El umbral de la noche, Stephen King

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“Hablemos, usted y yo. Hablemos del miedo. La casa está vacía mientras escribo. Fuera, cae una fría lluvia de febrero. Es de noche. A veces, cuando el viento sopla como hoy, se corta la electricidad. Pero por ahora tenemos corriente, así que hablemos muy sinceramente del miedo. Hablemos de forma muy racional de la aproximación al filo de la locura… y quizás del salto al otro lado de ese filo.

»No levantaremos la voz ni gritaremos. Conversaremos racionalmente, usted y yo. Hablaremos de la forma en que a veces la sólida trama de las cosas se deshace con alarmante brusquedad”.

De esta manera presentaba Stephen King El umbral de la noche (1976), su primer libro de relatos. Allá lejos y hace tiempo. Tanto es así que uno de los cuentos, “El último peldaño de la escalera”, data de 1970, antes incluso de que arremetiera con la escritura de su primera novela Carrie (1974). Novela que lo catapultó a la fama mundial, por obra y gracia del director de cine Brian de Palma, que la filmó y le dio el papel protagónico una jovencísima y magistral Sissy Spacek, en el papel de la adolescente víctima de bullying escolar; una adolescente con poderes telekinéticos que aterrorizó a millones de espectadores. El sorpresivo final de ese film sigue siendo, al día de hoy, inigualable.

Este año va a ser un gran año para Stephen King, más allá de la calidad que puedan sufrir sus novelas al ser trasladadas al formato visual, ya que se estrenan dos películas basadas en sus obras más famosas, It, (1986) y La torre oscura, cuyo primer tomo —son siete— salió en 1982. Por otro lado, están próximas a emitirse dos miniseries por Netflix, basadas en los libros La niebla (1980) y El juego de Gerald (1992).

Por eso bien valdría la pena remontarnos hacia atrás, al primer Stephen King, al que escribía de manera compulsiva en una caravana doble —no tenía dinero para pagar el alquiler de una casa—, y echar un vistazo a lo que fue la creación de su Big-bang kingniano, en donde convergía todo lo que vendría después. Más que nada para tratar de comprender a uno de los escritores más populares y controversiales del mundo. Popular porque cada título que sale a la venta, y de esto ya hace más de 40 años, es un seguro best seller. Controversial porque aún está en duda su calidad literaria. Si bien King no se privó de escribir historias típicas del cine clase B de los años 50, como Los Tommyknockers (1987) o Cujo (1981), también es cierto que produjo verdaderas obras maestras como El resplandor (1977), La Zona muerta (1979), Misery (1987), Un saco de huesos (1998) o 22-11-63 (2011), por nombrar solo algunas.

Ahora bien, la polémica que desata el maestro del terror sobre su producción artística es una discusión bizantina. Hay quienes lo aman y quienes lo odian. Pero en lo que todos están de acuerdo es que es uno de los pocos escritores que se mantienen en los primeros puestos de ventas durante más de cuatro décadas.

El escritor Haruki Murakami sintetiza en forma clara y descarnada esta lucha por permanecer y pertenecer a esa casta de escritores consagrados en su libro De qué hablo cuando hablo de escribir (2015): El género de la novela es, digámoslo en estos términos, una lucha abierta a cualquiera que quiera participar. Sin embargo, a pesar de que resulta fácil subir al ring, no lo es tanto permanecer en él durante mucho tiempo. Esto es algo que los escritores saben bien. Escribir una o dos novelas buenas no es tan difícil, pero escribir novelas durante mucho tiempo, vivir de ello, sobrevivir como escritor, es extremadamente difícil. Me atrevo a decir que casi resulta imposible para una persona normal. No sé cómo explicarlo de forma precisa, pero para lograrlo hace falta algo especial”.

Si hay algo de lo que no carece Stephen King, es de ese algo especial. Quizás ni él mismo lo pueda explicar, pero los 400 millones de libros que lleva vendidos en todo el mundo demuestran que su talento se basa principalmente en saber cómo atraparnos con una historia. Tal como lo hacían nuestros antepasados alrededor de una hoguera. Algo de lo que carecen muchos de los considerados escritores de prestigio.

Con más de cien cuentos, sesenta novelas, infinidad de adaptaciones cinematográficas y columnas semanales en el The New Yorker y el The New York Times, podemos decir que Stephen King logró imponerse por knock-out en el difícil mundo editorial.  Claro que habrá quienes digan que lo popular no es sinónimo de calidad. Bueno, si es por eso, podemos mencionar los cuarenta premios recibidos a lo largo de toda su carrera literaria, como el codiciado O. Henry —galardón que también recibieron William Faulkner, Dorothy Parker, Raymond Carver y Truman Capote, entre otros—, varios premios Bram Stoker, el premio Hugo, y un largo etcétera. Y por si fuera poco, la frutilla del postre: la medalla del National Book Award Foundation por su contribución a las letras americanas, premio que le fue otorgado a Norman Mailer, Tom Wolfe, John Updike, Don de Lillo, Arthur Miller y Philip Roth. Autores no precisamente populares, pero indiscutibles referentes de lo que se denomina “literatura seria”. Hay otros más osados que se atreven a postularlo para el Premio Nobel, claro que eso generaría un temblor grado 10 en el establishment literario. Y en caso de ganarlo, varios intelectuales se rasgarían las vestiduras, otros renunciarían ofendidos a tal distinción, que con mucha pompa les fue entregado en esas ceremonias grandilocuentes de la Academia Sueca, y la literatura caería dentro de un  nuevo paradigma con consecuencias imprevisibles. Nada mal para un cuento de terror escrito por el mismo autor que sería tildado de culpable por haber merecido tal reconocimiento. De todos modos, King no está para el bronce, su objetivo está en lo popular, y se agradece por eso.

Pero vayamos a lo que nos interesa. En este primer libro de cuentos se encuentra plasmado lo que luego sería el universo King. Un fructífero semillero de ideas que vieron la luz —gran paradoja siendo su autor un creador de lo oscuro— en revistas para adultos como Cavalier, Cosmopolitan y Penthouse, es decir, relatos que se diseminaron en miles de ejemplares y al que muy pocas personas habrán prestado atención. Para que esto sucediera y fuera posible reunirlo en un volumen de cuentos tuvo que aparecer Carrie publicado por la editorial Doubleday, que apostó por un autor desconocido y que hiciera que King volviese a creer en sí mismo, y produjera en años posteriores El misterio de Salem’s Lot (1975), El Resplandor (1976) y La danza de la muerte (1977), todos con ventas millonarias. De otra manera, estos primigenios relatos hubiesen quedado presas del olvido en revistas enmohecidas por el tiempo.

Night Shift, tal su título original, reúne veinte cuentos de diferente intensidad. Algunos son un claro homenaje a H.P. Lovecraft como en el caso de “Los misterios del gusano”, en donde el relato se puebla con esos espacios ominosos y repulsivos, tan propios del escritor de Providence y “Sé lo que necesitas”, en donde uno de los personajes invoca a demonios mediante el Necronomicón, el libro de los muertos creado por Lovecraft.

Algunos se ajustan más al género de ciencia ficción como “Marejada nocturna” y “Soy la puerta”. Y otros son auténticamente aterradores, pero no por lo explícito sino porque en donde reside la maestría de King es en utilizar el recurso de la elipsis. En estos casos, el terror sorprende por su invisibilidad, por lo apenas percibido. Tal es el caso de “El coco”, “Basta S.A.” y “La primavera de fresa”.

Y muchos, pero muchos otros fueron el puntapié inicial para futuras novelas. “La trituradora” y “Camiones” anticipan lo que luego fue su novela Christine (1983), en el que un automóvil —ícono por antonomasia de la cultura norteamericana— se “enamora” de su dueño y cobra vida con un nombre femenino y sugerente.

“Soy la puerta” anticipa a La zona muerta (1979), “A veces vuelven” va a canalizar en Cementerio de animales (1983) y “Un trago de despedida” va a dar lugar a El misterio de Salem’s Lot. Es decir que todo está aquí, entre las páginas de este primer muestrario que Stephen King imaginó en su adolescencia. Hasta podemos hallar su faceta menos terrorífica, aquella en la que prioriza el punto de vista psicológico de sus personajes como en “La mujer de la habitación” o “El último peldaño de la escalera”.

Con respecto a este último cuento, el crítico y escritor John McDonald, que escribe en esta antología un prólogo al prólogo de King, dice: “Uno de los cuentos más llamativos e impresionantes de este libro. Una joya. Sin un susurro ni un hálito de misterio”.

Y precisamente esto es lo que incomoda a sus detractores, la capacidad que tiene en dejar de lado el terror más duro y producir narraciones que tocan la fibra más íntima de la sensibilidad humana.

Por eso no hay que sentir culpa por ingresar al universo King. Uno tiene que dejarse llevar de la mano de esta especie de Virgilio para atravesar el Infierno más aberrante, para purgar nuestros propios miedos, concretos o mentales, y darse cuenta de que el límite entre lo real y lo siniestro, por más ajeno que nos parezca, puede ser tan frágil como una lámina de hielo. De esto Edgar A. Poe y Lovecraft sabían mucho. Autores que hoy gozan de gran prestigio intelectual dentro del establishment cultural.

Sobre esta cuestión entre calidad y cantidad se refiere Santiago Roncagoglio, uno de los más lúcidos escritores de habla hispana, en una nota periodística: “La mayoría de esnobs que desprecian a Stephen King no lo conocen. Lo detestan porque no lo han leído, y no lo han leído porque lo detestan. Si le echaran un vistazo, sin embargo, descubrirían a un narrador de historias excepcional. King no es un mercachifle que saca de la manga fenómenos sobrenaturales para espantar a adolescentes con acné, sino un explorador de los miedos más arraigados en el espíritu humano”.

Claro que para eso Rocangoglio tuvo que vencer sus propios prejuicios: “Leí su primer libro, Carrie, mientras estudiaba Literatura en la universidad. Todo el mundo despreciaba a King como el ejemplo de todo lo que un escritor no debe hacer. Lo leí para confirmar que yo también lo detestaba, y que por lo tanto, yo era un escritor respetable. Pero me encantó. Me sentí muy culpable por ello. Guardé el secreto todo el tiempo que pude, leyendo sus libros a escondidas y jurando en público que no me gustaba”.

Volviendo al breve desmenuzamiento de El umbral de la noche, nos damos cuenta de que la gran apuesta de Stephen King en esta selección es centrarse en el argumento, tratar de atrapar al lector con la trama. Todo lo demás es secundario. Aunque eso no quita que en el fondo cuide mucho un estilo que con los años se va a volver muy reconocible y depurado. La marca de fábrica del escritor de Maine se basa en el tratamiento eficaz de los personajes, algo que lógicamente es más evidente en sus novelas. En estos relatos, por claros motivos de espacio, los personajes solo pueden ser construidos de forma muy somera, y aun así King logra darles la profundidad necesaria para que tengan mucho peso en la historia y para que empaticemos de alguna manera con sus desventuras. Por lo demás suelen ser personajes basados en lo que podríamos decir gente corriente. Nada de héroes infalibles, ideales o moralmente impecables. Jubilados, estudiantes, obreros, delincuentes, matrimonios en vía de divorcio, pequeños empleados y camioneros, desfilan por sus páginas enfrentándose el colapso de una realidad que hasta ese momento parecía ordinaria o incluso anodina.

“El lugar en donde me encuentro aún está oscuro y lluvioso. Es una excelente noche para esto. Hay algo que les quiero mostrar. Está en una habitación, no lejos de aquí…en verdad, está casi a la misma distancia que la próxima página. ¿Vamos allá?”

 Así cierra Stephen King el prefacio de este gran abanico de obsesiones. Por delante nos esperan agazapados veinte relatos que pondrán a prueba nuestros nervios, nuestros miedos, nuestra aversión a lo repulsivo, nuestra extraña manera de escapar a los vaivenes rutinarios de la vida. En definitiva, nos da la posibilidad de suspirar aliviados al darnos cuenta de que todos los terrores a los que fuimos expuestos pueden desaparecer cuando cerramos el libro.

Pero, ¿en verdad, estamos seguros de que van a desaparecer al cerrar el libro?