Breve ensayo sobre la lectura

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Es, tal vez, difícil transmitir el placer que me da la lectura. Entiendo que, por suerte, somos muchos los que sentimos esa sensación de sumergirnos en un universo de caracteres, palabras, comas, puntos, frases y, por supuesto, historias. Porque el placer no sólo está en la narración como un todo, sino en las frases, en las palabras y aún en los fonemas como unidad mínima de sentido y como elección estética.

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Es mucho más lindo para mi, leer que escribir. Escribir es una necesidad, o más que una necesidad, es como un vicio. Algo que no hace bien, pero que no puede dejar de hacerse. Como fumar tabaco. Soy muy consciente del daño que provoca, pero la verdad no puedo abandonarlo. Leer es otra cosa, un deseo, una pasión, un sentimiento diría para ponerme tribunero. Es como beber un buen vino o fumarse un porrito (si estuviéramos en Uruguay).

A veces el entusiasmo por la lectura nos hace cometer errores imperdonables Por ejemplo, el otro día venía en el tren, leyendo con devoción “Nosotros, los Caserta” de Aurora Venturini. Ya lo terminaba y no quería, trataba de estirarlo. Tan bueno está ese libro que, cuando lo comencé, pedía que tardara el subte o el tren, para poder leer más (es que se me hace muy difícil y hasta peligroso leer un libro caminando). En fin, lo cierto es que estaba terminando la novela (?) de Venturini y todavía me quedaba la mitad del viaje. Debo confesar que siempre llevo un libro de más en la mochila, por si termino el que vengo leyendo a mitad de camino. No me gusta quedarme sin nada para leer en los viajes urbanos. El punto es que terminé la última hoja y como si fuera un único libro, comencé a leer “Carroza y Reina” de  Isidoro Blaisten. Me pareció horrible. Una desazón recorrió las tripas.

Pero a medida que leía, me daba cuenta que no eran malos los cuentos de Blaisten o mejor dicho no era que no me gustaran, sino que no había hecho la digestión literaria necesaria, cuando uno termina un libro. Porque las palabras siempre dejan un regusto, una sensación que permanece, un efecto residual que es necesario saborear, o mejor si evitamos las metáforas y limpiamos el texto, una sensación que merece ser reflexionada. Las oraciones nos retumban y como un eco, rebotan dentro de la cabeza. Y cada texto tiene un registro y un ritmo propio, que en algún sentido es incomparable y que, cuando nos tocan, generan una clara inercia que perdura como una reverberancia.

Claro, tuve que dejar de leer a Blaisten. Cerré el libro y me quedé pensando y rumiando sílabas hasta que llegué a mi destino. Al término del día y cuando volvía en el ferrocarril, retomé la lectura del volumen de cuentos. Y ahí entré en el rhythm & tango de Blaisten y lo disfruté muchísimo. Son cuentos muy bien escritos, con temas diferentes, todos muy entretenidos, con un rango muy amplio de situaciones, que van desde un debate literario hasta un acontecimiento barrial con la presencia de las fuerzas vivas del populoso Boedo.

Yo soy de los que leen en continuado e incluso varios libros a la vez, pero aprendí que hay que dominar la ansiedad literaria. Sobre todo cuando se trata de literatura, de ficción, que, para mi, es como si me fuera de vacaciones. Y en algún sentido es así. Leer es una experiencia total, holística (si se me permite el término y no se me acusa de new age), completa, donde el mundo circundante desaparece y lo único que adquiere sentido es ese reguero de letras que tenemos delante.

Por suerte ahora tenemos el libro electrónico y la lectura se acercó aún más. Allí a veces aparece un debate. Hay gente que rechaza el libro electrónico, que tiene un apego al libro de papel. Entiendo plenamente la preferencia por el objeto libro. No puedo negar que es un artefacto muy lindo, cuya textura, aroma y forma nos atrapa. Pero puestos en esa disyuntiva, siempre argumento que me da más placer leer, que el propio objeto físico. Se ve que en mi cartesianismo ramplón y pedestre, prefiero el lado simbólico de las cosas.