Un gallo para Esculapio: próximo estreno en la TV argentina

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Producida por TNT y Underground junto a Boga Bogagna, y con el apoyo del INCAA, este 15 de agosto llega a la TV una nueva serie dirigida por Bruno Stagnaro y escrita por él mismo en colaboración con Ariel Staltari.

Con un título como mínimo curioso, Un gallo para Esculapio parece advertir desde esta misma instancia la intención de establecer redes particulares de sentido, ya que lejos de relatar los últimos momentos en la vida de Sócrates, la trama urdida por Stagnaro se ubica en un muy contemporáneo conurbano bonaerense.

De hecho, la historia sigue el camino emprendido por Nelson (Peter Lanzani) desde su Misiones natal hasta el corazón del eje Liniers – Morón, donde una banda dedicada a la piratería del asfalto liderada por Chelo (Luis Brandoni) se convertirá en su nuevo universo. Un camino largo, con un gallo de riña a cuestas, y un objetivo frustrado: encontrar a su hermano Roque.

El retorno de Stagnaro a la televisión es más que bienvenido, sobre todo en un año en el que el número de producciones de este tipo está bastante por debajo del de años anteriores. Pero es bienvenido, sobre todo, porque garantiza un piso de calidad muy por encima del promedio de la ficción televisiva común. El escritor y director de las ya míticas Okupas (2000), Vientos de agua (dirigió dos episodios en 2006) y su ópera prima cinematográfica Pizza, birra, faso (1998), vuelve con una mirada y una concepción del relato audiovisual más maduras, más complejas. Con un lenguaje fluido y seguro, como suelto, pero atento a multitud de detalles que develan su mirada cinematográfica, Stagnaro atrapa porque equilibra de manera casi perfecta una historia que avanza permitiendo al mismo tiempo la concreción de un pacto afectivo con la profundidad y las múltiples aristas de cada personaje. No sacrifica la psicología de los personajes en pos del sintagma narrativo, ni las sutilezas de su historia para detenerse en aquéllos, estancando el relato.

Lo cierto es que esta serie construye con tanta solidez y aplomo su narración, que merece una mirada un poco más detenida.

Pienso que, en general, existen dos tipos de relato de ficción que tienen la potencia para convertirse en piezas de calidad. Uno de esos tipos es la ficción que devela la ficción. Ya sea a través de métodos narrativos o compositivos, estos relatos abren la cortina que separa la fantasía de los modos en que se la construye, permitiendo al espectador convertirse en parte de la arquitectura del relato, mediante su complicidad y aceptación de lo artificioso. Es un tipo de relato que ya tiene una larga trayectoria, sobre todo en el cine, y sobre todo a partir de las vanguardias de los años 60, en las que Argentina tuvo una relevancia destacada. Es un tipo de ficción muy querida por la crítica en general, sobre todo porque es entendida como el tipo de narración que ocupa las antípodas del relato clásico, aquél que invisibiliza el artefacto fílmico en pos de una total y completa identificación acrítica con el universo construido, disimulándolo.

El otro tipo de relato, como se adivinará, es aquél que construye su propia entelequia respetando únicamente su lógica interna, sin que importe, al menos en principio, el método de su construcción. Podría decirse que funciona incluso cuando nadie lo ve, como si la distancia entre la ficción y espectador fuera un abismo insalvable (en una clara contradicción).

Pero desde que los géneros como tales funcionan casi exclusivamente como referentes históricos o estilísticos, y no como fórmulas del relato, la hibridez que atraviesa determinadas producciones audiovisuales (sea en cine o televisión) han ganado en profundidad y densidad. Al menos desde mi punto de vista.

Es en esta hibridez donde podría ubicarse Un gallo para Esculapio. La serie de Stagnaro claramente no está preocupada en mostrar los bastidores que sostienen su relato, pero tampoco juega al engaño. El gran acierto de la serie es presentar un universo sólido y atractivo, con personajes coherentes y nada idealizados, que funcionan sólo porque están en relación con el entorno y con otros personajes. Y esto es probablemente algo a destacar: la verdadera historia es la historia de las relaciones, no de los personajes. Es una narración modal. Y así como las relaciones suelen ser móviles e inestables, Stagnaro elige un modo de contarlas, desde lo formal, fluido. La cámara simplemente se posa, alejándose de los acentos dramáticos, despojándose de preconceptos. En su mirada no hay exotismo, sólo descripción, que favorece el brotar de la historia, sin juicios de valor, sin defensas ni ataques. Los largos fundidos encadenados, casi una marca formal en esta serie, de alguna manera refuerzan ese fluir despreocupado, que muchas veces pone en valor la urgencia de las situaciones retratadas. Estos fundidos, y el excelente trabajo con la música, que permanentemente rompe la diégesis del relato, son justamente dos de los mecanismos que funcionan como disruptores de la ficción, pequeños elementos que, sin avasallar la fantasía, incomodan el sentir ilusorio que tan potentemente transmiten las imágenes fotográficas en movimiento. Ese justo equilibrio entre el universo consistente y autosuficiente, y los desvíos formales, son los que dan una gran potencia, y capas de sentido y coherencia a Un gallo para Esculapio.

Cada detalle es significativo y se relaciona con otros aspectos del relato, ya sea desde lo paradigmático, como desde la sincronía de su particular anti epopeya. Pero contrariamente a lo que pudiera pensarse, esa miríada de detalles no se sienten artificialmente “puestos” en un sentido virtuoso, sino que evidentemente tienen su origen en una idea tan sencilla y sólida, tan reflexionada y asimilada, que se entienden como surgidos lógicamente de la narración. Apostando por una visualidad naturalista, los meandros de esta historia se ven reforzado por la apelación a la mirada crítica del espectador, que se ve imposibilitado de delegar la responsabilidad significante en el enunciador. Las marcas del autor, narrativas o estilísticas, se lo impiden. Le demandan reflexión, aunque también afección. Un Bruno Stagnaro (y un gran equipo detrás, y a los costados) en toda su potencia.

El dúo protagónico merece una consideración aparte. Luis Brandoni no necesita presentación; un actor de trayectoria sólida y establecida, que se juega entero en la composición de un personaje muy complejo y que necesita de un gran manejo de las sutilezas para su construcción. Y en el otro extremo, Peter Lanzani, un actor joven que ya acumula una interesante experiencia, y que se ve decidido a construir una carrera actoral sólida, lejos de los estereotipos, a cargo de un personaje lleno de agudezas, y con un desafío extra, lograr la tonada propia de Misiones, tarea ardua, de la que sale mucho más que airoso.

Además de los protagónicos, el elenco se completa con grandes nombres: Luis Luque, Julieta Ortega, Ariel Staltari, Andrea Rincón y Eleonora Wexler, cada uno componiendo con solidez sus roles, abonando a este universo particular, tan cercano y tan lejano a la vez, consolidando un verosímil compacto y consistente para esta historia.

Acorde a los tiempos que corren, Un gallo para Esculapio tendrá varias pantallas para su difusión, relacionadas con las casas productoras que lo hicieron posible. La primera de ellas será TNT, que tendrá la exclusividad del estreno para Argentina y Latinoamérica el próximo martes 15 de agosto a las 22hs. Al día siguiente estrenará Telefé, y Cablevisión Flow, la plataforma digital de la compañía distribuidora.

* Las opiniones vertidas en este artículo son propias del autor, y no reflejan necesariamente las de Leedor.com ni las de los productores y/o distribuidores de Un gallo para Esculapio.