Gustavo Reinoso en el Centro Cultural Borges con Aromas de Mercado

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El poder del arte para contar historias

Sabemos que el principio de la  existencia de la obra de arte,  en lo que tiene de histórica, nos obliga a pensarla como un signo intencional habitado por algo diferente, de lo cual es síntoma. En este sentido, ese algo diferente es síntoma de las vivencias de niño de Gustavo Reinoso, en su antiguo y querido Mercado de Urquiza. Donde su padre, Don Adolfo, era el dueño del puesto de la fiambrería, cuyo nombre era Rey Gustavo, nada más y nada menos. Por lo que podríamos decir, que G.R. como sujeto textual, trabaja con los acontecimientos que le han sucedido en su vida y esta acción, conjeturo, opera en él como una catarsis.  Es claro sí, que el contexto histórico familiar del artista como sujeto social, influyó intensamente en su producción artística.

Para seguir su rastro, se trata de ir entretejiendo referencias, ya que su autor apela a elementos de su memoria, y a un entramado existencial que es clave en su vida, y en el imaginario social que habita y rodea al mercado: Puesteros, clientes…proveedores. Y la mirada de los espectadores, en una experiencia de sabores, olores, colores, y sonidos que se entremezclan con el lenguaje que se hace presente en el bullicio de sus conversaciones, en los murmullos, las risas, las canciones, una radio am a lo lejos… Matizado por un humor sano, donde la palabra de honor, era suficiente a la hora de acordar diferencias. G.R. oficia como cronista de lo cotidiano, en tanto cada obra es portadora de infinitos relatos, e infinitos recuerdos que pugnan por salir a la luz, para poder recuperar esa memoria colectiva, que es como armar un rompecabezas hecho de historias.  Esa la tarea a la cual el espectador es invitado. Podemos afirmar, que el dibujo es quien tiene el rol protagónico. Una especie de guión que él intenta dirigir, que en conjunto da cuerpo a su trabajo, que es mucho más que un condicionamiento autobiográfico que estimula y seduce nuestra imaginación. La decisión de ceñirse alternativamente a un solo color forma parte una investigación previa de orden racional, donde la elección del monocromo deviene en lugar y espacio. Pensado quizás con la intención de no perturbar su silencio evocador, que es otra de sus aristas relevantes, a la hora de contribuir a una reflexión del orden de lo sentimental. Es posible que la arquitectura le haya dado una forma de pensamiento, una metodología, un modo de encontrar el significado respecto a lo que hace,  no sólo pintar solo porque le gusta, sino encontrar un propósito, una finalidad. Que en esta serie, remite a la necesidad de contar su experiencia desde la mirada maravillada de niño dibujante, vendedor de jazmines… El mismo – arquitecto -que define y demarca hoy, trazo a trazo, paso a paso, con una manga de material, como si fuese escayola o yeso, minuciosamente, a modo de friso, delimitando figuras y múltiples escenas, que tejen la trama de las relaciones y las prácticas cotidianas. G.R. nos cuenta la historia del mercado de Urquiza, que es la historia de los mercados del mundo. Porque: ¿ hay  alguien que pueda abstenerse de penetrar en la cultura de un pueblo desde la gastronomía? Conocer un mercado es una aventura, una experiencia lúdica que pone en juego todos nuestros sentidos al unísono. Y esto es lo que percibimos al mirar esta imponente y poética obra, con una estética muy personal, que logra traducir con creces el espíritu de ese espacio sagrado, presente con una sensibilidad a flor de piel, y con todos los elementos y guiños necesarios, para que el espectador, pueda darle un significado a las sensaciones y emociones que lo embargan.