Francis Scott Fitzgerald: la era del jazz y el sueño americano

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Francis Scott Key Fitzgerald (1896-1940) fue un narrador estadounidense, considerado el máximo interprete literario de la llamada “era del jazz” de los años veinte de su país, famoso por su novela El gran Gatsby. También escribió cuentos, y algunos están considerados como los mejores dentro de la literatura norteamericana.

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Su primera novela, A este lado del paraíso (1920), lo convirtió en una de las figuras más representativas del “sueño americano” de la década de 1920. Por esos años, se trasladó a Francia junto con su mujer, Zelda Sayre, su inspiración y compañía, pero también el centro de sus preocupaciones a partir de 1930, cuando él se hundió en el alcohol y ella en la demencia (murió en el incendio de la clínica donde estaba recluida, en 1948), y ambos debieron afrontar las consecuencias del fracaso y la miseria.

En Francia acabó de escribir la que se considera su obra maestra, El gran Gatsby (1925), la historia del éxito y posterior decadencia de un traficante de alcohol durante la Ley seca, que se fabrica una identidad aristocrática, y a partir de entonces, dedica todas sus fuerzas y dinero a conseguir a la mujer que ama. Fitzgerald describió en sus páginas un arquetipo que estaba surgiendo por entonces en Estados Unidos: el individuo de clase baja y de escasa moral, que para triunfar utiliza cualquier medio a su alcance.

Otras dos novelas son Suave es la noche (1934), que él consideraba la culminación de su obra, y la póstuma e inconclusa El último magnate (1941). Su libro igualmente póstumo y testimonial El jactancioso (publicado en 1945 por Edmund Wilson) es la crónica desdichada de su desintegración como hombre y escritor.

Dos de sus novelas, El gran Gatsby y A este lado del paraíso fueron llevadas al cine.

El gran Gatsby, capítulo I (fragmento)

Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces.

«Siempre que sientas deseos de criticar a alguien —me dijo—, recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti».

Eso fue lo único que dijo, pero como siempre nos lo hemos contado todo sin renunciar por ello a la discreción, comprendí que su frase encerraba un significado mucho más amplio. El resultado es que tiendo a no juzgar a nadie, costumbre que ha hecho que me relacione con muchas personas interesantes y me ha convertido también en víctima de bastantes pelmazos inveterados. Las personalidades peculiares descubren enseguida esa cualidad y se aferran a ella cuando la encuentran en un ser humano normal, y por eso en la universidad se me llegó a acusar injustamente de hacer política, porque estaba al tanto de las penas secretas de jóvenes alborotadores que eran un misterio para otros. Yo no buscaba casi nunca aquellas confidencias: con frecuencia fingía dormir, o estar preocupado, o adoptaba una actitud hostilmente irónica cuando algún signo inconfundible me hacía prever que una revelación de carácter íntimo se perfilaba en el horizonte; porque las confidencias de los jóvenes, o al menos los términos en los que las expresan, suelen ser plagios y estar viciadas por evidentes supresiones. Suspender el juicio conlleva una esperanza infinita. Todavía temo perderme algo si olvido que, como mi padre sugería de manera un tanto esnob, y yo repito aquí con el mismo espíritu, la conciencia de las normas básicas de conducta se reparte de manera desigual al nacer.

Por lo que, después de haber presumido de mi tolerancia, he de confesar que esta tiene un límite. El comportamiento puede estar fundado sobre roca o en terreno pantanoso, pero más allá de cierto punto me da lo mismo cuál sea su base. Cuando volví de la costa Este el otoño pasado noté que deseaba vestir al mundo de uniforme para que adoptara de una vez por todas algo así como una «posición de firmes» moral; no deseaba más desenfrenadas excursiones con privilegiados vislumbres del alma humana. Tan solo Gatsby, el hombre que da título a este libro, quedaba al margen de aquella reacción mía: Gatsby, que representaba todo aquello que desprecio sinceramente. Si la personalidad es una serie ininterrumpida de gestos que tienen éxito, no hay duda de que había algo espléndido en él, cierta exaltada sensibilidad ante las promesas de la vida, como si estuviera conectado a uno de esos complicados mecanismos que registran terremotos producidos a quince mil kilómetros de distancia. Esa sensibilidad no tiene nada que ver con la floja impresionabilidad a la que se procura ennoblecer llamándola «temperamento creador»: el de Gatsby era un don extraordinario para la esperanza, una disponibilidad romántica como nunca he hallado en otra persona y no es probable que vuelva a encontrar. No; Gatsby demostró su valía al final; fue lo que se cebó en él, el sucio polvo que levantaron sus sueños lo que provocó durante algún tiempo mi desinterés por las penas infructuosas y las alegrías alicortas de los seres humanos.

Durante tres generaciones mi familia ha sido una de las más distinguidas y acomodadas de esta ciudad del Medio Oeste. Los Carraway tienen algo de clan, y existe la tradición de que descendemos de los duques de Buccleuch, pero el verdadero fundador de nuestra rama de la familia fue el hermano de mi abuelo, que llegó aquí en 1851, mandó a un sustituto a la Guerra Civil, e inició el saneado negocio de ferretería que mi padre regenta en el día de hoy.

Nunca llegué a ver a este tío abuelo mío, pero se asegura que me parezco a él, sobre todo a un retrato suyo bastante realista colgado en el despacho de mi padre. Terminé mis estudios en Yale en 1915, exactamente un cuarto de siglo después que mi progenitor, y, poco más tarde, participé en aquella demorada migración teutónica a la que se dio el nombre de Gran Guerra. Disfruté tanto con el contraataque que regresé a Estados Unidos lleno de inquietud. En lugar de ser el cálido centro del mundo, el Medio Oeste me pareció entonces una especie de deshilachado borde del universo, de manera que decidí trasladarme al Este y meterme en el negocio de los bonos. Todas las personas que conocía estaban en el negocio de los bonos, y supuse que podría dar de comer a una persona más. Mis tías y mis tíos lo discutieron como si estuvieran eligiéndome un internado, y finalmente dijeron: «Bueno…, que vaya», con expresión muy seria y dubitativa. Mi padre se comprometió a pagarme los gastos durante un año y, después de posponer el viaje varias veces, en la primavera de 1922 me fui al Este con la intención de quedarme allí para siempre.