Elsa Daniel

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                                                             “ya polvo, muerte, magia, adiós, olvido” Raúl González Tuñón

Ha muerto a los 78 años y lo ha hecho discretamente. Aquella muchacha que fuera hija de Mecha Ortiz y nieta de Enrique Muiño en su debut, se quedaría en la SONO para ser descubierta por Leopoldo Torre Nilsson en 1955. Estaba presente Atilio Mentasti y el realizador dijo, simplemente:

– Parece que sirve.

No había guiones y comenzaron con la adaptación de una novela hispana. El director la conservó a ella y a Lautaro Murúa para comenzar con la traslación al cine de varios textos de Beatriz Guido. Fue Ana Castro en LA CASA DEL ÁNGEL,  Albertina Bardem en LA CAÍDA y, por fin, Laura Lavigne en LA MANO EN LA TRAMPA.

Y fue aprendiendo. De aquella adolescente intrigada por su tío Román en GRACIELA  hasta la máscara de horror que descubre el secreto del altillo en LA MANO EN LA TRAMPA hubo un adelanto considerable. La perversa seducción de esta imagen no es fácil de definir en nuestros días. Era única y estaba allí para que el mundo adolescente de fines de los 50 y comienzos de los 60 encontrara un exponente válido. Por supuesto, Torre Nilsson es el guía de este rostro y de este cuerpo que se negaba a sí mismo.

Porque se reprimía y la carne se transformaba en una cifra abstracta. En un comienzo nos resultaba fácil reírnos de este personaje porque no lo entendíamos. Entendíamos mejor a la recién casada de ISLA BRAVA o a la agresiva adolescente de LAS FURIAS, una película que a ella no le gustaba en absoluto. El único que fue capaz de trasladarla a otro mundo disímil fue Leonardo Favio en EL ROMANCE DEL ANICETO Y LA FRANCISCA, allá por 1966.

Por su parte, Norberto Aroldi y José Martínez Suárez en LOS CHANTAS, de 1975, jugaron a gusto con la imagen. De Patricia pasa a llamarse Ana, como en LA CASA DEL ÁNGEL y, además, en esa reunión psicodélica alguien le pregunta quién es Lautaro Murúa. Ella responde:

  • Un viejo conocido.

En realidad y en esa película Murúa era su padre. Se colmaban así sus expectativas de joven Electra reprimida que venía arrastrando desde LA CASA DEL ÁNGEL.

De 1955 a 1975 Elsa Daniel no envejeció para la cámara. Se trata de un caso realmente inusual. Su muerte es sorprendente porque fuera de los datos conseguidos aquí y allá, redactados de manera desordenada, no han dado cuenta de su importancia en la historia del cine argentino. Es posible que Elsa Nilda Gómez, tal su verdadero nombre, no hubiera podido nunca reconciliarse con Elsa Daniel. Su difícil vida personal demuestra que es mejor recordarla como aquella muchacha que bailaba el vals con Murúa en LA CASA DEL ÁNGEL.

Aunque sus mejores momentos, tal vez, se encuentren en LA CAÍDA, otra vez en la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Viamonte. Como ocurre al final de esta película, intentó escapar del sueño en el que se encontró de pronto sumergida. No pudo lograrlo. Que permanezca entonces en las imágenes que consiguieron de ella Torre Nilsson, Leonardo Favio y José Martínez Suárez.