Daniel Simons, Premio Itaú2017, apostar y transitar a través del arte

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El 20 de julio, día del amigo, se presentó públicamente Bildo, el video juego de Daniel Simons (23 años), con el que ganó el Premio Itau de Artes Visuales 2017. Mas allá de esta noticia, que perdió su carácter novedoso, la idea es rescatar el proceso y el progreso de Daniel, que lo llevaron hasta allí, y sus alcances.

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Partida y desplazamiento… desde la situación

Es preciso enunciar que Daniel tuvo una vida intrincada –casi como la de su personaje Bildo, ( sólo que este se mueve en formato 2D, para PC). Sin ayudas económicas, con poco sustento afectivo, con dos hermanos menores casi a su cargo y en un entorno complejo, como el de la villa 1.11.14.

En búsqueda de algún rastro o posibilidad, casi como en un juego, entonces, Daniel encontró un planeta paralelo que lo contuvo, entretuvo, que lo traccionó,  desde pequeño. Desde un plano aparente, el espacio de los videojuegos.

Tal vez, haya sido ese tirón hacia dentro, hacia la construcción imaginal, donde nuevas virtualidades construyen nuevos paisajes, lo que logró impulsarlo  insospechadamente.

Desde hace tres o cuatro años Bildo creció y crece junto a Daniel. Luego de ganar un premio intercolegial con un sencillo juego digital ( consiguió el primer premio en el Desafío Dale Aceptar, entre 16.000 participantes), Daniel descubrió alrededor de este ámbito virtual reconocimiento, afecto y futuro.

Había algo ahí. Y sin dejar de lidiar con las dificultades, llevó su interés, su indagación desde lo intimo, a lo grupal, de lo individual a lo fraterno. Involucró a su entorno, -familia, amigos, conocidos- en el nuevo desarrollo. Y armó un emprendimiento relacionado con el entretenimiento digital.

Apretada síntesis de un zigzaguear complejo, Daniel consiguió expresarse diseñando plataformas digitales. Consiguió escapar un poco al delicado entorno sin negarlo, integrándolo. Recomponiendo matices en esta suma.

 

En búsqueda de los colores

Bildo es una figura enjuta, oscura, apesadumbrada, con ojos de un fondo brillante que indagan…que exploran. Se mueve en un espacio lúgubre, con mínimos focos luminosos a su alrededor, un ámbito despojado, casi sin vida. Sus pasos, pareciera, dejan una estela sombría. Y flores que sucumben a medida que se ausenta.

Aun así, con la soledad y la opacidad que lo abarcan, el pequeño personaje se mueve en búsqueda de los colores. Intentando recuperar la felicidad que ellos representan para su mundo, el universo Nibiru.

Cada color rescatado simboliza un nuevo estadio, componiendo un rompecabezas. Cada tono funciona como un fragmento que se integra. Los varios niveles -esas luces recuperadas- otorgan poder al diminuto Bildo (y al jugador eventual que lo gobierne durante el juego).

Como en todo ámbito lúdico digital, hay algo de catarsis en Bildo. De poder ser otro.

Una vibración en la persecución por el color, por la demanda de felicidad. Por ese tránsito que significa la exploración a través de ese universo en sombras.

Algo de promesa en esa aventura, que emprenderá todo aquel que se aventure también a ser, por un momento, Bildo.

La voz de Daniel como Bildo se percibe aventurera y promisoria, mas allá de cualquier punto de partida. Con la fuerza de la afectividad que lo llevó a jugar el juego. Y trastocar lo taciturno y la sofocación que tenía tan próximas en creación y expresión liberadoras.