El Marginal, cárcel argentina contemporánea de la TV Pública a Netflix

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Mucha producción argentina tiene Netflix como oferta central, en series y películas. Algunas son originales, y otras son compradas a la televisión.

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A la ya más que interesante Historia de un Clan, dirigida y escrita por Luis Ortega, que se diera por televisión abierta privada (Telefé en Argentina, TNT para el resto de Latinoamérica), y que fuera luego comprada por la cadena de streaming on demand, se agrega ahora otra perla: El Marginal, que tuvo su origen en la televisión pública.

Se trata de una miniserie en 13 capítulos que tiene un potente equipo creativo detrás: Adrián Caetano en el guión, Luis Ortega en la dirección y Sebastián Ortega como su productor. Se emitió por Televisión Pública de Argentina estrenándose en junio del 2016 y en octubre de ese mismo año ya estaba en Netflix. Este 2017 obtuvo el Martín Fierro de Oro, junto a reconocimientos a mejor miniserie, mejor actor revelación (Nicolás Furtado) y mejor autor/libretista (Adrián Caetano y Guillermo Salmerón) y nominaciones en los principales rubros restantes.

Lo cierto es que desde los primeros planos se plantea como una ficción dura, sucia, con muy buen ritmo. Ni bien comienza, ver a un niño vestido con impoluto delantal de escuela pública, yéndose a clase temprano en la mañana, alcanzarle un celular con un llamado de color mafioso al protagonista que está tirado entre muertos en las paredes cochambrosas de una villa porteña, augura cuando menos, un potente intersticio por donde se cuela lo más actual de nuestras realidades urbanas.

Luego la cárcel, con su propia villa en el medio del patio, la realidad absoluta de lo que puede ser hoy cualquier centro de detención argentino (y latinoamericano), y a su vez los estereotipos del género según los cuales un Juan Minujín nos confirma de entrada que todo será duro. Destaco especialmente el tinte con resabio felinesco del comienzo, gracias especialmente al personaje de Brian Buley (actor no profesional y habitante real de los márgenes de Berazategui), que actuara a sus 14 años en esa perla indefinible de Luis Ortega que es Los Santos Sucios. El resto del elenco, efectivo, bien puesto, sin desentonar demasiado (quizás, un poco, a momentos, el mencionado Nicolás Furtado, pero tal vez porque se repite demasiado en otras olvidables ficciones como Nina). Gerardo Romano, con un trabajo más que interesante. Y la cárcel, digo, un edificio real, que casi casi es el total protagonista.

En la segunda mitad, hacia el capítulo 8, el ambiente parece estabilizarse y el personaje de Minujín se humaniza recuperando cierta cordura, a partir del amor. Esta vuelta de tuerca por el amor parece una traición a los espectadores más exigentes que preferimos los finales tristes. De todos modos, el último capítulo casi apocalíptico nos deja con ganas de más. La segunda temporada ya está en camino, y al parecer es una precuela (es decir, la historia previa de lo que se narra en la primera).

Mientras, en este invierno lluvioso porteño, donde la realidad es abrumadoramente despiadada desde el mismo centro del poder político, recomendamos esta miniserie, para andar un rato por los márgenes, porque sin dudas, es donde mejor nos entendemos.