque jamás esa elección debe ser azarosa. Las palabras modificadas para esta versión tal vez hayan vuelto al texto más responsable, y por qué no hasta más divertido.

¿Asististe a los ensayos de la obra o la viste recién en el estreno? ¿Pudiste opinar acerca de la puesta en escena?

Si mi rol es el de autor, no asisto a los ensayos de las piezas que escribo. Hay una máxima que dice que no hay mejor autor que el autor muerto, así que bueno, prefiero seguir vivo por ahora. Uno debe dejar que los equipos de trabajo desarrollen su mirada de la obra con absoluta libertad, sin el condicionamiento de la mirada del autor. Si la obra es sólida, el autor tiene que quedarse muy tranquilo: el texto se encargará de indicarle el camino al director y a los actores. Cuando uno escribe teatro, o por qué no cine, tiene que ver lo que ocurre, porque si no, se queda en el mero plano del discurso. Si uno no ve lo que pasa en la escena, uno no se preocupará por darle a la pieza una curva dramática determinada, una tensión definida entre la palabra y las acciones que de ellas deriven. Por eso es tan necesaria la presencia del autor no en el proceso de ensayos de una obra teatral, sino en la escritura de un texto que pueda servir de andamio a la construcción que ese mismo texto permita.

Estás por publicar un libro de cuentos, ¿qué temas abordás en la narrativa?

Soy bastante monotemático, porque en todo lo que escribo la gente va al cine. Así que en la narrativa también la gente va al cine, y el cine, más que una diversión, es una necesidad imperiosa de los personajes para encontrarle respuestas a la vida que les toca vivir. Los cuentos de Álbum de estampas, en realidad, son argumentos para películas que nunca escribí, o guiones de cortometrajes que muy poca gente vio, o historias que surgieron a partir de imágenes que vi al pasar y que quedaron grabadas en la retina y se transformaron en otra clase de fiebre. Al mismo tiempo que me gusta escribir sobre la experiencia de ver películas, también me gusta escribir sobre el tiempo en el cual uno iba a verlas a los cines de barrio. Más que por un ejercicio de nostalgia, es para recuperar un pasado que no hizo historia, el pasado de las cosas de todos los días, ese que a la Historia le pasa de refilón. Las historias de Álbum de estampas se desarrollan en el arco que trazan los días previos a la muerte de Perón y los meses cercanos a la vuelta democrática, que son justamente los años de mi infancia y mi primera adolescencia. La Historia no se escapa de estos cuentos, muy por el contrario: está en las sombras que proyectan las palabras más que en las acciones de conocimiento público; está en la cartelera del cine, en la grilla de programación de la radio y la televisión, en las canciones que ya nos olvidamos, en todo lo que no dijimos entonces y que no sabemos cómo decir ahora. Es un trabajo minucioso de selección de recuerdos propios y ajenos, que no quieren ilustrar aquellos años, sino mostrarlos con la vitalidad de los sucesos, como si la Historia no pudiera prescindir de las historias de la vida cotidiana.

Funciones: Sábados 21 h

ElKafka Espacio Teatral- Lambaré 866