El Grito del Silencio, Fernando Martínez

0
0

No, no, no relampaguea con calma uno de ellos de espalda, apenas sorprendido, para interrumpir al que imperceptible, casi invisible, intenta huir.  Allí, estando asustado, desnudo en su falta, dubitativo la pugna comienza.

- Publicidad -

Dos son los impolutos, dos los de punta en blanco, dos los que laten psiquis descontrolada por los ojos. Los que ante lxs expectadorxs comienzan un diálogo de montaña rusa, en un increscendo donde cuerpo y palabras coquetean en un amor-odio que los va a arrastrar hasta lo imposible.

La obra “El grito del silencio” escrita hasta el barroco de la asfixia por Fernando Martínez seduce a puro goce border. El mismo define esta obra como el fruto de la tensión entre aquello que se nos impone ser contra aquello otro que es nuestro deseo, que lucha por salir. Contagiado, acaso, por la milenaria locura astral Martínez revela “esta obra nació de un eclipse, terminé de verlo y sin poder controlarme, salí corriendo a escribir todo esto que me se me presentaba sin parar”.  Años después, el actor que devino dramaturgo se encontraría nada menos que con José María Gómez Samela, actor y director, junto a quien podría darle vida a la inspiración estelar.

La obra, relatan Samela y Martínez a Leedor, se convirtió en un proyecto conjunto en el que pudieron canalizar la exploración de estéticas y vanguardias que los fascinaban fuera de los clichés tan vistos y remanidos que pululaban por el teatro. De allí, que fue fundamental para ellos la realización de la misma con un permiso lúdico que les permitiera experimentar distintos recursos. En la obra, por ejemplo, proliferan los estímulos no solo verbales sino como señala el director y, también actor de la obra Samela “tuvimos un proceso de investigación que habilitó un cruce de lenguajes y, a partir de ese cruce es que empezamos a descubrir una dramaturgia mútiple que era sonora, visual, lumínica, vocal, y corporal que hizo explotar la obra”.

Es así como invitan a Rhinoceronte, banda en vivo de significativa presencia en la obra que con su uni-cuerno musical vuelve rugido de notas eso que estamos viendo. De repente, los cuerpos-mentes densos se aligeran y bailan una danza plumífera y mortal. Pero, eso no es todo, entre el baile y el ritmo-adonis, aparece otro elemento, otro despliegue, la tersura roja de la dama del violín. Ella es Marcela Falcoff violinista que subyuga a los delirantes con los gritos desesperantes de sus cuerdas, haciendo que ellos ya no sean palabras, sino resonancia.

De este modo, juntos van creando un recorrido experimental para el público que delimita una experiencia bañada de una especial energía, donde en palabras de Martínez y Samela “podés entender o no entender, perderte, pero sin duda vas a vibrar con la obra, porque el algún punto te va a resonar, te va a tocar. Y con ese tocarse ya te llego, y ahí empiezan a abrirse múltiples lecturas, un mundo de posibilidades”.

Sí, El grito del Silencio resuena, es una campanada al inconsciente profundo, y cada cual puede hacerse eco de sus propios demonios a placer y gusto. Pero cuidado, porque la puja ya está sobre el escenario. La puja entre lo quiero y debo. Pero ¿quién sabe dónde está el límite a romper? ¿quién sabe si el atemorizado huye, si sus límites son reales, soñados, fantaseados, o alucinados? Yo, no lo sé, pero cual Teseo lo único posible es adentrarse en el laberinto y rogar por que el Minotauro no sea unx mismx.

Teatro El Extranjero; Lunes a las 21; Foto: Santiago Repetto.